NO sabemos cuáles serán las consecuencias de la gira del Dr. Vázquez, y de su numerosa comitiva, por los países europeos. Cuando llegue la hora de las concreciones se verá si aquella expedición de los orientales frenteamplistas valió o no la pena. Presumimos que sí, que será positiva. Lo deseamos fervientemente porque lo que realmente importa son los beneficios que pueda recoger nuestro país.
Obviamente, el presidente Vázquez posee cualidades para superar los obstáculos que puedan surgir en negociaciones difíciles como las que emprendió. Su estilo es coloquial, persuasivo, afable, incluso compasivo y hasta pastoral. Así lo demostró en la campaña electoral que lo llevó a la primera magistratura. Contrastó, en este sentido, con varios de sus adversarios, más proclives al discurso altisonante, operístico, enojado, más propio del que arenga tropas que del que trata de convencer a ciudadanos indecisos.
ADEMAS, el oncólogo-presidente se mueve bien, muy bien, en la tarea de crear frases efectistas y pegadizas que sustituyen a conceptos académicos pero que, a menudo, es lo que a la gente le gusta escuchar. Desde sus tiempos de intendente hasta los actuales algo o mucho ha quedado de su discurso (¿doble?): el piadoso "prefiero dar de comer a un niño antes que tapar un pozo" o el ejecutivo "delo por hecho" o el apocalíptico "haré temblar hasta las raíces de los árboles" o el prudentísimo y adormecedor "haremos una revolución cautelosa".
Ignoramos si el Dr. Tabaré Vázquez puso en juego esta capacidad suya para ganar fácilmente voluntades, pero salta a la vista que los inversores europeos no se sienten atraídos por espejitos ni por cuentas de colores: buscan garantías para el dinero y para las empresas que radican en el exterior.
Quizá el Dr. Vázquez y su comitiva los hayan convencido de que todo ello lo encontrarán en el Uruguay: respeto a los compromisos contraídos, libre disposición de las ganancias y un ambiente nada xenófobo. Por añadidura, habrán destacado que este pequeño país del Plata se caracteriza por la solidez de sus instituciones democráticas.
Y acá viene una de las tantas paradojas —la más inadmisible de todas— en que ha incurrido el frenteamplismo: quienes alardean de la solidez de nuestras instituciones democráticas no sólo se olvidan de atribuir ese mérito a la acción y al pensamiento de los partidos tradicionales, y de algunas minorías de otro origen, sino que, por si fuera poco, fueron ellos mismos quienes atentaron contra la Constitución e intentaron desplazar por las armas a un gobierno libre y democráticamente elegido.
¿No habrá habido entre quienes se reunieron con los miembros de la comitiva uruguaya —prácticamente formada por la mayoría del Consejo de Ministros— nadie que conociera el pasado de algunos de esos jerarcas?
¿Qué habrían pensado, por ejemplo, de algún ministro sedicente orgulloso de la solidez de la democracia uruguaya, si se enterara que allí, frente a todos ellos, estaba el integrante de un comando terrorista que copó la ciudad de Pando (hecho sedicioso que aún hoy siguen festejando) o que asesinó a militares y policías o que ejecutó a inocentes civiles o que robó bancos o que secuestró a diplomáticos y a altas autoridades nacionales?
SU perplejidad no hubiera tenido límites. Como perplejos quedamos todos nosotros, conocedores de los antecedentes delictivos de varios de estos emisarios de nuestra democracia de la que, luego de fallar en sus crueles intentos por derribarla, se han convertido mágicamente en predicadores de sus virtudes ante calificados auditorios de España, Alemania, Italia y Francia.
Si "abrazarse hasta con las culebras" o "tragarse todos los sapos que sea necesario" —para utilizar el típico estilo expresivo del ministro Mujica— es la condición sine qua non para lograr metas que normalmente están fuera de nuestro alcance, podrá ser muy pragmático, o como quiera llamársele, pero lo cierto es que la cadena se quiebra por alguno de sus extremos, ambos moralmente rechazables: o bien, en el período preelectoral último y en las tres décadas que lo precedieron, se mintió a la ciudadanía, y así deberían reconocerlo, o bien, ahora, se está engañando a los inversores potenciales pintándoles unas halagüeñas perspectivas, que modificarán cuando se les antoje y, entonces, también se adopta una actitud éticamente censurable.
EL pasado ya pasó, diría Perogrullo. Pero, por el bien del país al que todos nos debemos, por la dignidad que todos debemos preservar si es que nos consideramos herederos de una tradición gloriosa, por el mismísimo prestigio internacional de quienes han sido ungidos gobernantes, directa o indirectamente, por nuestra ciudadanía —a la cual representan legítimamente— hacemos votos para que la presunción que se menciona en segundo lugar no se verifique.
Tenemos la firme esperanza, pues, de que el espíritu que guió a la comitiva presidencial en su reciente gira europea haya respondido a la buena fe y a la convicción de que se obró con autenticidad en todas las posturas que se adoptó. El Uruguay entero queda a la expectativa.