La selección de la revista especializada Premiere sobre las 50 estrellas top de Hollywood resultó más denigrada de lo que prometía. Desde The New Yorker a Vanity Fair salieron a retrucar lo que entienden fue "un acto indignante que se mueve entre la ignorancia y la mala fe". Se salvan las grandes estrellas y los mitos pero hay designaciones y olvidos que no perdonan. Rechazan de plano a Tom Cruise, a quien acusan de actor de segunda empeñado en los últimos tiempos en abusar de la publicidad que depara su vida privada para promover las películas en que actúa. Cuestionar sus condiciones interpretativas, magras y frágiles, no parece un juicio apresurado. Lo que no tiene sentido es subrayar el uso que hace de su (falsa) intimidad. Desde los tiempos de Valentino los relacionistas públicos de los Estudios se han especializado en inventar romances, fraguar casamientos que en algunos casos no se consuman (caso de Rock Hudson) o duran un día (caso de Britney Spears) o están condenados de antemano al desastre como le sucede a medio Hollywood y el mundo en su totalidad. Afirman que la incursión de Warren Beatty y de Errol Flynn fue un gesto de periodismo amarillo, el de Doris Day un exceso de mal gusto, el de Shirley Temple un anacronismo, el de Russell Crowe un apresuramiento, el de Jane Fonda un voto fuera de época, el de Nicole Kidman un tanto en favor de la cultura ‘wasp’, el de Will Smith una medida políticamente correcta y el de Gregory Peck un guiño al star-system más convencional.
La publicación oficial de off Broadway por su parte propuso listas más pintorescas, más naif, más existenciales. O más revisionistas. "¿Por qué no rescataron a Alan Ladd y a Verónica Lake?", se preguntan. "¿Por qué actuaron sobre todo desde el escalón de la clase B? Pero Clint Eastwood también lo hizo durante mucho tiempo y John Wayne recayó en lo mismo cuando no estaba bajo las órdenes de John Ford", afirman con un grueso margen de error. En primer lugar porque Eastwood empezó como un galancete desabrido por los tiempos de "Lady Godiva" pero rápidamente escapó al cerco después de un intervalo en televisión que lo popularizó. Los western spaghetti que filmó en Italia y la secuela policial que inició con "Harry el Sucio" podían resultar productos kitsch o bizarros pero nunca fueron clase B. Sergio Leone y Don Siegel se encargaron de valorizar la mercancía. Y el resto de la carrera de Clint Eastwood ha sido de un nivel sorprendente aunque no alcance la estatura de un maestro. Wayne de seguro tuvo una carrera demasiado larga que lo convirtió en una caricatura de lo que era, pero aparte de Ford alrededor suyo estuvieron Walsh, Wellman, Le Roy, Huston, Hathaway, Ray.
El problema no es haber incursionado por la segunda categoría sino no haber salido nunca de ella. Randolph Scott que supo ser un amigo estrecho de Cary Grant y por lo tanto gozó de una fama extra, nunca logró asir un protagonista de verdad. Alan Ladd y Verónica Lake se movieron en el margen. Terry Moore fue una Lolita en serio y no el experimento de laboratorio que impuso Nabokov, un escritor de genio; no bien cumplió la mayoría de edad se transformó en una cabezona pese a que mantuvo un buzo pujante hasta la agresión: intervino en el género A pero siempre pareció B. Tony Curtis tuvo una juventud de primera y una vejez de última. Lana Turner fue B con ínfulas de A. Gene Tierney es una omisión imperdonable. Ava Gardner fue otra. Y Barbara Stanwyck. Y Jane Russell cuando se saca la blusa y se convierte en enfermera en El proscripto. George Raft lamido de gomina cuanto tira la moneda al aire. Tyrone Power en los Cuarenta. Antohny Perkins en La gran tentación. Los 30 segundos de éxito de las reinas del tecnicolor. La rudeza de Lee Marvin. La simpatía de William Holden. Las caderas envainadas en lamé dorado de Jean Harlow, el falso aire gélido de Deborah Kerr. La impecable Anjelica Huston. No hay pedradas (piedrazos dicen los argentinos ahora) capaces de romper este techo de cristal.