Escribe: dr. CARLOS MAGGI
Ruina gloriosa, entre los harapos que cuelgan, desde hace un mes, falta la hache del nombre. En la Junta Departamental se dijo y consta en actas, que la sala del Casino Carrasco, que fuera de gala, se ha convertido en un garito. Todo decae, predijo Cortázar y los casinos municipales más que nada. Vienen teniendo una mala racha que dura cuatro años; y lo más grave: recién se dieron cuenta a principios de este mes, cuando el agujero de la suerte en contra, llegó en el año, a 144 millones de pesos; casi el 50% del déficit municipal. Durante el 2004, se recaudó $ 291:749.676 y se gastó $ 436:546.818. Según el edil nacionalista Alvaro Viviano, entre el 2000 y el 2004 los tres casinos municipales de Montevideo (Parque Hotel, otel Carrasco y Hotel Oceanía) perdieron 14 millones de dólares; vale decir: 334 millones se pesos.
El ex director de Casinos del Estado, Federico Arralde, fue piadoso con sus colegas municipales, dijo:
—La ganancia depende de las salas y de la época del año— Y tiene razón hay épocas del año que duran cuatro años y hay salas tremendas, donde los funcionarios, por más que el juego dé ganancia, se llevan todo lo que hay en caja, más muchos cientos de millones que deben sacarse del producido de la patente de rodados o de la contribución inmobiliaria.
Ernesto Mordecki, profesor agregado del Centro de Matemáticas de la Facultad de Ciencias, está asombrado y acaba de elaborar un trabajo curioso: "¿Puede dar pérdida un casino?"
El hombre de la ciencia exacta, especificó que sus cálculos "están motivados por las pérdidas que sufrieron los casinos de Montevideo en el último período", y agregó: "Es necesario aclarar que este déficit no obedece a que los jugadores hayan ganado "demasiado".
La conclusión del estudio de Mordecki dice:
—"Si en los casinos de Montevideo funcionan a diario 10 mesas de ruleta, durante ocho horas, tirándose 24 bolas por hora, con una apuesta media de una ficha por pleno, asumiendo además que los costos de funcionamiento sean la mitad de la ganancia esperada por la banca, la probabilidad de que los casinos den pérdida en un período de un mes es despreciable, menor que un milésimo". Esta seguridad sin dudas hace pensar en la oposición cerrada del Frente Amplio a las concesiones para explotar casinos, a cambio de la construcción de hoteles cinco estrellas; el Frente decía que todo casino es una mina de oro y que además es un estímulo para timbearse el pan de sus hijos.
Pero los ediles del Frente Amplio, están en contra de la historia, se niegan a revisar el pasado: "Es un sinsentido", dijeron. Alberto Rosselli, director municipal de Desarrollo Económico de la Intendencia capitalina, no le hace caso a los ediles, fue, revisó la historia y dijo:
—"En el año 1999, los casinos tuvieron una ganancia neta de 405 millones de pesos.
El intendente de Montevideo, Ricardo Ehrlich, ordenó una auditoría interna en los casinos municipales, anunció que racionalizará los sueldos de los funcionarios y que promoverá un plan de jubilaciones anticipadas (cuyo costo no fue estimado todavía). Además, el jefe comunal intimó a la empresa Carmitel, concesionaria del Hotel Carrasco, a presentar garantías financieras para las obras de reacondicionamiento del lugar donde funciona la sala de juego; sobre el resto del "otel", no adelantó ninguna promesa.
Respecto a negocios futuros, Ehrlich señaló que los planes apuntan a que los casinos den ganancia... ¡dentro de dos años! Mientras tanto cabe esperar (pienso yo) que las pérdidas no aumenten por encima de los 144 millones anuales, que es la cifra que los contribuyentes están acostumbrados a poner, en beneficio de los 467 empleados de estos los tres casinos (que usufructúan sin pagar alquiler, los edificios de dos ex hoteles colosales que ya fueron fundidos por otros esforzados funcionarios municipales: el Hotel Carrasco y el Parque Hotel).
Es para preguntarse ¿Por qué no se cierran los casinos municipales si solo sirven para perder dinero y halagar la inmoralidad? Todo indica que la administración municipal de Montevideo es un desastre.
Y SIN EMBARGO... Ante hechos inadmisibles (tres casinos que llevan perdidos 14 millones de dólares y el aviso de que seguirán perdiendo durante dos años más) la reacción natural es acusar a la administración municipal, pasada y presente. Hay ediles que piensan: ¡Es un robo!, y se disponen a presentar una denuncia penal. En tal situación, la pregunta relevante, hablando en plata, es: ¿Quien se la lleva?
El municipio pierde; pero los uruguayos que jugaron ¡también perdieron! Los casinos municipales no cumplen la única función para la cual fueron creados: recaudar dinero. Entonces: ¿quién ganó?
Ganaron los 467 funcionarios que se conocen con nombre y apellido y cuya remuneración se contabiliza al centésimo. ¡Algo nunca visto!
Sin embargo. Sin embargo, basta una mera comparación con otros entes públicos administrados por el gobierno nacional, para comprobar que la culpa no la tiene el Intendente. La culpa la tienen los ciudadanos uruguayos que no terminan de entender lo que es la burocracia. (Y también un poco de culpa, corre por cuenta de la tradición del juego limpio).
Los casinos no pueden trampear. La ley de juego manda que la ruleta tenga 37 números y que pague un pleno 36 veces. Hay dos colores; y el rojo o el negro se deben pagar con el doble de lo jugado (mientras no salga el 0, que no tiene color y permite que la banca se lleve las dos chances).
Estas proporciones le dan a la banca, matemáticamente, una ganancia de entre el 15% y 18% del importe apostado.
Pero cuando el banquero nombra más de 150 funcionarios inamovibles en cada casino y le paga a cada uno, lo que cobran los profesores grado 5 (en los países civilizados) ¡ah! entonces salta la banca.
¿Qué pasa con Afe, con el Soyp, con Pluna, con el Banco Hipotecario, con Ancap, con Antel?
Del Banco Hipotecario, que está en bancarrota y sigue pagando sueldos fabulosos, dijo Astori: "Hay 900 ministros de Economía, si se atiende al promedio de las remuneraciones".
Todas las empresas del Estado dan pérdida, devoradas por la ineficacia y por la codicia de sus funcionarios; y todas se funden, aunque alguna de esas empresas, pueda durar algo más que los casinos. El monopolio da margen para estafar a los clientes cautivos; y por eso sobreviven.
Es el caso de Antel, un ente "estratégico" porque de las comunicaciones dependen la cultura y la economía. Antel está llegando a su fin, pero conserva como recurso in extremis, el monopolio de la telefonía fija, más un sinfín de prácticas monopólicas (indebidas, prepotentes) que nadie reprime. De esa manera, los precios salvajes que cobra, le permiten dar utilidades, chupándole la sangre a las familias y subiéndole el costo-país a los empresarios.
Ancap hace lo mismo y Ute es parecido. Por eso el Uruguay es vulnerable, porque su economía tiene una enfermedad crónica: los "derechos adquiridos" por miles y miles de empleados públicos privilegiados. El Uruguay clasificó a su gente en nobles y plebeyos: hay trabajadores privados (privados de privilegios) y hay funcionarios del Estado, bacanes.
La ruleta, que no puede trampear su juego, arroja pérdidas y hay un escandalazo.
Los entes industriales y comerciales, hacen juego sucio y alargan la agonía. Antel multiplica por treinta el precio de una conexión: si le cuesta 200, la vende a 6.000; y tiene récords mayores; y son estos excesos en cadena los que colocan al Uruguay fuera de competencia. El país vive estrangulado. No somos ni competitivos, ni competentes.
Conviene leer con cuidado las cifras contenidas en la nota "Los precios de Antel", que se publica en esta página. Es imposible, desde fuera del ente, verificar algunos datos, pero la fuente es insospechable. Si esa nota contiene errores, será bueno que Antel ajuste los números. Si no se obtiene respuesta, su silencio ayudará a entender por qué ningún otro país del mundo tiene entes autónomos monopólicos que funcionen en beneficio de sus funcionarios y en perjuicio del costo-país y de los consumidores. Salvo que medie una corrección sustancial, seguiremos publicando esos datos una y otra y otra vez. Hasta que la gente se entere, lo suficiente para impacientarse.