Si Caperucita Roja no existe, el leñador que la salva tampoco. Entre ellos dos, empero, está el lobo que acecha a sus víctimas y que tiene muchas más probabilidades de existir más allá de la fábula infantil. Esa posibilidad, crudamente expuesta por un policía, es la que atormenta al protagonista del film: el saberse tentado por niñas a las que acosa para proponerles una cercanía que no es sexual pero que lo devuelven a ciertas situaciones vividas en su infancia. Ese hombre, que ha estado en la cárcel durante doce años, quiere ser normal, recuperando el vínculo con una hermana que lo rechaza sobre todo por miedo hacia lo que pueda ocurrir con su pequeña hija.
Un lobo suelto, de eso se trata. Un ser sacudido por tentaciones identificadas con lo monstruoso a las que busca combatir con muy pocas armas a su favor porque en el trabajo hay quien escarba en su pasado y termina generando hostilidades, porque un policía lo visita recordándole que un tipo como él termina en la cárcel nuevamente y porque los aportes que obtiene en las sesiones con el psicólogo son insuficientes. Tiene todas las de perder aunque hay una mujer que apuesta a la capacidad de ese individuo para esquivar el determinismo con que todos le marcan su destino.
No hay mucha historia en la situación, lo cual hace que la película descanse en dos aspectos: en la capacidad narrativa de la directora Nicole Kassell y en el talento de su protagonista, Kevin Bacon. Las dos cosas están resueltas de una forma admirable. Kassell, si bien recorre las líneas de una obra teatral de Steven Fechter que él mismo adapta, muestra una gran sutileza para estructurar el relato desde la gestualidad mínima inicial para avanzar hacia secuencias más dramáticas y conmovedoras y a partir de ellas volver a tranquilizar las aguas.
Si las características del personaje no son habituales ni fáciles de asimilar, ese estado latente en el cual el espectador vive (siempre está la posibilidad de traspasar la raya) tiene un momento realmente conmovedor, cuando ese hombre se sienta junto a una posible víctima en el silencio de un gran parque de Filadelfia. Lo que allí ocurre y que obviamente no debe revelarse en el contexto de una crónica, es para la directora un pequeño ejercicio de maestría en el manejo del diálogo siempre escaso aunque suficiente para revelar los deseos contradictorios entre los dos paseantes, y —como parte de él— en el empleo de los silencios.
Tiene un aliado de oro en Kevin Bacon. En su capacidad para mostrar la interioridad de ese personaje atormentado, que rechazan y se rechaza, descansa gran parte de la fuerza de esta producción independiente. No hay grandes gestos y salvo una secuencia tampoco grandes estallidos: ese Walter que interpreta es un ser de apariencia monocorde, siempre vestido con la misma ropa, que observa desde la ventana de su apartamento el patio de una escuela y allí mismo se preocupa por darle de comer a los pájaros. Un deseo de volar y ser otro que le permite a Bacon redondear uno de los mejores trabajos de su reconocida trayectoria, incluyendo la gran contribución hecha a Río místico.
*** *** ***
CRITICA | HENRY SEGURA
EL HOMBRE DEL BOSQUE
The Woodsman
Directora. Nicole Kassell.
Productor. Lee Daniels.
Libreto. Steven Fechter, Nicole Kassell
sobre obra de Fechter.
Fotografía. Xavier Pérez Grobet.
Montaje. Brian Kates, Lisa Fruchtman.
Diseño de producción. Stephen Beatrice.
Música. Nathan Larson.
Elenco. Kevin Bacon, Kyra Sedgwick, Eve,
Benjamin Bratt, Mos Def.
l Estados Unidos 2004