Estimado ombudsman:

Marcello Figueredo

Todavía no sé quién es usted, qué cara tiene, cómo se apellida, qué apunte le seguirán por estos pagos, cuánto durará en su cargo. Sin embargo, me gusta su nombre de origen escandinavo. Me gusta la idea de importar una civilizada práctica nacida en Suecia, como Ingmar Bergman, Greta Garbo y las rubias pechugonas que conducen ómnibus por Estocolmo.

Me gusta, también, el impulso que le ha dado esta semana el intendente Ricardo Ehrlich, un hombre que vivió muchos años en Estrasburgo, donde la gente cuida sus parques en lugar de maltratarlos y no estaciona arriba de las veredas ajenas. Ya verá por qué se lo digo. Por todas estas razones, estimado Ombudsman, he decidido confiar en usted. Y lo haré por adelantado. No esperaré a saber si es blanco o negro, colorado o frenteamplista, juez o político, hombre o mujer. No esperaré a que asuma, en marzo de 2006, para pedir que me defienda a mí y a mis vecinos. Aquí hay que hacer las cosas con mucha anticipación: esto no es Estocolomo, ni Estrasburgo.

Déjeme contarle, estimado Ombudsman, que vivo en Villa Biarritz. Para más datos, en Leyenda Patria e Hidalgos. Mi calle lleva el nombre del célebre poema de Juan Zorrilla de San Martín, en cuyo honor también han bautizado el estupendo parque que tenemos enfrente. El lugar es monumento histórico y patrimonio de la ciudad, pero los continuos atentados contra el medio ambiente, así como la polución sonora que padece, lo ponen en peligro. Dos veces por semana, funciona allí una feria. No piense, estimado Ombudsman, que voy a hablarle mal de los feriantes. Por el contrario, a los vendedores de frutas y verduras que llegan a mi barrio cada martes y sábado les tengo gran simpatía. En especial, a los más veteranos. Son hombres y mujeres muy sacrificados. Están en pie desde muy temprano en la mañana, incluso en pleno invierno. Tienen buen humor llueva o truene. Jamás dejan de saludar con un buenos días. Los que atienden carros de quesos y fiambres siempre nos convidan con algo para tentarnos. Hacen su trabajo sin molestar a nadie. Son buena gente.

Pero déjeme contarle, estimado Ombudsman, que hay otro tipo de feriantes. En lugar de frutas, verduras, quesos o fiambres, ellos venden bombachas de contrabando y otras mercaderías de dudoso gusto y procedencia. A esos no les tengo ninguna simpatía. Sobre todo, porque son prepotentes. Estacionan sus camionetas arriba de la vereda que cuidamos y pagamos mis vecinos y yo. Se adueñan de ella con la complicidad de un prepotente acomodador de autos, que cada sábado se hace el agosto reservándoles un lugar como si fuera su parking privado. Es más: muchas veces, tranca la entrada a nuestro garaje para administrar a su antojo el paso a la vereda. Debería darse una vuelta por allí, estimado Ombudsman, y ver si puede ayudarnos. Nosotros nos hemos cansado de pelear. A nuestro portero, el prepotente que reserva lugares para sus amigotes se le ríe en la cara. En el Centro Comunal nos piden cartas explicando un asunto que ya deben conocer de memoria. En Autoparque nos dicen que no pueden hacer nada. Los policías de la Comisaría vinieron un sábado, vinieron dos, y abandonaron al tercero. Y como nadie puede con él, el prepotente sigue haciendo su negocio a la vista de todos.

Espero que el ingeniero Ehrlich, que ha vivido tanto tiempo en un lugar donde los ciudadanos cuidan sus parques y a nadie se le ocurre hacer negocio con las veredas ajenas, se decida a poner orden en mi barrio. Espero que usted pueda colaborar en derrotar la prepotencia, la mala educación y la corruptela que campea en ciertas calles de Montevideo. Y si en algún momento nos ayudara a recuperar nuestra vereda, mis vecinos y yo le estaremos muy agradecidos.

Bienvenido y buena suerte, estimado Ombudsman.

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