Enrique Beltrán
Tal vez si no se hubiese hecho pública la protesta de los profesores de Cirugía y Oftalmología de la Facultad de Medicina y del Hospital de Clínicas, se habría ignorado la presencia de tres médicos cubanos que recorren nuestros hospitales en Montevideo y Canelones, para seleccionar de veinte a treinta pacientes periódicamente, llevarlos a la isla, operarlos gratuitamente de cataratas o de otras dolencias a la vista, y retornarlos al país. Eso obedece a un callado acuerdo entre el gobierno uruguayo y la vitalicia tiranía cubana que procura demostrarnos así, con el aval de nuestro gobierno, cuán tierno es su corazón, y cuán duro es el nuestro; cuán prósperos se encuentran, a pesar que no pagan deuda alguna, y cuán mendicantes nos hallamos; cuánto saben y cuán poco sabemos.
Se nos diría que al final de cuentas, se trata de una acción social que pretende de esa manera dar soluciones para los pobres que arriesgan perder su vista y que no tendrían aquí medios ni caminos para lograrlo. ¿Por qué, entonces, el secreto y este largo andar en puntas de pie? ¿Por qué no se conocen las obligaciones asumidas por las partes, se saltean informes técnicos que parecen imprescindibles, se esquiva la opinión de las cátedras, se guarda un silencio que solamente se altera en el suave andar de los hospitales y de las connivencias ya no científicas, sino políticas? Es sobrada hora de exhibir el convenio, que configura a la vez un agravio para un sector importante de la medicina nacional, marginado de pronto, como tan incapaz de dar respuesta al problema, que los enfermos del plan de desarrollo social deben trasladarse masivamente a Cuba según lo dispongan los propios médicos cubanos en su recorrida por nuestros hospitales. Todo eso, a pesar de que Uruguay figura en los primerísimos puestos de los países que tienen la mayor cantidad de médicos, en relación con el número de sus habitantes. Ocurre sin embargo, que ese puesto de privilegio, que naturalmente demanda un incesante esfuerzo de superación, se convierte en lugar de reproche y de fracaso cuando el propio gobierno es quien lo desdeña. Lo que ha sido fruto de un importante esfuerzo de la comunidad nacional y de quienes culminaron su ardua carrera, termina en este caso, tan dejado de lado en todo el proceso, como suplente que ni siquiera es convocado por su propio país. Las declaraciones de la titular de la cátedra de Oftalmología desnuda el silencioso discurrir de este plan, del que sólo tiene noticia cuando está en plena ejecución. Aparece la decidida voluntad de marginar a nuestros servicios, para que esa atención no la brindaran nuestros profesionales ni nuestros estudiantes y sí lo hicieran en Cuba y con médicos cubanos. "Con una inversión mínima en Uruguay se puede operar lo mismo que se va a operar en Cuba" ha declarado el Presidente de la Sociedad Uruguaya de Oftalmología, Miguel Zylbergajt. "Con una mínima inversión". No se hace, porque el interés es que vayan a Cuba, no que los atiendan acá.
Ahí está la explicación de todo este silencioso andar entre escondrijos, de este agravio a nuestros profesionales, de este prescindir solapado y radical de sus competencias científicas y de su disposición, permanentemente demostrada, a asumir su papel en el problema social. Pero este es sólo un pretexto, el objetivo es un vasto operativo político con la tiranía, seguramente financiado por el mesías venezolano. Sí, a llevarlos a Cuba a mostrar la bondad de su régimen, la ternura de su corazón mientras se pudren en la cárcel quienes piensan distinto, mueren en el mar y en el paredón los que quieren escapar y la isla es una gran prisión de miseria, delación y desesperación. En su aire envenenado flota una orden silenciosa, insistente: "¡Dame tu mente!, ¡Dame tu alma!" A ciertos sectores políticos también les sirve acá porque sigue encendido el rescoldo de sus tenaces amores. He ahí la única explicación de tanto secreto, de tanto error y de tanto agravio.