Un año

Buena nota con el FMI: de marchas y muros crispados por "no pagar la deuda" se pasó al orgullo por contar con buen crédito internacional, pagando.

Plantas de celulosa: la militancia a favor de las objeciones ambientalistas se convirtió en apoyo a las tecnologías que traen fineses e hispanos.

Asociación con privados: lo que ayer era abominado se trasmuta en proyecto altamente conveniente "si somos nosotros los que lo hacemos".

Equilibrio presupuestal: de obstáculo se convirtió en precondición para el desarrollo; de argumento menor, propio del Estado burgués, se elevó a objeción dogmática oponible a médicos, judiciales y sumergidos en general.

Contradicciones insalvables, muchas veces salpicadas por la chabacanería. Si el estilo es el hombre, ¡vaya estilo y vaya hombre!

A solo ocho meses, en plena luna de miel de gobierno recién estrenado, interpelantes y editorialistas están rebosantes de temas.

En términos políticos, eso abre perspectivas para la polémica de los partidos tradicionales con el gobierno advenido tras el urnazo de hace un año. Es que entre colorados y blancos —y aun entre frenteamplistas—, los hechos vienen devolviéndole contemporaneidad y peso específico al viejo grito de ¡Viva Batlle!. Lo enriquece el respeto retrospectivo que, por comparación, viene ganándose el Dr. Jorge Batlle. Por lo que como Presidente hizo frente a la extrema adversidad. Y por el valor intrínseco de su gestión abierta, sin compromisos de círculo, con el país en el alma sedienta de "las ideas no pensadas todavía" que cantó Sábat Ercasty.

Al militante blanco o colorado de toda la vida, ese contexto le atiza las pasiones y le enciende las esperanzas. Pero sería un error contentarse con los brotes de expectativas electorales: la política no es sólo lucha por el poder; los problemas públicos empiezan antes y van más allá de quien transitoriamente gobierne.

Las amenazas que mantienen anclado a nuestro futuro radican en el debilitamiento de la persona, la pérdida de imperatividad del Derecho y la correlativa instalación de "el colectivo, "la sociedad" o "el proceso socioeconómico" como comodines que paralizan el deber liberal de discurrir, andando por valles capitalistas, socialistas o lo que fueren.

De esas desviaciones, surgen nuestras grandes desgracias, que van desde la endeblez de nuestra capacidad para emprender, el desgano para aprender con rigor y el desánimo para cambiar hasta el desparpajo con el cual el gobierno un día anuncia que las extradiciones dependen de él y no del Poder Judicial, otro día se queja de que un Tribunal dictó una sentencia con el Derecho en la mano, un tercer día sale a diseñar retroactividades penales que violan la médula de los primeros principios. Y así sucesivamente.

Todo eso es desorden de los conceptos, los sentimientos y el proyecto de persona.

Y cualquiera sea su buena intención y su ideología, en el Uruguay ningún gobierno podrá gran cosa si no fortalece a la persona y desde ella no recimienta al Derecho.

Porque la persona no es sólo la base sino el gran protagonista de todo edificio de libertad.

Y porque mal que les pese a los que entre bambalinas murmuran lo contrario, el Estado no es la simple diferencia entre gobernantes y gobernados y la política no debe mandar jamás por sobre el Derecho: el Estado es el Derecho, sólo existe en el Derecho y sólo se expresa a través del Derecho.

Si hacemos carne de eso, un bel di’ vedremo.

Si no, seguiremos amaneciendo entre humanos que son el proyecto frustrado de lo que podrían ser, por vivir en un país que no se da cuenta que tiene hambre de construirse sólo para el deber ser.

Lo cual, por encima de luchas electorales, traiciona a la vez el sueño de los Batlle, los Herrera y los Frugoni, cuyos "vivas" como motores armonizados en la libertad, merecen resonarnos en los largos días que van de una elección a otra.

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