H. A. T.
En un Concilio eclesiástico realizado en Clermont, Francia, en el año 1095, el papa Urbano II lanzó una fuerte exhortación a los señores feudales y gobernantes de toda Europa. Debían formar unidades militares, viajar al Cercano Oriente y rescatar al Santo Sepulcro, entonces en poder de musulmanes, así como enfrentar las amenazas turcas contra Constantinopla, que era entonces una sede del imperio católico. La exhortación de Urbano II produjo lo que después quedó calificado como Primera Cruzada. En los dos siglos siguientes, se sucedieron otras cruzadas hasta la octava, a lo que corresponde agregar expediciones extraoficiales de bandoleros, seguramente ateos, que tuvieron amplia ocasión para el pillaje.
Las ocho cruzadas contaron con elencos estelares (el británico Ricardo Corazón de León, el sultán musulmán Saladino), gran riqueza de escenarios terrestres y marítimos, barcos para todo el Mediterráneo, multitudes de extras, armas de última generación y el apoyo de otros Papas, continuado por Eugenio III en la Segunda Cruzada. Era inevitable que Cecil B. de Mille terminara por llevar las Cruzadas al cine (1935). Dos datos son sin embargo más importantes que el espectáculo. Uno es que las matanzas consiguientes fueron voluminosas, con miles de devotos cadáveres musulmanes, turcos, judíos y cristianos, acumulados en las calles de Constantinopla, Jerusalén, Damasco, Aleppo, Chipre, Antioquía y otros sitios, en algunos casos con ríos de sangre en las calles. El otro dato fue que las Cruzadas nacieron de una motivación religiosa, aunque hayan tenido derivaciones comerciales y políticas. Los diversos Papas invocaron la voluntad de Dios para defender (y atacar) en nombre de la cristiandad, sin tener en cuenta algunos mandamientos muy usados, como "No matarás" y "Amarás a tu prójimo". Por otra parte, el Cercano Oriente tenía y tiene sitios sagrados para cristianos, judíos y musulmanes, lo que deriva a escuchar o inventar órdenes de tres dioses para satisfacer las almas de unos y otros. Es un territorio geográfico muy escaso para que al mismo tiempo puedan respirar tres mundos fanáticos en conflicto.
Las Cruzadas quedaron en los libros de historia, durante ocho siglos, como un ejemplo de las matanzas que la Humanidad puede organizar si combina devoción religiosa con estupidez, fanatismo y coraje. Tuvieron sus competidoras en otras matanzas de dos guerras mundiales (1914, 1939) que incluyeron los mejores progresos de la tecnología y la bomba atómica (1945), pero ambas guerras carecieron de una inspiración divina y deben ser desechadas por terrenales. Entonces apareció George W. Bush, el nuevo Cruzado.
"Dios me ha dicho. ‘George, ve y lucha contra los terroristas en Afganistan’. Y yo lo hice. Y Dios me dijo ‘George, pon fin a la tiranía en Irak. Y yo lo hice’" (citado en El País, octubre 7).
Las declaraciones de Bush, fechadas en junio de 2003, pero tardíamente divulgadas por un documental de la BBC, incluyen también la frase "estoy movido por una misión divina". Esto equipara a Bush con los musulmanes fanáticos que invocando a Mahoma, Alá y el Corán se suicidan en los supermercados, matando a devotos de varias religiones. El fanatismo de Bush es más cómodo y astuto, porque manda matar mediante el e-mail, el teléfono y toda la tecnología del Pentágono.
Pero las relaciones de Bush con Dios son defectuosas. Un Dios más constructivo le habría dicho en qué parte de Afganistán se escondía Osama Bin Laden, evitando los fracasos de cuatro años, que costaron muertos locales y extranjeros. También habría avisado a Bush que las armas de destrucción masiva no existían en Irak, evitando la destrucción de un pueblo y ahorrándose después el papelón internacional de confesar que la guerra empezó sin mucho motivo. O Bush miente (una vez más) o Dios estaba mal informado, con lo cual acá se han cometido dos errores divinos.