El clásico del miedo

Víctor Hugo Morales

Fue el clásico del miedo. Angustia de Boca por no perder un partido que por sí solo puede restarle brillo a la vuelta olímpica que probablemente pueda ofrecerse en diciembre. Preocupación de River por no sufrir otra derrota que aumente el saldo negativo de un año perdido.

Medroso también el árbitro ignorando los penales que, por miedo, más que para aventar los riesgos, cometieron dos veces Boca y una River. Por lo menos tres penales.

De los zagueros tirándola para cualquier lado siempre. De los mediocampistas, sólo empeñados en trabar, faulear, manosear. De los delanteros a parar una pelota.

Empataron cero a cero porque el fútbol no les puede conceder un resultado peor. Pero estuvieron más abajo. Y no decayeron en la pobreza ni un instante de los 90 minutos. Parejos en los errores durante los 90 minutos, nunca fueron tan parecidos, River y Boca. La táctica, la misma, con el ánimo de evitar como bandera. Los ataques contados, frutos amargos de algún pelotazo sin ton ni son. Aventuras de zagueros ásperos, de dientes apretados, ojos cerrados al momento de castigar la pelota.

Un castigo, sí señor. Más de 50 mil damnificados que pagaron la entrada, algunos de los cuales hicieron una cola de tres días para comprar su boleto. Todos boleta, eso es lo que fueron.

El partido terminó cuando se iba a hacer un saque de meta. El arquero de Boca iba a lanzar la pelota hasta la mitad de la cancha, pero el juez Furchi, en uno de sus mayores aciertos, decidió que la mejor descripción de los hechos era pitar cuando no se estaba jugando.

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