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Uruguay cumplió con el mandato de la historia: ganó el clásico del Río de la Plata en su casa. Argentina también cumplió con el mandato histórico: jugó un clásico como hay que jugarlo, con los dientes apretados, sobre todo en los últimos quince minutos, cuando fue más que evidente que no quiso perder.
La selección de Colombia, aprovechando la chance que le dio la alineación paraguaya, también cumplió con su mandato: ganó en Asunción, para esperar lo que ocurriera en Montevideo.
Quien no cumplió, en cambio, fue la selección de Chile, una vez más hundida en su mediocridad futbolística, en su histórica falta de temple para afrontar los compromisos donde hay que poner algo más que once jugadores en la cancha.
Los lloriqueos de su técnico haciendo inútiles e innecesarias advertencias a hombres a quienes les sobra el honor, quedaron sumergidos bajo dos avalanchas: la que se vio en el Centenario, con dos equipos jugando a muerte un clásico con mucha historia, y la que se vio en el propio estadio Nacional de Santiago, con un equipo sin "garra", incapaz de vencer a un rival que le dio las enormes facilidades de jugarle con suplentes.
La justicia de la naturaleza humana fue sabia: puso en la cúspide del honor a quienes se le merecieron y castigó con el peor de los tormentos a quienes tienen —¡oh rareza!— las piernas más cortas que la lengua.