NADA se crea ni nada se destruye: todo se transforma". Este es el principio básico que enunció Lavoisier, fundador de la química moderna, integrante de la Asamblea Nacional Constituyente y guillotinado por los extremistas de la misma revolución a la que aportó su entusiasmo y su inteligencia.
Así, pues, todo cambia, nada desaparece sino que asume otra apariencia distinta a la que antes tenía.
Sin pretender negar esta verdad evidente desde el punto de vista de la química, hay que reconocer que la humanidad —coprotagonista de la evolución del mundo y agente indudable de su transformación— cambia y permanece al mismo tiempo. Es decir, el hombre ha cambiado desde el fondo de los tiempos hasta hoy y seguirá cambiando porque, como decía el viejo Heráclito, "no nos bañamos dos veces en el mismo río", no sólo porque el agua fluye continuamente sino, también, porque nosotros mismos somos distintos, una y otra vez.
Pero, igualmente, es obvio que el hombre, como especie, permanece igual a sí mismo. Cambia lo aparencial, lo fenoménico, pero no lo esencial.
SIRVA este introito para intentar un análisis sobre actitudes habidas por parte de la izquierda. En el terreno ideológico, muchas corrientes marxistas y afines de buena parte del mundo —sobre todo las europeas— han renunciado explícitamente a los principales postulados de aquellas doctrinas: dictadura del proletariado, colectivización de la tierra, nacionalización de la banca, la industria y el comercio, lucha de clases, etc.
En nuestro país, no hay una renuncia inequívoca a esos principios básicos —aunque hay grupos que siguen adhiriendo a ellos— pero en los hechos actúan como si hubieran renegado de la doctrina que dicen profesar. Si son socialistas, por ejemplo, ni siquiera se declaran como tales. Prefieren ser llamados izquierdistas o progresistas antes que socialistas y, desde luego, antes que marxistas.
SIGNIFICA que, desde el punto de vista teórico, académico, nuestra izquierda se proclama como heredera y continuadora de la misma línea conceptual que siempre se autoatribuyeron el marxismo y similares pero, en cambio, desde el punto de vista práctico sus acciones nada tienen que ver con ese parentesco ideológico.
En efecto, ya nadie habla de la dictadura del proletariado sino de respetar libertades, derechos humanos y pluralismo político. Nadie habla, tampoco, de reforma agraria mediante la expropiación o, menos aun, de la confiscación de los latifundios o de las tierras improductivas. Otro tanto cabe afirmar de la lucha de clases, sustituida por el diálogo y los consejos de salarios.
Nada se dice, por supuesto, de que la banca (alguna, incluso, se ha privatizado), el comercio y la industria pasen a manos del Estado. Al contrario, nuestros actuales "progresistas" ya no son enemigos de privatizar —aunque algún plebiscito, impulsado por ellos mismos, les imponga la obligación constitucional de estatizar el agua potable, cosa que no siempre cumplen— y nadie se asusta ya del propósito preelectoral de "hacer temblar hasta las raíces de los árboles". Se sabe que esto último no los compromete para nada pues los discursos no son más que discursos.
LOS que temblarán, sin duda, son los ciudadanos que dieron sus votos a los candidatos postulados por el EP-FA-NM, ya que no alcanzarán a comprender las razones de tanto cambio, o sea, la absoluta discrepancia entre lo dicho antes de las elecciones y lo hecho después de asumir el gobierno. ¿Cómo digerir, por ejemplo, las zalamerías que practica ese conglomerado político con el FMI y con el BM, anteriormente considerados como los ogros de los pueblos latinoamericanos y los representantes más genuinos del execrable y voraz imperialismo yanqui?
¿Cómo podrán no atragantarse los seguidores de la famosa colcha de retazos cuando, ahora, tienen que esperar, con ansiedad y temor, que las autoridades, residentes en la capital norteamericana, otorguen el visto bueno después de inspeccionar lo realizado por el gobierno uruguayo, cuyos ejecutivos, legisladores y jerarcas habían sido, otrora, tan proclives a pintarrajear muros, columnas, árboles, cordones de veredas, monumentos y a colgar pancartas a diestra y siniestra en una jamás interrumpida campaña de censura y de insidias contra esos organismos?
SIEMPRE prometieron ser agentes del cambio que necesita nuestro país. Pero los que cambiaron fueron ellos, no el país. Razón por la cual, más que un cambio, lo que se ha producido en el EP-FA-NM es un verdadero cambalache, palabrita que se deriva, precisamente, de la anterior. ¿Es que han perdido la memoria o la buena fe?
Se cumple promesa
Intentando justificar el cambio de actitud del Gobierno con respecto a la participación de la Armada Nacional en la "Operación Unitas", junto a los barcos de Estados Unidos y a la cual se opusieron durante toda su vida —tanto los dirigentes actuales como los que les precedieron—, el Vicepresidente de la República acaba de reconocer públicamente que "Los que hemos cambiado somos nosotros".
O sea que ya no son los mismos a quienes votaron el 50.09% de la ciudadanía en las elecciones del 30 de octubre del año pasado.
Si a este giro se le agrega el haber votado en el Parlamento a favor del envío de tropas a Haití; el haber firmado una Carta de Intención con el tan denostado Fondo Monetario Internacional y el estar negociando un nuevo Tratado de Inversiones con Estados Unidos, asiste razón a muchos frenteamplistas que, a solo seis meses de haber asumido las nuevas autoridades, se sienten totalmente defraudados.
Por su parte, a los que reconocen que cambiaron, hay que exigirles que devuelvan los votos.
Una parte de la ciudadanía acompañó con el sufragio a aquellos otros, no a estos de ahora, por lo que debe considerarse oportuno el movimiento revisionista que se ha puesto en marcha.