Martes 11 de octubre de 2005 | Año 88 - Nº 30233
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  - Editorial
Juan Oribe Stemmer | El Premio Nobel de la Paz a la Agencia Internacional de Energía Atómica y su Director General es, a la vez, un reconocimiento y una advertencia.
Nobel de la Paz

El Comité noruego otorgó el Premio Nobel de la Paz, compartido en dos partes iguales, a la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) y a su Director General, el jurista y diplomático egipcio Mohamed El Baradei.

Esta distinción es, en primer lugar, un reconocimiento a una de las agencias especializadas del sistema de las Naciones Unidas que ha tenido un papel importante en varias de las crisis internacionales más graves de los últimos años (Irak, Corea del Norte e Irán). El origen de la agencia se encuentra en el discurso sobre "átomos para la paz" que dirigiera el presidente Eisenhower a la Asamblea General de las Naciones Unidas, en diciembre de 1953. Ello condujo a la firma de un acuerdo internacional para el Estatuto de una Agencia especializada que fue establecida en julio de 1957. Su objetivo es acelerar y expandir la contribución de la energía atómica a la paz, salud y prosperidad en todo el mundo y asegurar que, en la medida en que ello sea posible, la asistencia que suministre no sea utilizada para ningún propósito militar.

El Comité del Premio Nobel eligió a la AIEA y su Director General porque consideraba que era el momento oportuno para subrayar que la amenaza de las armas nucleares debe ser enfrentada a través de la colaboración internacional más amplia posible. "En un momento cuando los esfuerzos para el desarme parecen haberse paralizado, cuando existe el peligro de que las armas nucleares lleguen a las manos de Estados y de grupos terroristas, y cuando la energía nuclear nuevamente parece tener un papel de importancia creciente —agregó el Comité—, el trabajo de la AIEA es de importancia incalculable". El texto encierra varios mensajes: los esfuerzos para conseguir un desarme nuclear se han estancado; se rechaza el unilateralismo propugnado por alguna potencia y se enfatiza la importancia del camino multilateral; la energía atómica puede ser utilizada con fines pacíficos, pero la proliferación de armas nucleares es una grave amenaza.

La advertencia es subrayada por la historia del creador del premio, el científico sueco Alfred Nobel. Un químico, ingeniero e industrial sueco que inventó la dinamita, un poderoso explosivo derivado de la nitroglicerina, y otros explosivos. También fue un exitoso hombre de negocios. Sus intereses incluyeron fábricas dedicadas a la producción de sus explosivos y campos petrolíferos en Bakú, en los inicios de la industria petrolera mundial. La esperanza de Nobel, de que sus explosivos solamente serían utilizados con fines pacíficos y que terminarían con todas las guerras, fue frustrada por la realidad. Algo parecido puede pensarse de la energía atómica: ofrece la posibilidad de generar la energía necesaria para el desarrollo de la Humanidad, pero también puede ser utilizada para construir armas de destrucción masiva.

Hasta ahora la Humanidad ha demostrado más sensatez que en el caso de la dinamita. Las armas nucleares solamente fueron empleadas dos veces en el campo de batalla (en Hiroshima y en Nagasaki). Desde entonces han mantenido un equilibrio del terror entre las potencias miembros del exclusivo club nuclear, fundado en el principio de la destrucción mutua asegurada (resumido en la sigla MAD, en inglés). Pero, la proliferación aumenta la probabilidad de un conflicto nuclear "convencional" entre dos países y acentúa el peligro de que sistemas nucleares caigan en las manos de terroristas.


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