El sindrome de las piernas inquietas

| Su incidencia alcanza a un 29% de la población con predominio en mujeres. Es de causa genética pero no se descarta que pueda ser adquirida

DR. EDUARDO CASANOVA

Médico internista de la UCM

El síndrome de las piernas inquietas (SPI) es una entidad reconocida desde hace más de tres siglos, descrita por primera vez por Thomas Willis en 1672.

Sin embargo, pese a lo antiguo de su descripción, durante los siguientes dos siglos se consideró equivocadamente como una enfermedad del psiquismo, por la que se le denominó "anxietas tibiarum" atribuyendo el movimiento a una crisis de ansiedad de origen psíquico.

Recién en 1923 Oppenheim planteó que se trataba de una enfermedad orgánica, de causa neurológica, que probablemente se transmitiera genéticamente.

Actualmente, los estudios más sistemáticos de la población y el empleo de nuevos recursos tecnológicos, permitieron reconocer que la enfermedad existe en amplios sectores de la población, con un mínimo de 2,5%, llegando hasta un máximo de un 29% según los grupos de población. Tiene un claro predominio en mujeres, con un 14% contra un 6% para varones. Si bien puede verse en niños, su incidencia aumenta con la edad.

COMO SE PRESENTA Desde mediados del siglo pasado se distinguen dos formas clínicas: la que tiene lugar con sensación de dolor, y la que se presenta bajo la forma de sensaciones parestésicas. Las primeras pueden percibirse como ardor, quemazón o pinchazos. Las parestesias pueden tener las características de hormigueos, pesantez de las piernas o simple sensación de disconfort. En muchos casos estos síntomas, fundamentalmente los dolorosos, indujeron a confundir la enfermedad con la que cursa con obstrucción arterial de los miembros inferiores.

La frecuencia de los trastornos indujo la formación de un grupo de estudio, en el ámbito anglosajón, llamado Restless Legs Syndrome Study Group que distinguió cuatro caracteres clínicos como requisitos que permitiesen plantear el diagnóstico:

la necesidad de mover las extremidades inferiores a la que se asocian con frecuencia fenómenos dolorosos o parestésicos de las piernas;

la inquietud motora de las piernas se manifiesta en la imposibilidad de mantenerlas quietas;

los síntomas se agravan con el reposo y mejoran con el movimiento;

el empeoramiento se experimenta en las últimas horas del día, y fundamentalmente cuando el paciente recién se acuesta.

De todas estas características la más notable es la que hace que el paciente mueva constantemente sus pies mientras está acostado, debiéndose incorporar para caminar, o bien para frotar sus piernas. En general el sufrimiento es bilateral, y es raro que afecte a los miembros superiores. Su predominio nocturno es el que llevó a considerar a la enfermedad entre las etiologías que causan insomnio con hipersomnolencia diurna.

A su vez, el estudio por polisomnografía fue el que permitió avanzar en el conocimiento del SPI, detectando, midiendo y graficando el movimiento patológico de las piernas durante el sueño.

El carácter clínico compulsivo indujo a relacionar el SPI con los tics nerviosos que, del mismo modo, pasan por la conciencia del paciente como una necesidad imperiosa para realizar determinado movimiento.

En el SPI, del mismo modo que en los tics nerviosos, no se consigue calmar la tensión experimentada por el psiquismo hasta tanto no dar curso al impulso. En ambos casos la compulsión experimentada no surge de modo voluntario, pero sí existe un control voluntario en torno al momento y el modo en el que se da curso al impulso, por ejemplo, caminando, o frotando las piernas con las manos.

La clara incidencia familiar, que algunos autores estiman hasta en un 50 a 90%, constituye un claro indicio de que el SPI es una enfermedad que se transmite genéticamente como enfermedad primaria. Actualmente se ha determinado que el 30% de los SPI primarios tienen un patrón de herencia autosómica dominante. Sin embargo, puede afirmarse que existe también una forma adquirida o secundaria.

CAUSAS. Los SPI adquiridos o secundarios se relacionan, por mecanismos aún no bien conocidos, con ciertas anemias producidas por carencia de hierro o de proteínas (ferritina) que son transportadoras de hierro en la sangre. Otras causas de SPI son secundarias a la falla renal crónica, sobre todo en pacientes dializados, donde llega del 20 al 50% de los casos. También se ve en forma secundaria a la diabetes durante el embarazo, y en el curso de enfermedades gastrointestinales.

El claro carácter circadiano del SPI relacionado con el sueño, y la similitud con los trastornos de los tics nerviosos hizo que se planteara como causante un mecanismo neurológico que está en la base de estos otros dos trastornos, que se explican por alteraciones en los niveles superiores del tronco cerebral. Dicha presunción se vio confirmada cuando la resonancia magnética funcional sugirió que los núcleos rojos cerebrales y el tronco cerebral se presentaban como los generadores de los movimientos anormales en las piernas.

La utilización de fármacos estimuladores o inhibidores de la función de las citadas estructuras neurológicas, agravando o mejorando el trastorno, fue otra prueba del mecanismo de su producción.

Fuente: M.C. Scorticati, Tratado de Neurología Clínica, Ed. Panamericana, Buenos Aires 2002.

Tratamiento

Para tratar el Síndrome de las Piernas Inquietas (SPI) se utilizaron sustancias opioides, derivadas naturales o artificiales de la morfina que, más allá de la respuesta obtenida, se abandonó dada la dependencia física y psíquica inducida por la droga.

Los fármacos precursores o estimulantes de la dopamina fueron eficaces en el 85% de los casos, pero se observó como inconveniente el efecto rebote que producían durante la noche.

Ello se corrigió administrando preparaciones de la sustancia en formulaciones de liberación controlada y prolongada que desplazan el efecto rebote para las primeras horas de la mañana, cuando se administra una nueva dosis standard.

Otras sustancias utilizadas fueron las benzodiacepinas, sobre todo el clonazepán, los betabloqueantes y algunos anticonvulsivantes del tipo de la carbamacepina o el valproato.

Como terapia coadyuvante se aconseja realizar ejercicios físicos y evitar el consumo de sustancias (ya sea bebidas o fármacos) que contengan estimulantes del sistema nervioso central, tales como derivados de la cafeína y algunos antidepresivos.

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