El urbanismo literario

Miguel Carbajal

Los circuitos literarios son frecuentes en el Hemisferio Norte. Y Europa, la reconstruida, está plagada de plaquetas de mármol donde se indican la casa donde nació Goethe, la esquina donde se pergeñó el dadaísmo, los jardines donde terminó sus días Monet, los bares en donde escribían Sartre y Beauvoir, los palacios que habitó D’Annunzio, el mausoleo donde descansa Flaubert: todo se documenta. Un paseo por Beverly Hills detecta las mansiones, espléndidas pero cortas de espacio si se las compara con las de Punta del Este, donde se alojan las celebridades de Hollywood. Son lugares cerrados, aislados del exterior, a salvo de las invasiones de los fans, aunque por ahí haya un hijo pequeño de Rod Stewart que vende en un "garage sale" fotos supuestamente autografiadas por su padre; las dos casas vecinas de Barbra Streisand con un par de guardianes al frente, el castillo exhibicionista y lleno de terraplenes de Hugh Heffner, el frente silencioso donde vivía ciega y sin piernas Ella Fitzgerald con sus despojos. Son recorridos sin adrenalina que no rozan un corazón que recién se estruja con la visión de la piscina donde Marilyn Monroe se bañó en "Vitaminas para el amor" o el sendero a las colinas donde se mató James Dean.

Los mejores recorridos de California tienen que ver con los escritores. La encantadora San Francisco, que se vuelve hostil cuando la niebla se escapa de la bahía y aterriza en el corazón urbano tiene como barrios más llamativos las casas georgianas donde residen los intelectuales y el conglomerado gay de "Castro" con una sociedad alternativa que escandaliza la moral media. Pero para conocer su alma hay que recorrer las librerías y las cantinas donde se entrecruzaron las vidas de Lawrence Ferlinghetti, William Burroughs y Jack Kerouac cuando estaba de visita. Y las oficinas instaladas en tugurios en las que operaban los detectives de Chandler o los arquetipos de Cain al andar de vueltas por la Costa Oeste.

Lo mismo sucede con los vecinos sureños cuando se toma la carretera hacia el sur y se encuentra al Monterrey de John Steinbeck con los barracones de pescadores mexicanos y los frigoríficos viejos donde se almacenaban las sardinas. Lo que cambiaron en forma radical, hasta volverse irreconocibles, son los valles interiores de Salinas donde ambientó Las viñas de ira y partes de Tortilla Flat y Ratones y hombres. El mundo agrícola y campesino que inspiró los mejores trabajos de Steinbeck fue barrido por la urbanización y el aluvión de enclaves residenciales. No hay un metro cuadrado de los que fueron fértiles campos que no esté ocupado por chalets que combinan las columnas corintias con los frisos del Renacimiento y los patios españoles, campos de golf, canchas de tenis con piso de césped y pozos de petróleo.

Monterrey en cambio conserva un cierto aire de abandono fabril que le viene bien al recuerdo de Steinbeck en la época de la Depresión. El circuito de letras también abarca el Big Sur de Henry Miller. El camino se recuesta a los acantilados del Pacífico, azul como un zafiro. La pista de asfalto viborea sobre los riscos mientras la recorren los motociclistas disfrazados de hippies de Angels of Hell. El lugar por el que optó Miller para americanizarse está entre pinos que parecen húsares y barrancos de retamas. Es el sitio que el antecesor de Bucowski eligió para hacer una fantástica guía cultural (todo, absolutamente todo lo que hay que leer, lo que hay que mirar, lo que hay que aprender) en donde recoge sus años parisinos junto a Anis Nin, Raymond Queneau, Brassaï y Blaise Cendras. La puso bajo la invocación de Hieronymus Bosch. Y luce tan contradictoria con Big Sur que retrata las paradojas de un Miller que debió haber buscado refugio en Tijuana.

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