Manlio Ferrari

Catedrático de Clínica Médica, innovó tratamientos desde las neumopatías a las leucemias, introdujo la Medicina Nuclear y —sobre todo— fue médico y consultor de referencia. Su nombre se asoció por más de medio siglo a vida y milagro de innumerables familias. Pero al irse —91 años—, el Prof. Dr. Manlio Ferrari merece —en discípulos que hoy son profesores, pacientes y amigos— mucho más que un pasajero galope de recuerdos.

Proyectaba ideas claras, ordenadas, pedagógicas y prácticas. En todo: desbordando los límites de su carrera.

Con su guía —y su sacrificio personal— se dieron importantísimos pasos hacia la precisión de la imagen y la base técnica del diagnóstico. Pero seguía repitiendo "la clínica es soberana"; y reviviendo el origen griego —de "klynos", cama—, enseñaba que examinar al paciente era primordial para interpretar análisis y placas. Es que ese talento nacional aplicaba la fenomenología y leía los contextos, dando un ejemplo profesional válido para todas las disciplinas, Derecho incluido.

Era el hombre reflexionando: analizando sí, pero —al revés de la moda— sintetizando enseguida. Con lógica acerada e intuición bergsoniana a la vez, el Prof. Ferrari discurría con tal mirada interrogativa y tal vigilancia de sí que parecía arrancado a una página de Bachelard.

Pero no sólo eso.

Además, generaba una relación directa, inmediata, concreta —¡práctica!— entre la realidad, el pensamiento y la acción. En eso, su actitud y su estilo constituyeron un modelo que el Uruguay no debe olvidar: uno de nuestros escollos para crecer —cualquiera sea el signo gobernante— radica en la mala costumbre de discutir ideas con ideas y crear dictaminantes, intelectuales y pseudo que se desinteresan olímpicamente de las consecuencias de lo que firman y piensan. Ferrari vivía volcado "a las cosas" y, como tal, hasta muy avanzados sus 80 recorrió un circuito que sin parar iba del pensamiento a la acción y volvía de ésta al pensamiento.

¿Modelo sólo asequible por profesores que se pasean solitarios por las cumbres del Grado 5? No. Todo lo contrario. Hay un plano en el cual ese circuito se cultiva lo mismo si se hizo enjundia acumulando libros que si se edificó el alma con sólo cien refranes pero mucha inspiración, sentido común y pasión práctica. Ese plano acoge a la vez al quehacer más refinadamente académico, a la artesanía más elemental, al esfuerzo independiente y al trabajo pobre. En él se han movido siempre los emprendedores de todos los niveles. Es un plano de libertad del espíritu que lleva la mano del homo faber hacia las regiones superiores del pensar, lo mismo en el catedrático que en el hombre que se defiende de la tentación de convertir su misión en rutina y para eso relaciona circunstancias, ideas y obra con vibración, inmediatez y señorío.

El Uruguay se debe a sí mismo una meditación sobre hombres de esta clase, que ni se proclaman livianamente prácticos ni se suben a una torre de marfil teorizadora, pero teorizan y practican con garra, merced a la cual, aplicando una lógica aristotélica, no tienen pereza mental para correr todos los días los límites de lo que van sabiendo.

La cultura colectiva decae cuando baja la entrega y mengua la autoexigencia, ya que eso estira al infinito la distancia entre el pensamiento y la acción. Contra esa corriente se alza el ejemplo del talentoso Maestro que acaba de irse. Enseñó algo que precisamos aprender por sobre ideologías y ministros que se van o se quedan: ir a lo esencial, pensando cada uno por sí mismo, creando respuestas donde no están dadas.

Merece paz en su tumba. Démosela, mostrando hasta qué punto nos damos cuenta que necesitamos su vida en nuestras vidas.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar