CRITICA | CARLOS REYES
Don Juan, el lugar del beso, escrito y dirigido por Marianella Morena (1965), surge de un proyecto que la autora presentó a la edición 2003 del premio Moliére, del que resultó ganadora. Una beca en Francia le permitió estudiar con detenimiento tanto la obra que inspira esta propuesta (el Don Juan de Moliére, estrenado en 1665), como un lenguaje escénico innovador, que traduzca la historia del incorregible seductor francés a los tiempos que corren.
En los aspectos estéticos es donde el montaje logra sus mejores resultados. Una escenografía fría, que enmarca entre paredes blancas una decena de placas de vidrio azulado, transmite el espíritu gélido del personaje. Refuerzan esa impresión un vestuario interesante y una música que estimula por medio de una base electrónica que transita por diversos ritmos, aunque el día del estreno (18 de agosto), problemas técnicos no permitieron que el efecto de conjunto funcionara a pleno.
Los rubros técnicos son complementados a través de un buen uso del espacio, pautando con originalidad los desplazamientos de los actores a lo largo de un escenario angosto y profundo. Sobre esos aspectos, la puesta logra buenas imágenes visuales, poco usuales en nuestro medio. Ese sentido experimental da cuenta de que la directora supo aprovechar su estadía artística en París para aportar ahora elementos nuevos a la escena local. Las escenas musicales, distintas y de desigual interés, son un ejemplo al respecto.
Pero no todos los elementos del montaje están en concordancia con estos ricos aportes formales. El texto, que interpreta la gran obra de Moliére desde una mirada contemporánea, no consigue un nivel estético parejo, cayendo ocasionalmente en una prosa poética de mediano valor. Temáticamente, la autora juega a cotejar la pasión del Don Juan con la voracidad de consumo de la sociedad de hoy, construyendo pasajes de mayor lucidez, pero sin conseguir siempre esquivar los lugares comunes, propios de cuando se incurre en la crítica frontal a la tarjeta de crédito y al mercado de consumo.
La obra apuesta a efectos de alto impacto, principalmente en las conductas de los actores, que protagonizan escenas de perversión y sexualidad desaforada. Restan eficacia a ese efecto tanto la remarcada dimensión intelectual de los personajes, que expresan continuamente sus ideas por medio de la palabra, como el sentido estereotipado de sus conductas, que reduce el erotismo de los implicados (Don Juan, Elvira, Sganarelle y demás) a un esquema de comportamiento sexual sumamente acotado. Estos aspectos, que la directora seguramente manejó a propósito, deshumanizan en buena medida la comunicación con la platea.
En ese punto, este espectáculo se aventura por un camino difícil, propio del terreno experimental. Porque a medida que una puesta incursiona en formas estéticamente novedosas, puede correr el riesgo de perder clima y volverse fría. Frialdad que puede representar al espíritu del Don Juan —propio del racionalismo francés del siglo XVII— y a la vez al supuesto vínculo deshumanizado de las relaciones interpersonales de hoy, pero que es preciso manejar con suma habilidad para mantener al espectador involucrado con lo que sucede en la escena.
El Don Juan es de los personajes que más ha rendido a la hora de experimentar lenguajes nuevos y dialécticos juegos de sentido. Lo hizo Louis Jouvet en París con singular éxito, antes los futuristas, y en el siglo XIX existieron versiones cómicas, incluso en una versión femenina. La presente puesta ofrece una mirada poco común, que la gente del ambiente teatral, o aquellos que hurgan en la producción experimental del teatro montevideano, encontrarán atractiva, y por lo tanto recomendable.
DON JUAN, EL LUGAR DEL BESO
Autora y directora. Marianella Morena, sobre el Don Juan de Moliére
Escenografía. Dante Alfonso
Luces. Martín Blanchet
Música. Gustavo Bravetti
Vestuario. Cecilia Prigue
Elenco. Alvaro Armand Ugón, Angela
Alves, Lucía Sommer, Sofía Etcheverry
y Santiago Delucca
Sala. Teatro Librería MVD Bookstore.