H. A. T.
El nombre de Irving Thalberg es habitualmente ignorado por el público cinematográfico y por demasiados libros que cuentan la historia del cine. Sólo sale a la superficie si alguien menciona The Last Tycoon (El último magnate), novela inconclusa de F. Scott Fitzgerald, cuyo protagonista Monroe Stahr fue modelado sobre Thalberg. También puede ocurrir que la Academia dé su premio Thalberg a un productor destacado por alguna sabia organización.
Y esa fue justamente la virtud que destacó a Thalberg, según el reiterado testimonio de sus contemporáneos. "Con Irving a cargo, no hace falta que un director tenga talento", apuntó la libretista Anita Loos, que fue su frecuente colaboradora. El hombre podía leer un libreto, saber rápidamente lo que le faltaba o le sobraba, qué actores y actrices serían los más indicados. Y al mismo tiempo que exploraba los relatos (era un lector obsesivo) tenía la comprensión de las necesidades empresarias, con lo que de hecho era un puente entre dos sectores rivales.
Nacido en New York (1899) Thalberg entró al cine a los 21 años, como mano derecha de Carl Laemmle, el dueño de los estudios Universal, con lo que pronto fue llamado el "niño prodigio". Ganó su autoridad cuando en ausencia de Laemmle debió tomar el poder. Se enfrentó con Erich von Stroheim, que estaba gastando cifras delirantes en el rodaje de Foolish Wives, y lo obligó a recortar argumento y duración. Poco después, ahora como segundo hombre en la Metro Goldwyn Mayer, chocó otra vez con von Stroheim, que filmaba Greed (Avaricia, 1923) y ese recorte fue una carnicería histórica, reduciendo un plan de ocho horas a las dos y media con que finalmente se exhibió.
Ambos episodios condenaron a Thalberg, que había cometido la humillación de un artista, pero no debe olvidarse que las propuestas de Von Stroheim habrían obligado a exhibir esas películas con dos o más intervalos, algo imposible de aplicar en aquellas fechas. El claro error de Thalberg fue no conservar el material cortado para una futura reconstrucción.
Dos biografías de Thalberg (por Bob Thomas y por Gavin Lambert), que no se ahorran críticas donde corresponden, coinciden en definirlo como un supervisor talentoso. Cuando la Metro compró la pieza teatral Lullaby y quiso que con ella debutara en cine Helen Hayes, ya célebre en teatro, Thalberg tropezó con la protesta de Charlie MacArthur, escritor y marido de la actriz, que estaba disgustado por ese tremendo melodrama. La solución de Thalberg fue dar a MacArthur el trabajo de adaptación. Y cuando la película fue terminada y el resultado no era satisfactorio, Thalberg la retomó, eliminó algunas escenas y creó otras. Con el nuevo título El pecado de Madelon Claudet el resultado final fue un éxito de público y además un Oscar para Helen Hayes (1931-32), mientras a Thalberg se le adjudicaba la frase "las películas no son hechas sino rehechas". El hombre sabía gastar dinero para mejorar el producto, como lo hizo en 1925 cuando canceló el trabajo sobre Ben-Hur y sustituyó a George Walsh por Ramón Novarro, enviado de pronto a Italia con gastos pagos. Otras anécdotas muestran su iniciativa o sus correcciones para El gran desfile, para Melodía de Broadway (Oscar 1929), para el debut sonoro de Greta Garbo en Anna Christie o para lanzar un elenco estelar en Grand Hotel (Oscar 1932).
En 1933, tras un descanso de nueve meses en Europa, Thalberg volvió a MGM con un nuevo convenio. Ya no debía supervisar 50 películas por año y una legión de intérpretes y directores. Tendría su propia unidad de producción, sin depender de Mayer ni del gran patrón Nicholas Schenck en New York. En los tres años inmediatos debió cumplir con papeles destacados para su esposa Norma Shearer y fue el autor oculto de La familia Barrett, La viuda alegre, Motín a bordo y Una noche en la Opera, tremendo éxito para los hermanos Marx. En 1936 supervisó la enorme producción de Madre tierra (Sidney Franklin), Romeo y Julieta y Camille (ambas de George Cukor) más los primeros planes para María Antonieta (Van Dyke). Pero en setiembre 1936 su corazón falló. Fue una muerte anunciada desde mucho antes, porque Thalberg tenía un cuerpo débil pero insistía en un exceso de trabajo que muchos le reprochaban. En 1937 se estrenó Madre tierra, donde la Metro colocó una línea final de homenaje a Thalberg. Debió ser la primera vez que su nombre apareció en pantalla, porque su modestia le había llevado a razonar que si uno está en posición de dar o quitar créditos, no es razonable que se lo dé a sí mismo. También en 1937 la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood estableció el premio Thalberg de producción, que ese año recayó en Darryl F. Zanuck. Pero muchos críticos no se enteraron y siguen creyendo que los directores inventaban sus películas.