Gaucho en ladino

Jorge Abbondanza

Hasta ahora, el Martín Fierro de José Hernández había sido traducido a treinta y cuatro lenguas, demostrando la popularidad internacional del más famoso poema gauchesco. Pero hace un mes, a través de la editorial Milá, se agregó otra: la flamante versión en ladino, también llamado djudesmo, jaquetía, español sefaradí o judeo-español, que es el idioma hablado por la colectividad sefaradí desde su expulsión de España (un país llamado Sefarad por los judíos ibéricos) a fines del siglo XV, en cumplimiento de la orden brutal de Isabel y Fernando. Esa rama del judaísmo se instaló luego en tierras orientales del Imperio Otomano —los Balcanes, Grecia, Turquía, Palestina—mientras otra vertiente se establecía en lo que hoy es Marruecos y Argelia. El dialecto empleado por esta rama occidental de los sefaradíes pasaría justamente a llamarse haquitía o jaquetía. Vinculando los dos brazos mediterráneos del mundo sefaradí, el ladino acaba de resurgir en el interior de la Argentina como herramienta literaria, al volcarse sobre el poema que Hernández escribió entre 1872 y 1879, gracias al esmero del traductor y poeta mendocino Carlos Levy, en cuyos oídos "resuena todavía aquella manera de hablar de mis abuelos de Turquía".

Puede ser interesante saber que desde 1919 el Martín Fierro había sido traducido al inglés, francés, italiano, alemán, portugués, ruso, griego, polaco, árabe, chino, japonés, coreano, gallego, catalán, vasco, calabrés, idish, serbio, croata, húngaro, rumano, hebreo, checo, armenio, guaraní, quechua, esperanto, esloveno, hindú, lituano, sueco, eslovaco, ucraniano, sistema braille y ahora ladino o djudesmo, una lengua en que las dos estrofas iniciales del libro dicen así: "Akí me meto a kantar yo/al tanyer de la gitara/kualo al ombre ke lo apanya/un penserio ingrandesido/bilbiliko solitario/ kon el dizir se konsola./A los santos del syelo demando/ke ayuden mi pensada/vos arrogo en ezte momento/ke vo a kontar mi estorya/m’arefreshken la mimoria/i den lumbrera a mi entyendimiento".

En este caso, donde el pasaje de un texto al ladino se producía desde el español, la razón que asiste al traductor parece doblemente poderosa, porque se está hablando de dos caras de una misma raíz cultural e histórica, la que se entronca con la España medieval y con su triple identidad (cristiana, mora, judía), esa malla que fue definitivamente destrozada por los Reyes Católicos. Lo notable es que ahora esta traducción de Martín Fierro refleja también un tardío reencuentro cultural: el de inmigrantes sefaradíes todavía ladino-hablantes, con una sociedad de origen hispánico como la argentina, en la que esa oleada se afincó durante el siglo XIX y el XX debiendo vencer simplemente las distancias fonéticas o gramaticales —muy cortas, en cualquier caso— entre el ladino y el castellano. Ese reencuentro, que había demorado cuatrocientos años, se refleja ahora en un poema criollo donde el autor clama en su ayuda que "vengan santos mirakolozos", seguramente los mismos que han permitido esta reunión de dos lenguas que alguna vez fueron una sola.

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