Cuando lo llamaron nadie daba un cobre por él. A Roberto Lavagna lo trasformaron en el bombero que debía apagar el incendio de 2001-2002 en Argentina, alimentado furibundamente por piquetes, cacerolazos, monedas provinciales, default, riesgo de hiperinflación e instituciones financieras inexistentes.
Era un diplomático exitoso y respetado en la capital de la Unión Europea y de un día para el otro tuvo que ponerse al frente del Palacio de Hacienda argentino con el consiguiente aprendizaje del modus operandi con que el sistema político y en particular el peronismo se mueven del otro lado del río.
Con paciencia infinita comenzó a enfrentar cada uno de estos megaproblemas hasta que en el tiempo electoral se trasformó en el ícono de seriedad con que el hasta entonces casi desconocido Néstor Kirchner garantizaba la estabilidad económica de su inminente administración.
Acompañando la revalorización de los commodities proyectó la resurrección argentina a partir de su producción, generando la caja suficiente para ordenar en algo el cataclismo, con detracciones a las exportaciones terriblemente cuestionadas, pero que no impidieron los records en ingresos de capitales por la colocación de los productos en el exterior ni los crecimientos económicos de dos cifras.
Tanto resultado tuvo en sus planes que con las aguas más tranquilas no cayó en la tentación de volver a levantar los ingresos per cápita de la población con medidas artificiosas de anclar el tipo de cambio, sabiendo que la única forma de crecer con cierta sustentabilidad es seguir apostando a la producción empecinadamente: "Este Gobierno y el equipo económico consideramos simplista e incorrecto el concepto de que un dólar alto significa salarios bajos. Eso les preocupa a los que ganan en pesos y consumen en dólares en Miami o Punta del Este. No les pasa a la mayoría de los argentinos que ganamos y consumimos en moneda local", afirmó el pasado 10 de agosto.
Así mientras en nuestro querido paisito seguimos jugando a la mosqueta de no reconocer el atraso cambiario depredador que atravesamos y debatir en base a eufemismos sobre si somos o no somos competitivos o si lo que tenemos en una inflación en dólares, Lavagna declara y enseña en la vecina orilla: "Sería inaceptable la posibilidad de que un dólar se ubique entre $ 2,20 y $ 2,40. La idea de un dólar con esta cotización no corresponde a este modelo económico y es una condicionalidad inaceptable".
Por si esto fuera poco, a principio de mes rechazó las presiones del Fondo Monetario Internacional, respondiendo: "Los organismos internacionales recomiendan una revalorización del peso, lo hacen porque más bajo es más fácil pagarles a ellos".
El día que la historia recoja las vicisitudes de principios de siglo, colocará en un sitial de privilegio la visión, la solidez y la certeza de este hombre que valorando acertadamente el potencial de su país, lo sacó de su penumbra más oscura, aplicando la única receta probada que no es otra que darle rentabilidad a las ventajas competitivas, para que de esta forma se le incorpore el valor agregado que genere el empleo y la inversión que devuelva la paz social y haga más digna y más justa a la sociedad.
Esperemos que en Uruguay, que vamos camino a tropezar por quinta vez con la misma piedra de no tenerle más respeto al dólar, aprendamos algo de este Maestro, de otra forma estaremos condenados a seguir viviendo de crisis en crisis.