La creación de la Red Nacional de Educación Ambiental viene a llenar un vacío inexplicable en la sociedad uruguaya. Desde hace unos treinta años se viene elogiando y proponiendo diversas estrategias educativas, tendientes a generar una mayor conciencia y un fuerte compromiso con la protección ambiental. Los conceptos han madurado y sus alcances, variado. Lo cierto es que mucha agua ha corrido bajo el puente. Sin embargo, los resultados no han sido los esperados. Prueba de ello es que la mayoría de las propuestas que se escuchaban en los ochenta y noventa, mantienen vigencia. Por otra parte, la desconexión existente entre instituciones y organizaciones que trabajan, investigan e innovan en materia de educación a favor del ambiente, hasta ahora no ha logrado superar niveles preocupantes.
Ello supone superposición de esfuerzos, repetición de iniciativas, malgastar recursos humanos y materiales, desaprovechar la experiencia ajena por desconocimiento. Pero, por sobre todo ello, los magros resultados cosechados dejan en evidencia la inmadurez general de la sociedad en la materia. En ello tiene mucho que ver lo poco que han hecho las instituciones educativas en todos los niveles. Y cuando decimos poco, nos referimos a que los tiempos que corren demandan compromisos mucho más fuertes con la conservación, con la equidad, con el sentido común, con la valoración de una visión más amplia de la realidad y menos centrada en la economía. La red que se acaba de crear nuclea la columna vertebral de la educación uruguaya. Incluye a los ministerios de Educación y Cultura, y de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente; a la Universidad de la República y a la Administración Nacional de Educación Pública (Anep). Cuenta con la adhesión del Consejo de Rectores de Universidades Privadas, de la Asociación de Institutos de Educación Católica y de la Red Uruguaya de ONG Ambientalistas. Habrá que ver de qué forma se materializa el anuncio de que la educación ambiental integrará la currícula de los cursos, desde Primaria a la Universidad. En el pasado muchas veces se realizaron anuncios en la misma dirección.
Pero ahora, por primera vez, se habla de una iniciativa por consenso general de las principales instituciones educativas del país. Es un hecho sin precedentes que merece todo el apoyo que se le pueda brindar. Sin embargo, no será fácil alcanzar resultados significativos porque habrá que modificar estructuras muy rígidas, tanto institucionales como mentales. Cuando se anuncia que se incluirá en la currícula, es obvio que no se trata de una nueva asignatura a incluir, ni nada que se le parezca. Implica una formación de las personas para comprender la complejidad del mundo y de nuestro entorno. Como dice Enrique Leff, es una educación que persigue formar nuevas mentalidades y habilidades para interiorizar una dimensión ambiental y un nuevo saber dentro de la racionalidad, las actitudes, los comportamientos y los criterios de toma de decisiones.
Nos ayuda a relacionar los procesos naturales, físicos y biológicos, y los procesos económicos, sociales y culturales, como pilares del desarrollo sustentable. Su mayor desafío es fortalecer una ética de la vida y de la sustentabilidad, frente a la imposición de la racionalidad económica e instrumental de la modernidad. El buen funcionamiento de la Red demandará mucho trabajo y esfuerzo. Habrá que definir por consenso programas, estrategias, metodología, objetivos y metas.
Esperemos que su creación esté marcando un cambio real en "esas estructuras" a las que hacemos referencia, condición sine qua non para modificar el statu quo.