Gracias a las visitas a nuestra planta, muchos escolares conocen esas formidables máquinas denominadas "rotativas" que revolucionaron al periodismo y a la democracia en el siglo XIX. A quienes no las conocen les ayudará a su imaginación pensar en dos locomotoras montadas una arriba de la otra; ese es aproximadamente el tamaño de las dos mayores rotativas que tiene El País. Hay otras dos y varias impresoras planas, una de las cuales es casi única en América Latina, pero esa es otra historia.
Lo que importa ahora es que esas enormes rotativas no solo se parecen a locomotoras, sino que hacen tanto ruido y se sacuden tanto como ellas; de manera que no se las puede instalar si no es en edificios capaces de soportar esa vibración y absorber todos sus ruidos.
Y eso nos conduce al recuerdo emocionado y agradecido a don Carlos Scheck.
El País nació en la Ciudad Vieja, en Ciudadela y Rincón donde por los años 30 se apretujaban casi todos los grandes diarios uruguayos como ocurría en Londres con la calle Fleet Street. El lugar quedó chico y tampoco era adecuado para albergar una nueva rotativa capaz de editar 50.000 ejemplares por hora, que era la cantidad necesaria en aquél entonces, cuando los uruguayos nos dábamos el lujo de construir un Estadio Centenario para darnos el gusto de ganar el primer campeonato mundial de fútbol.
Había que mudar al diario y Don Carlos adquirió un magnífico predio en la Plaza Cagancha, convocó al mayor estudio arquitectónico de la época (De los Campos, Puente & Tournier) y mandó edificar anclado en el sólido granito de la cuchilla por la cual discurría Dieciocho de Julio, un edificio de línea moderna y apariencia etérea. Por dentro escondía la fortaleza del hormigón armado que recomendó fuera de la más sólida factura y con el revestimiento más adecuado para absorber el tronar del gigante. Se inauguró en 1938 y donde funcionaba esa rotativa, hoy está el Teatro del Centro, otro aporte de El País a la comunidad.
Los periodistas eran pocos, pero de la talla de Javier de Viana, "Paco" Espínola, Felisberto Hernández, Juan José Morosoli y muchos otros, casi todos contratados por don Carlos, quien también contó con la complicidad de Julio Suárez (Peloduro) para crear la primera tira cómica netamente uruguaya.
En un Uruguay pletórico de lectores, cultura y civismo, esa capacidad de tirada también resultó insuficiente en pocos años, como insuficiente resultó la cantidad de periodistas para producir ideas. Uruguay estaba en su apogeo; terminaba de ganar el Mundial del 50 y el periodismo era tan sólido que don Carlos Scheck pudo costear sin crédito y a puro contado, el edificio que nuevamente De los Campos, Puente & Tournier se encargó de construir en la calle Cuareim, hoy denominada Zelmar Michelini
Esta vez fue una magnífica Headliner tipográfica con dos bocas de salida y una formidable dobladora que aún funciona, capaz de producir 72.000 ejemplares por hora. Hubo que agregar exigencias para que en el segundo piso pudieran instalarse 25 linotipos de una tonelada cada una y un ascensor capaz de transportarlas a ellas y a las grandes bobinas de papel, casi siempre finlandés de la mejor calidad.
Las modernas rotativas offset son mucho más silenciosas y las linotipos con crisoles de plomo fueron sustituidas por sofisticadas y livianísimas computadoras. Pero el edificio que soñó don Carlos sigue siendo capaz de albergar el griterío que en todo Uruguay produjo el gol de Ghiggia sin que en la vereda se escuche más que un suave rumor; a menos que pase un ciclomotor, en cuyo caso no se oye nada.
Por ese edificio transitó (y transita) lo más granado de varias generaciones de uruguayos, en su carácter de periodistas (del lustre de Emir Rodríguez Monegal, Hermenegildo Sábat u Horacio Ferrer, para dar una muestra) o en su carácter de personalidades de cualquier área de actividad deseosos de dar a conocer sus opiniones, puntos de vista, credos o reclamos.
Milagros de la arquitectura y de las previsiones de don Carlos, uno de los cuatro hombres que pensaron y crearon nuestro diario. De ellos queda la admiración y el recuerdo; pero su obra física e intelectual continúa pletórica de juventud.