Dúos magistrales

Hugo García Robles

En la historia de la música ha sucedido más de una vez que artistas contemporáneos estrictos, reconocidos como maestros en el mismo instrumento y colegas en el arte de la composición, han vivido sin conocerse ni encontrarse nunca.

Quizá no haya un mejor ejemplo que Juan Sebastián Bach y Jorge Federico Haendel, nacidos en el mismo año de 1685, virtuosos ambos del órgano y que nunca pudieron estrecharse la mano. Cuando Bach viaja a Halle ciudad natal de Haendel, hacia 1710, para probar un gran órgano recientemente adquirido, el autor de El Mesías estaba terminando su beneficiosa estadía en Italia. Dejaba Venecia en camino de su destino londinense, previa estación en Hannover, cuyo señor sería precisamente rey de Inglaterra.

Durante el período romántico, el salón permitía la coexistencia de virtuosos y compositores de la talla de Chopin y Liszt. Pero se hace difícil imaginar personalidades tan abrumadoramente protagónicas, de un individualismo que era el espíritu de la época, entregadas a un ejercicio musical compartido. Berlioz escucha a Liszt arruinar el "Adagio sostenuto" de la Sonata Claro de luna de Beethoven, sumergiéndolo en arpegios de su cosecha. En otra ocasión, a instancias del propio Berlioz, con los candelabros apagados y en un clima propicio, se reivindica con una interpretación pura y respetuosa de la noble melodía lineal. En ninguno de las dos ocasiones a Berlioz llega a ocurrírsele sentarse junto al maestro húngaro, para abordar el teclado a cuatro manos.

En tiempos recientes la confluencia de talentos se hizo posible. En 1905 se fundó el trío Cortot, Casals y Thibaud, que reunía a tres grandes del arte interpretativo de cámara en piano, violín y violonchelo. Brendel y Fischer Dieskau, más cercanos en el tiempo, han servido con pasión, en un dúo de talentos excepcionales, los lieder de Schubert.

En cambio en el dominio de la música popular es más fácil encontrar la confluencia de talentos. En el área del jazz, las pequeñas agrupaciones, quintetos o septetos de la década del 20, podían reunir a la trompeta de Armstrong y el piano de Earl Hines, en versiones memorables que felizmente el disco ha conservado. O a King Oliver y a Armstrong como primera y segunda trompeta. Lo mismo ha sucedido con las estrellas del canto popular. Así Al Jolson grabó con Bing Crosby y la estupenda Ella Fitzgerald lo hizo con Armstrong. Parecería que en esta área los artistas populares se adelantaron a las actuaciones de los famosos tenores en conciertos masivos y no carentes de cierto aire circense de tiempos muy cercanos.

En las riberas del Río de la Plata las viejas placas de pronto permiten verificar que se escuchan juntos Elvino Vardaro, primer violín de la historia del tango con un Aníbal Troilo veinteañero, aunque sea solamente en la escasísima (una sola placa) discografía del memorable sexteto del violinista. Sexteto que por cierto sonó en el palco del Tupí Nambá en 1937.

En un CD que declara como título 20 éxitos de Piazzolla (sello BMG, 1995) se oyen dos tangos: Volver de Gardel y Lepera y El motivo de Cobián en dúo de bandoneones que son Troilo y Piazzolla. El disco no indica fecha ni las circunstancias que originaron ese dúo admirable. En Volver es muy clara la división de tareas. La voz superior está en el fuelle de Troilo mientras que la armonía, las imitaciones y contrapuntos corren por cuenta del registro grave de Piazzolla. En los compases finales, mientras Troilo sostiene una interminable nota, la cadencia conclusiva es una serie de acordes que deja oír Piazzolla, con una resolución que sugiere a Bach y el órgano. Por su parte, El motivo, mucho más animado y con reiterado empleo de la síncopa muestra la impronta de Piazzolla de manera transparente.

La audición de este dúo de intérpretes excepcionales, torna difícil no pensar que en cierto modo ese milagro que sucedió sin que nos cuenten cómo ni donde, es equivalente en el plano popular al frustrado encuentro de Bach y Haendel, sentados en sendas tribunas de órganos barrocos.

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