EL acceso de las masas al poder —que teóricamente definiría a la democracia como sistema político— configura un notable progreso en la evolución de la humanidad. No pueden caber dudas al respecto, sobre todo porque esa condición está íntimamente asociada al respeto a los individuos, a sus libertades y derechos. Pero la democracia no es perfecta sino perfectible, por lo que conviene tener en cuenta algunos aspectos de la misma que forman parte de lo que hay que corregir en ella o, al menos, evitar un desarrollo excesivo, porque puede conducir al deterioro esencial de lo que consideramos un bien supremo: la democracia liberal.
Queremos referirnos, pues, al riesgoso defecto que se manifiesta en los regímenes democráticos consistente en que, sobre cualquier tema, todos pueden opinar y hasta se creen competentes para hacerlo. Pretenden que, por el hecho de tener derechos reconocidos, la manera de ejercerlos es manifestándose públicamente sobre los temas en cuestión, presionando para que se adopte su criterio. Esta es la razón por la que Carlos A. Montaner inventó un mordaz neologismo —"todología"—, o sea "la facultad de hablar de todo sin pudor y sin limitaciones".
EL concepto no es nuevo. Ya la antigua sabiduría helénica lo expresaba con la anécdota atribuida al pintor Apeles. En efecto, cuando el artista daba los toques finales a una de sus obras, un rústico zapatero le hizo notar que las sandalias no estaban bien hechas. Respetuoso de los conocimientos específicos de su corrector, el artista las modificó en el sentido que aquél le indicaba.
Pero ocurrió que el zapatero no se limitó a criticar las sandalias sino que continuó haciendo observaciones sobre otros aspectos de la pintura. Fue entonces que Apeles lo interrumpió con una frase que se inmortalizó: "zapatero, ¡a tus zapatos!"
Así, más de 2.300 años atrás, ya se entendía que cada uno debía ocuparse de lo que realmente dominaba. Hoy, en cambio, impera la "todología", todos somos "todólogos". Lo es el estudiante que cree que debe ser consultado sobre los programas educativos que recibe y sobre los proyectos para reformarlos. Incluso, se permite hacer paros y huelgas para que prevalezca su opinión sobre ellos.
LO es, también, el obrero sindicalizado que sigue ciegamente a sus dirigentes. Ni uno ni otros, razonablemente, están calificados para tomar posición en materia financiera o macroeconómica ni para adoptar decisiones en áreas que no sean las de su oficio o actividad. Es verdad que dichos sindicatos cuentan con asesores jurídicos y económicos pero es de recibo que la función de éstos es la de ceñirse a la legítima defensa de los intereses de la corporación que integran. Todo intento sindical de ir más allá de esos límites —lo cual es harto frecuente— adolece del vicio que resulta de incursionar en temas de naturaleza política que no le corresponde gremialmente sino sólo como ciudadanos y a título personal.
Igualmente, la "todología" está presente —y en una escala enfermiza— entre los intelectuales. Parecen creer que, por el hecho de destacarse en literatura, artes plásticas, música, investigación científica, teatro, medios de comunicación o en cualquier actividad relevante, se adquiere una especial capacidad para influir el destino político de una sociedad. La fórmula "intelectual y de izquierda" confiere patente de inteligente y su voz se considera tan infalible como si procediera del Sinaí.
PODRIAMOS seguir enumerando ejemplos, algunos más distorsionantes que otros: el del actor o del cantante o de la vedette que gozan de gran popularidad pero que se obnubilan y tienden a pensar que el rating es sinónimo de capacidad para conducir un país o para legislar. Los casos de Reagan y de Schwarzenegger parecen ser las excepciones a una regla.
La objeción a todo lo expuesto surge fácilmente: ¿en qué sector social se reclutarán los políticos?, ya que no hay ninguna universidad o centro de altos estudios que confiera un título habilitante. Entonces, ¿nos inclinaremos en favor de un déspota ilustrado o iluminado o de una aristocracia que supuestamente herede las virtudes de sus antepasados? La experiencia histórica responde negativamente a estas interrogantes. La democracia sigue siendo el menor de los males posibles.
PORQUE es en sus Parlamentos donde pueden dirimirse las contiendas ideológicas, enfrentarse las posiciones divergentes, poner en evidencia virtudes y defectos, de conocedores e improvisados, estadistas y charlatanes. En la diversidad de sus componentes radica la mejor garantía de que siempre habrá expertos en los más variados temas, que éstos serán estudiados en las respectivas comisiones y que, luego, se someterán al plenario sus conclusiones y propuestas, que serán debatidas y aprobadas o no.
La llamada democracia participativa —por su carácter extraparlamentario— es uno de los mayores agentes socavadores tanto de la democracia como del Parlamento porque abre el camino a quienes opinan, o son manejados para opinar de determinada manera, sin tener credenciales válidas para hacerlo. Es el reino de los "todólogos".
¿A quién defienden?
El Pit-Cnt reclama al gobierno que el proyecto de fuero sindical sea aprobado sin modificaciones. Es sabido que dicha iniciativa tiene fallas tan grandes que hasta senadores oficialistas se han pronunciado en el sentido de que debe ser modificada. Tal temperamento es liderado nada menos que por el ministro de Economía, Danilo Astori. Pero los líderes sindicales insisten.
Claro que son los mismos que impulsan ocupación tras ocupación, al amparo de la decisión oficial de no intervenir para hacer cesar las mismas.
Cabe preguntarse qué intereses defiende el sindicalismo uruguayo. Porque si bien en apariencia su posición es de respaldo a los trabajadores, la realidad no es tan así. Pues, ¿quién va a querer invertir en un país donde vamos hacia la inamovilidad laboral? ¿Quién va a arriesgarse a tomar empleados?