Jorge abbondanza
El actor Christopher Walken acaba de filmar una comedia satírica, Wedding Crashers, sobre dos muchachos que se cuelan en fiestas de casamiento para conquistar mujeres. En una de esas celebraciones se topan con el ministro del Tesoro (Walken), un anfitrión que casualmente es el padre de la novia pero también de otras dos jóvenes que pueden ser útiles a esos colados. Después pasan cosas menos acarameladas, mientras los intrusos intentan fraternizar con el dueño de casa. En cualquier caso, la presencia de Walken en un papel de padre bonachón no es lo habitual en su carrera, donde abundan los personajes sombríos, tortuosos o malévolos. Ese destino profesional no parece el más justo para un hombre como Walken, cuya sensibilidad es bastante insólita en el cine comercial de hoy, pero así sucede con los talentos que no han llegado a convertirse en estrellas y por lo tanto no disponen de la posibilidad de elegir los trabajos que quieren hacer, rechazando todo el resto. Según parece, Walken es famoso en Hollywood por aceptar absolutamente todo lo que le ofrecen. De algo hay que vivir.
Hace veintisiete años, el actor adquirió su notoriedad de golpe. Fue gracias al personaje de soldado que termina pegándose un tiro, una figura magnética que aludía al regreso sin gloria desde Vietnam y que brillaba en medio del gran elenco de El francotirador (1978) de Michael Cimino, donde compartía el cartel con colegas como Robert de Niro y Meryl Streep. Por esa labor Walken obtuvo un Oscar como actor de reparto y "por culpa de ese personaje me dieron después tantos papeles de perturbado". Su físico ha ayudado un poco: este hombre huesudo y alto, con mirada entornada bajo sus altos párpados, no tiene la estampa de un galán ni la de un héroe. En todo caso proyecta la imagen de un individuo extraño, distante, quizá conflictuado, que en rueda de prensa —convocada en Beverly Hills para promocionar Wedding Crashers— responde a las preguntas con monosílabos o deriva hacia reflexiones personales teñidas de un buen humor tan misterioso como él mismo.
Los espectadores han desestimado un poco la presencia cinematográfica de Walken, que a estas alturas se identifica con apariciones episódicas o laterales en papeles a menudo indignos de su capacidad. Esas viñetas pueden ubicarse en una amplia variedad de géneros, desde la serie James Bond hasta folletines policíacos o comedias parodiales, un desperdicio en medio del cual de vez en cuando consigue un compromiso a la altura de su temperamento, como ocurrió con el hampón que retrataba sombríamente en El funeral de Abel Ferrara, que por otros conceptos era una película de formidable intensidad.
Pero Walken no se queja de su destino artístico. Nacido hace 62 años y criado en el barrio neoyorquino de Queens, debutó a los 10 años en papelitos infantiles de televisión y en la adolescencia ya apareció en Broadway, pasando velozmente de las filas del coro a desempeños protagónicos a lo largo de las dos décadas que precedieron a su ingreso al cine.
Como él mismo lo recuerda en su charla de prensa, hizo en Dos extraños amantes (1977) de Woody Allen el papel del hermano suicida de Diane Keaton, un rastro que mucha gente habrá perdido y que antecedió inmediatamente a su trabajo decisivo en El francotirador. Ahora Walken puede contabilizar más de noventa películas en su foja, a lo largo de altibajos que cubren desde su estupendo rendimiento como protagonista de Zona muerta (1983) de David Cronenberg, componiendo a un hombre que lucha por recuperar su movilidad después de un estado de coma, hasta el papel de padre de Leonardo Di Caprio en Agárrame si puedes (2002) de Steven Spielberg, pasando por otra aparición breve en Tiempos violentos (1994) de Quentin Tarantino. Sería difícil inventariar la enorme variedad de cosas que Walken debió hacer para mantener su famoso hábito de no rechazar ninguna oferta laboral, pero en todo caso esa caudalosa y mezclada carrera es otro ejemplo de cómo ciertos talentos han debido transar con Hollywood a cambio de salarios cien veces más chicos que la millonaria retribución de las mayores luminarias. Así es la vida.