La rebelión de los clones

| critica | guillermo zapiola LA ISLA The Island Director. Michael Bay. Libreto. Caspian Tredwell-Owen, Alex Kurtzman, Roberto Orci, sobre historia del primero. Fotografía. Mario Fiore. Música. Steve Jablonsky. Montaje. Paul Rubell, Christian Wagner. Productores. Walter Parkes, Michael Bay, Ian Bryce. Elenco. Ewan McGregor, Scarlett Johansson, Djimon Honsou, Sean Bean, Michael Clarke Duncan, Steve Buscemi. l Estados Unidos 2005.

Al comienzo todo resulta engañosamente tranquilo y ordenado, y también un tanto frío e inhumano. En un entorno rigurosamente controlado, con personajes uniformados con vestimentas blancas, movimientos vigilados por cámaras de televisión de circuito cerrado, un sistema numérico para clasificar a la gente, una educación masiva pero elemental y que no despierta inquietudes, e incluso la eliminación de toda referencia al sexo y los sentimientos, lo que se supone sean los restos de una humanidad que ha sobrevivido a una catástrofe mundial vive una existencia llevadera y sin carencias físicas (la alimentación parece abundante y balanceada, por ejemplo) pero ausente de todo incentivo, de toda real preocupación cultural o espiritual. Como ya lo ha dicho antes, se trata de la pulcritud del "shopping center", donde hay mucho para consumir y poco o nada para vivir realmente.

Como en los "shopping centers" hay, empero, premios. En realidad, un premio: cada tanto se realiza un sorteo cuyo ganador es presuntamente trasladado a La Isla del título, según se informa el único lugar de la tierra no contaminado, un paraíso que solamente puede ser habitado por unos pocos privilegiados. Por supuesto, todo ese es demasiado bueno para ser verdad.

Oscar Wilde bromeó alguna vez que, afortunadamente, la educación pública británica era lo suficientemente mala como para no dañar las mentes de los alumnos. Lo mismo ocurre con la elemental enseñanza que se imparte a los personajes del film. Pese a ella surge el peligro: un individuo (Ewan McGregor, quien no en vano ha sido el joven Obi Wan Kenobi en las últimas Star Wars) que empieza a pensar, llega a la conclusión de que hay cosas que no cierran en la "historia oficial", y quiere saber más. Actividad peligrosa, como se sabe.

Una nota periodística no debe extenderse en demasiados detalles acerca de una historia que consiste, básicamente, en el planteo y el esclarecimiento de su premisa básica, pero algunos datos generales pueden adelantarse (de hecho, son adelantados por la propia sinopsis del film): la Isla no existe, el lugar donde los personajes se encuentran encerrados tiene algo que ver con un experimento de clonación, y descubrir lo que ocurre puede colocar al audaz en peligro de muerte. A partir de ahí se desencadena el vertiginoso relato de acción que constituye la segunda mitad del film.

Por supuesto, el film es vino viejo en odres nuevos. La clonación está de moda, y resulta un mecanismo tan práctico para armar en su torno una historia de ciencia ficción como lo eran en los años cincuenta los extraterrestres peligrosos (que como se sabe solían ser comunistas) o la energía atómica (que producía entre otras molestias cosas como hormigas, arañas, escorpiones y langostas gigantes). El punto de partida de La isla es el género antiutópico del tipo de Un mundo feliz de Huxley o 1984 de Orwell, o sus equivalente cinematográficos Metrópolis de Lang, Cuando el destino nos alcance de Richard Fleischer o Blade Runner de Ridley Scott. Incluso hay que reconocerles al director Bay y su equipo que durante una larga zona inicial de su film logran crear un universo visualmente inquietante, con un predominio de blancos muy impersonales en el decorado y el vestuario, imágenes en los monitores que parecen un comercial de Calvin Klein, y no menos impersonales voces que felicitan a los ganadores de la lotería a través del sistema de audio del lugar.

Luego la película se convierte en una película de Michael Bay (La roca, Armageddon, Pearl Harbor). Puede empezar planteando algunas interrogantes de tipo filosófico, pero tiene que terminar de manera ruidosa: el director tiene toda una filmografía a sus espaldas para demostrar que, a su juicio, la forma de resolver los problemas es que los vehículos se persigan o choquen y las cosas exploten. A esas alturas Orwell, Huxley o quien sea han quedado lejos, y el resultado funciona como un movido y vistoso pasatiempo de matinée.

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