Tranquilos, que lo votan

El asunto de la ratificación del Tratado de Inversiones con Estados Unidos sigue generándole dificultades al gobierno y dando que hablar.

Por una lado nos encontramos con que la vieja guardia, la "vieja izquierda", como la llaman ahora los sectores progresistas, se sigue resistiendo a la ratificación del Tratado. El señor presidente de la República ha intentado, por su parte, tirar la pelota hacia delante esperando el parecer de nuestros socios mercosurianos y la opinión del Parlamento.

Para la vieja guardia de la izquierda, la cuestión está complicada: acompañar la iniciativa con su firma desde el Ejecutivo significará desandar un camino que han transitado por décadas. Los argumentos para negarse a la iniciativa son por demás endebles. Se habla de afectación de nuestra soberanía, de eventuales dificultades con nuestros vecinos y con otras naciones americanas, aunque todos sabemos que del concierto latinoamericano su atención se centra en lo que pueda opinar la más antigua dictadura del continente. Son muchos años de denunciar conjuras y maquinaciones que ahora deberían desmentir, aunque, seguramente, conformaría una postura más digna defender hasta el final sus convicciones aunque dicha postura significase tener que renunciar a sus cargos en el gobierno o dividir los votos en el Parlamento.

Por otra parte, la "nueva izquierda" no ha dejado de expresar su conformidad e incluso alegría por el proyecto. En realidad, su postura es coherente con el viraje que desde hace ya unos años han emprendido abjurando de las viejas banderas. Todavía recordamos cuando, sintomáticamente y para sorpresa de todos, el anuncio de que el ministro de Economía del Encuentro Progresista sería el contador Astori tuvo como escenario la ciudad de Washington y más precisamente uno de los organismos internacionales más cuestionados por la izquierda. Y, sintomáticamente también, fueron objeto de especial celebración la suscripción de los acuerdos alcanzados con el Fondo Monetario Internacional en Montevideo.

Mientras sigue el debate, el señor ministro de Relaciones Exteriores va quedando paulatinamente cada vez más solitario en sus convicciones. Con gran pragmatismo la mayoría de los sectores han desacreditado sus originales planteamientos y aguardan la ocasión para votar el Tratado salvando su honor.

Ultimamente un nuevo actor dedujo tercería en la cuestión.

Nada mas ni nada menos que el señor presidente de la República Bolivariana de Venezuela quien, en otra demostración de incontinencia verbal y de injerencia en los asuntos de nuestro país, terció a favor de la firma del Tratado; resaltando sus bondades y beneficios, de lo cual puede él muy bien prestar testimonio autorizado, ya que en inusual muestra de "tolerancia y pragmatismo" no deja de hacer pingües negocios con su archienemigo.

Notoriamente va inclinándose la balanza hacia un futuro acuerdo con EE.UU, pero, por cierto, llegamos a él al ritmo ya tradicional de las cosas hechas "a la uruguaya".

No somos, por supuesto, tan ingenuos como para suponer que la ratificación actuará mágicamente para que los inversores norteamericanos hagan cola para radicarse en Uruguay, mas, si sirviera para que uno sólo lo hiciera su firma ya estaría justificada. Perder una buena oportunidad para cuestiones de política menor sería imperdonable.

Así las cosas y de acuerdo a como se vienen desarrollando los acontecimientos tenemos la convicción de que el Frente Amplio terminará por prestar su conformidad al acuerdo. Así que lo del título: tranquilos, que lo van a votar.

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