Llegan muy tarde

El martes pasado, El País tituló así su primera plana: "Vázquez cierra el tema militar y pasa a Justicia". Y agregaba: "Informe militar confirma enterramientos en Batallón 14" y "El Presidente llamó a cicatrizar las heridas".

Pero su llamado cayó "en saco vacío", según dijera en la Asamblea General un diputado de su coalición, allá por 1986. En efecto, nuestro titular del jueves 11 fue: "Informe militar no conforma a familiares: piden más". Con este añadido: "Ahora exigen más información sobre vuelos de la Fuerza Aérea desde Argentina y acusan a las FF.AA. de ocultar datos".

La cosa no paró ahí: "Familiares irán a Justicia si Vázquez no avanza más", titulamos el viernes. Y también leímos: "Desaparecidos/ Reclamos complican salida prevista por el gobierno en medio de presión por excavaciones". A esta altura, tengo la impresión de que el presidente se metió en un berenjenal del que le va a costar salir bien parado. Sobre todo, si algunos restos humanos —sean de quien sean— no aparecen. En cuyo caso, habrá derecho a pensar que algunos informantes les tomaron el pelo a Vázquez y al Comandante en Jefe. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.

Estos, ante la escalada de reclamos de los referidos familiares y de sus allegados, confirman lo que muchos pensamos, desde hace años, respecto de estas indagaciones del horrendo pasado, en pos de conocer hechos por todos supuestos y de señalar responsabilidades y responsables. Que iba a ser un cuento de nunca acabar, en que cada hecho esclarecido iba a pretextar el esclarecimiento de otros hechos y en que cada exigencia satisfecha iba a ser la antesala de nuevas exigencias. Y, así, "ad infinitam".

En eso estamos, desde que Jorge Batlle creó la Comisión para la Paz, idea tan noble como ingenua. Y en eso seguimos, desde que el Dr. Vázquez quiso doblarle la apuesta a su antecesor, el 1º de marzo. Algunos creen —y entre ellos hay gente no frentista— que estos hechos son positivos y constituyen un logro del gobierno. Otros se sorprenden (¿o se hacen los sorprendidos?) al difundirse crímenes, prácticas y detalles tenebrosos. Cabe preguntarles, salvo a los muy jóvenes: ¿pero ustedes, en qué país vivían en aquellos tiempos? ¿Nunca se enteraron de nada de lo que entonces pasaba? ¿O es que de tanto vivir —a lo Talleyrand en la Francia revolucionaria y a lo Vázquez en el Uruguay de la tiranía—, nada supieron y de nada se enteraron?

Comprendo que haya un estremecimiento de la conciencia por parte de quienes nada hicieron para abreviar aquellos años de horror. Quienes sí lo hicimos, con los riesgos y las heridas, consiguientes —"visitar" el Batallón 13, llamado entonces "el infierno", por ejemplo— no nos sorprendemos. Es la confirmación de una vieja y conocida historia, de la que en parte fuimos protagonistas. Lo sorprendente, respecto de los sorprendidos, no es que no fueron protagonistas sino que, al parecer, ni siquiera fueron espectadores.

Su indignación pretendidamente retroactiva y, por ello, inútil, es el reflejo de su conciencia intranquila por su inacción durante la era dictatorial, cuando actuar contra ésta era muy riesgoso sí, pero era también un imperativo ético y cívico.

Quienes lo incumplieron, llegan lamentablemente tarde, muy tarde, a reclamar una justicia extemporánea que, a esta altura, exhibe el feo rostro de la venganza. Con el agravante de que algunos de estos justicieros vociferantes ni siquiera tienen cicatrices que vengar.

El Comandante de la Fuerza Aérea ha tenido el coraje de decir "¡Nunca más!" Y recogió el eco de Mujica, el más lúcido del otro bando culpable de espantosos excesos, tan violadores de los derechos humanos como los perpetrados por los militares golpistas

Es un buen gesto, pero no basta con ese "nunca más", que llega cuando no hay riesgo de bises. Unos y otros, igualmente culpables de la tragedia vivida y sufrida, debieran reconocer sus gravísimos errores y pedir perdón, con humildad, a toda la sociedad uruguaya. Mientras no lo hagan, difícil es que ésta, a su vez, los perdone.

Claro que, para ello, hay que despojarse de toda soberbia y tener grandeza espiritual. A la Iglesia Católica le costó siglos lograrlo y expresarlo, con la voz de Juan Pablo II.

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