Si en algo deberíamos coincidir por unanimidad los uruguayos es la idea del Plan de Emergencia. No importa tanto cual es el índice de pobreza del país, si es más alto o más bajo que en otras partes de la región, sino que nadie puede negar la evidencia que la situación de pobreza es real y que el Estado, pudiendo hacerlo, cumple con un deber social con el aporte de algo que sirva para mitigar las carencias de los necesitados. Es evidente que esta plausible intención cuando se puso en práctica se encontró con dificultades provenientes de la improvisación, de la falta de organización, de un Ministerio que si bien no se constituyó formalmente hasta el primero de marzo, tuvo antes tiempo de sobra para organizarse y hacer las cosas mucho mejor de lo que las hizo y de lo que las está haciendo.
Recientemente trascendió un aspecto del Plan que no había sido bien publicitado y que merece destacarse como signo de encomio, y es que no se trata de un emprendimiento de puro asistencialismo, sino que aquellas personas beneficiarias de la ayuda, devolverán a la sociedad el esfuerzo que a través del Estado se hizo por ellas, con trabajos comunitarios, en las Intendencias, en la refacción de locales de estudiantes, en tareas en donde se necesite mano de obra para construir y para mejorar las propiedades públicas que necesitan atención y reparación. Ello, sin perjuicio de las otras obligaciones asumidas, como la de brindar atención escolar a los menores de las familias que perciban la prestación.
Esto hace más loable aún este emprendimiento en la medida que dignifica la condición de aquellos que están viviendo por debajo del promedio de exigencias mínimas para cubrir sus necesidades básicas. En su conjunto y con los ajustes que habrá que poner en práctica, esta es una idea que merece el apoyo de todos. Se ha dicho que era el buque insignia del gobierno, pero el gobierno debe saber que cuenta con el respaldo de todos para poner en práctica su empeño.
Llegue pues nuestra voz de aliento a lo que no es meramente una obra de beneficencia. La ayuda con la contrapartida del trabajo es mucho más que ayuda. Es dignificar al ser humano.