Jorge Savia
Elías Ricardo Figueroa fue un grande. Por su señorío, tanto adentro como afuera de la cancha, se constituyó en un verdadero embajador: de su país; de los clubes por los que pasó, sobre todo en Peñarol e Internacional de Porto Alegre, donde dejó marcas de su trayectoria en ambos; y, por haber sido elegido por la mismísima FIFA como el mejor jugador del mundo dos veces y el mejor de América en tres oportunidades, también de todo el fútbol sudamericano.
Fue un zaguero excepcional. Dotado de una técnica y una presencia física que, ya fuera para marcar con precisión, como para salir jugando con un refinado manejo que le hacía tener un total dominio de las circunstancias, por momentos resultaban impactantes. Deslumbrantes.
Daba gusto verlo jugar. Poseía una técnica similar a la de Jorge Manicera. Desbordaba por una exhuberancia física parecida a la de William Martínez. Y hacía gala de una estampa dominante, como las fotos amarillentas sugieren que tenía el exultante "Mariscal" Nasazzi.
Aún habiendo alcanzado a salir campeón y haber sido considerado el mejor jugador del fútbol uruguayo por dos años consecutivos, y pese a caracterizarse por un casi infalible manejo del tiempo y la distancia, a aquella aparición fulgurante del 67 y el 68 le siguieron temporadas de decadencia del glorioso Peñarol de los 60 y de hegemonía local y continental del tradicional adversario. Fue, si acaso, la única vez que "Don Elías" llegó tarde: a la gran historia de Peñarol; ahí viene atrás de William Martínez y el paraguayo Juan Vicente Lezcano.