Escribe: dr. CARLOS MAGGI
El teléfono de mi oficina en la Corte Constitucional sonó y una voz dijo:
—"Dr. Sachs, hay alguien que dice llamarse Henry; dice tener una cita con usted. ¿Lo hacemos pasar?" Dije que sí y fui a la puerta de seguridad que separa las oficinas de los jueces de la parte pública, con cierta excitación. Henry me había llamado la semana anterior, para decirme que él era el operador militar que había organizado la colocación de la bomba en mi auto. Henry iba a testimoniar en la "Comisión de Verdad y Conciliación" y quería saber si yo estaba dispuesto a recibirlo; y yo acepté.
Abrí la puerta y vi a un hombre algo más joven que yo, también delgado, que me miraba fijamente, como yo lo miraba.
Pensé:
—"Así que este es el hombre que trató de matarme y ahora lo veo como pensando: Así que este es el hombre que traté de matar".
Caminamos por el corredor hacia mi oficina y él daba largos pasos de soldado y yo decidí enlentecerlo, usando la caminata lenta de un juez ambulando por los corredores.
Nos sentamos y hablamos, hablamos y hablamos.
Hubo una rara fascinación durante la cual me contó mucho sobre su vida; que había hecho la Universidad y que luego fue reclutado por el Ejército; y que le habían encargado "operaciones especiales".
Me dijo que había organizado la operación de la bomba para mi auto, pero que al final la habían pospuesto y que él había sido enviado a otro sitio y que se había enterado por los diarios de la explosión en la cual yo perdí un brazo.
Conversamos un par de horas y yo tenía que seguir con mi trabajo. Recuerdo que él estaba cada vez más impaciente, como enojado; pretendía que le tuviera lástima. Ahora, Henry era un pobre soldado sin destino y yo era un juez importante, en esa oficina lujosa, con preciosos cuadros en las paredes. Se creó una situación bastante tensa.
Me paré y le dije:
—Henry, en general cuando me despido de alguien, le doy la mano. No puedo hacerlo contigo. Pero habla con la Comisión de la Verdad, diles todo lo que sabes, haz algo por Sudáfrica y... quien sabe..., tal vez algún día nos encontraremos de nuevo.
Mientras caminábamos por el corredor, esta segunda vez el paso de Henry no parecía tan decidido; era una persona vencida, en retirada. Abrió la puerta y salió. Y no nos dijimos nada.
COMISION DE LA VERDAD. La iniciativa empezó con una paradoja, cuando el Congreso Nacional Africano (CNA), que había liderado la lucha de liberación contra el Apartheid, tuvo una reunión tormentosa en su Comité Nacional, seis meses antes de las primeras elecciones democráticas.
El tema tratado era el estudio de varios expertos que habían sido contratados por el Congreso para investigar las violaciones de los derechos humanos cometidos por los representantes del propio Congreso Nacional Africano en la persona de varios agentes de Pretoria, que habían intentado infiltrarse para destruir nuestra organización.
La Comisión de expertos informó sin lugar a dudas que en el campo del CNA (de Angola) los capturados por nuestra gente, habían padecido violación a sus derechos. Habían sido tratados en modo incompatible con los valores del CNA y de los estándares internacionales que rigen el tratamiento de los prisioneros; habían sido torturados.
Ahora la pregunta era: ¿Qué hace el Movimiento de Liberación cuando sus propios miembros han violado normas y principios en estas circunstancias?
Algunos de nosotros, con experiencia jurídica, dijimos: Es muy simple; pedimos la investigación y la propia investigación nos lleva a tomar las resoluciones que corresponde. Por consiguiente, vamos hasta el final, cueste lo que cueste.
Pero no era tan sencillo. Otros dijeron: No. Las condiciones eran horribles en Angola, éramos bombardeados y atacados. Los nuestros eran jóvenes sin experiencia ni adiestramiento y estaban superados. No sabían qué hacer. Los prisioneros eran infiltrados, espías mandados para destruir nuestros mandos. No sería justo despreciar los presupuestos de hecho y penar a nuestros muchachos.
Recuerdo al actual Ministro de Arte y Cultura, uno de nuestros intelectuales que más admiro; se paró y dijo:
—"Camaradas, he aprendido algo muy interesante hoy. Existe la tortura aplicada por el régimen, que es mala; y existe la tortura aplicada por el Movimiento de Liberación, que es buena. Gracias por hacerme comprender esta nueva verdad." Y se sentó.
No era una cuestión que pudiera resolverse por votación, alzando la mano. Era una cuestión profundamente moral metida en el seno mismo de nuestra organización. No se podía decidir, así como así, mecánicamente, por mayoría y minoría.
Entonces un desconocido se puso de pie y dijo:
—"¿Que diría mi madre... o tu madre?"
Y sucedió que en medio de tanta discusión, se produjo un silencio. ¿Los intelectuales, los que habíamos estudiado mucha teoría, al final terminaríamos preguntándonos en conciencia: ¿Qué diría mi madre?"
¿Adonde iba esta pregunta?
Iba a considerar: ¿Qué diría una mujer africana que tal vez nunca fue a la escuela, pero dotada de un sentido muy claro de lo que está bien y de lo que está mal? Estoy seguro que en todos los continentes hay madres así.
Alguien dijo:
—"Mi madre diría que el Congreso Nacional Africano es una organización muy rara. Está examinando sus propias fallas y errores y eso está muy bien. Pero al mismo tiempo sabemos que el Gobierno pasado, el Apartheid, nos ha estado asesinando a nosotros, torturándonos por décadas y siglos. Veo que no hemos hecho nada por entender hasta el final. ¿Dónde está la igualdad, cuando sólo denunciamos nuestras propias faltas, y no denunciamos las faltas de los otros?, y éste también tenía razón.
Fue entonces que mi amigo el Profesor Kadarasma se levantó y dijo:
—"Lo que necesitamos es una Comisión de la Verdad. Que sea creada por el Estado en nombre de la Nación, que escuche todos los reclamos sobre violaciones de derechos humanos, sean quienes sean los victimarios, también los nuestros. Esa es la única manera de empezar la nueva sociedad sobre una base limpia y además, igualitaria".
Supimos de golpe que esa era la respuesta y hubo un apoyo unánime para la idea de Kadarasma.
Antes de las primeras elecciones, el CNA y el Movimiento de Liberación se comprometieron a crear la Comisión de la Verdad... para todos.
NOTICIAS DEL OTRO LADO. Estábamos a poco de las elecciones y yo formaba parte de la Comisión Constitucional del Consejo Nacional Africano. En esos momentos nos llegó un pedido urgente. Se había producido una crisis grave.
La organización de Seguridad (las fuerzas conjuntas que habían actuado bajo el apartheid) afirmaban que les habían prometido —por medio del Presidente Frederick de Klerk— que ellos serían amnistiados. Y ahora comprobaban, leyendo la nueva Constitución, que no había amnistía para nadie. La Comisión de la Verdad responsabilizaba a todos.
Nos hicieron saber:
—Nosotros hemos defendido el proceso de negociar una salida hacia la democracia y defenderemos las elecciones democráticas. Sabemos que la extrema derecha está planeando una campaña saboteadora, para hacer saltar los lugares de votación. Por lo tanto arriesgaremos la vida para frustrar esos planes. Pero si esto significa que después iremos presos, eso es pedirnos demasiado. No pondremos la pistola en tu sien. No daremos un golpe de estado. Pero renunciaremos y pasaremos a ser simples civiles. Y serán ustedes, quienes tendrán que mantener el orden durante las elecciones y después.
El Presidente Mandela sentía una cierta simpatía por la posición en que estaban estas personas, porque en definitiva resultaban traicionados por su propio líder, el Presidente de Klerk; y ese no era un modo de hacer las cosas. Por otra parte, se sabía que el rol de la Seguridad era muy importante, si queríamos estabilizar la democracia.
De hecho sucedió que la seguridad protegió las elecciones. Hubo algunas bombas; y hubo algunos de ellos que arriesgaron su vida infiltrando la organización de la extrema derecha. Hicieron pues una contribución a la democracia, muy práctica y muy significativa. Ese rol se conocía de antemano.
Ahora tenemos una Constitución funcionando, llevamos a cabo nuestra tercera elección nacional y hemos elegido gobiernos en las provincias; nuestro Presidente es elegido por el Parlamento y tenemos una Corte Constitucional. No tendríamos nada de esto, si no hubiera habido algún arreglo con los de Seguridad, en aquella etapa, con vistas a su amnistía.
Al mismo tiempo, aceptar una amnistía general, como si nada hubiera pasado, era sicológicamente imposible. No se podía aplicar una amnistía al barrer, que dijera que todo, fuera lo que fuera lo que hubieran hecho antes de las elecciones y fueran del partido que fueran, quedaban amnistiados.
Propuse entonces que la amnistía tuviera un precio: se podría obtener el olvido penal, a cambio de la Verdad. La idea fue condicionar la amnistía a la actuación de cada uno, ante la Comisión de la Verdad.
Al final, condicionar la amnistía se transformó en el hecho motor de nuestra Comisión de la Verdad. La verdad llegó como una avalancha. Veinte mil personas se comunicaron espontáneamente con la Comisión y unas diez mil, dieron su testimonio, fueran víctimas o victimarios.
Personas que nunca habían sido escuchadas tuvieron la oportunidad de testimoniar, de ser oídas y aparecer en la televisión. Cada uno habló en su idioma y mostró su personalidad.
LA VERDAD VERDADERA. Llegó un momento en el cual me sentí asombrado. La verdad que se logra en los tribunales de justicia, me resultaba una verdad mezquina, filtrada por reglas rígidas y no espontáneas. Al final se termina resolviendo sin haber conocido la verdad verdadera.
Soy juez y dedico mi vida a eso, a buscar la verdad dentro del contexto de una corte. En consecuencia, sentí hasta donde el proceso de la Comisión de la Verdad, era otra cosa. Las verdades salían a borbotones y vivas. Empecé a preguntarme: "¿Que es eso que llamamos "la Verdad" jurídica?"
En la Corte, el énfasis no está especialmente basado en la verdad desnuda, sino en las pruebas. Tenemos un esquema para valorar cada alegato; se trata de evitar errores: "Lo más probable es que haya sucedido."
Hay pues, por un lado (en los tribunales) grados de probabilidad; y hay por otro lado (en la realidad) verdades experimentadas como actos de la vida.
Me vino a la cabeza la autobiografía de Mahatma Gandhi.
Gandhi cuenta que a los veinte años vivió en Sudáfrica y llama a su libro: "Mis experimentos con la Verdad".
Para Gandhi experimentar la verdad era vivirla en carne propia; y luego sacar conclusiones de las experiencias así vividas. Algunas de esas experiencias de Gandhi, sucedieron en una prisión, en Johannesburgo, en la llamada "Old Fort Prison" de Sudáfrica, donde estuvo encarcelado por liderar campañas de resistencia pasiva.
Lo importante es reconocer que la experiencia viene primero y la filosofía surge después, a partir de lo experimentado.
Gandhi no inventó primero la filosofía Gandhiana y luego la aplicó en su vida. No. Sacó lecciones de su vida y pensó en consecuencia.
Partió en cada caso de una verdad experimentada y es esa experiencia real, la que ha de guiar la mayoría de sus actos posteriores; así como las actitudes en cada caso.
EXPERIENCIA DE VIDA. Y fue exactamente por lo que explicó y aplicó Gandhi, que la Comisión de la Verdad resultó poderosa. Escuchábamos la voz de los protagonistas y veíamos las lágrimas. Los culpables, los torturadores, los asesinos, venían y contaban lo sucedido para poder ser amnistiados. Llegaban duros y tensos, a veces leían páginas preparadas por sus abogados. Pero lo que todos queríamos era que fueran honestos y que llegaran a sentir arrepentimiento. A veces las preguntas rompían sus defensas y se sinceraban. No fue fácil. Muchas veces, la autodefensa era más fuerte que ellos, no podían abrir su sinceridad, se interponía un largo estilo de vida, su disciplina, su manera de funcionar. Con todo, vimos a muchos en televisión, desarrollando su drama interior; y era un drama mostrado ante el país entero. Los veíamos en el lugar mismo de los hechos cometidos, hasta allí iba la televisión. Los escuchábamos por la radio. Lo leíamos en los diarios.
Vimos al Sargento "Bensim" uno de los peores torturadores de Ciudad del Cabo, interrogado por un miembro del parlamento actual, que había sido torturado por ese sargento. Le dijo:
—"Sargento, dígale a esta Comisión como puede un ser humano hacerle lo que usted le hizo a otro ser humano".
La nación entera quedó pendiente de la respuesta ante una pregunta tan enorme.
"Sargento, nos encapuchaban con bolsas mojadas, sofocándonos hasta que nos sentíamos morir". Y nosotros los veíamos a los dos, por TV. Le preguntó de nuevo: "¿Cómo pudo hacer eso?", y el sargento lloraba. Lo vimos destruido. Ese era el hombre fuerte, el que podía controlar y decidir sobre la vida de otros; ahora estaba quebrado, vencido.
Fue una profunda, una imborrable derrota moral para el Apartheid y para las arbitrariedades; para la violencia del hombre sobre el hombre. Fue mucho más eficaz que meter a esa gente en una prisión. Todos vimos que hasta el propio sargento sentía hasta el fondo, la responsabilidad de lo que había hecho.
Por supuesto, hubo también el reconocimiento de que el mismo Movimiento de Liberación había sido capaz de violar los derechos humanos; no éramos los virtuosos de esta Historia. La guerra no perdona.
La Comisión de la Verdad fue pues, poderosa; su acción se basó en la interacción de verdades experimentadas. Por eso tuvo un impacto radical sobre la nación. La potencia de esas pruebas convirtió el mero conocimiento en un reconocimiento, en una vivencia imborrable. El conocimiento es información, es objetivo, está escrito. El reconocimiento o la comprensión interna, es un proceso mucho más profundo, envuelve a la personalidad. Es un acto vivo y no, la mera transmisión de uno o más datos.
También la presencia de las víctimas y también su dolor, fue parte de la experiencia que vivimos. Los culpables comprendieron lo que habían hecho, aunque no lo hayan aceptado en todos los casos; pero bastó. Fue aleccionante para todos; fue una conmoción. No hubo responsabilidad penal, hubo creación de responsabilidad moral.
Por sobre las críticas recibidas, puedo decir que el país en su gran mayoría aceptó el modus operandi y aunque fue un proceso doloroso, la honestidad salió a luz; y ahora, cumplido ese desahogo, se hace más fácil mirar hacia adelante.
LA HISTORIA INCONCLUSA. No hace mucho, estaba en una fiesta de fin de año, una fiesta con música fuerte. Y de pronto escuché una voz conocida llamándome: "Albie, Albie!"
Miro y exclamo: "¡Henry!". Me sorprendió mucho encontrarlo allí; era una reunión del staff encargado de hacer una telenovela.
Henry me lleva a un rincón para hablar. Estaba nervioso. Me dijo:
—"Fui a la Comisión de la Verdad y les di la mayor información que pude. Es absolutamente cierto. Tienes que creerme. Me dijiste que tal vez un día...", yo dije sin dejarlo seguir:
—"Henry me basta tu cara para saber que me dices la verdad" y ahí mismo estiré mi mano y estreché la suya. Se fue sonriendo; y yo casi me desmayo.
La verdad sigue fluyendo. Oí que más tarde, en esa noche, Henry se había ido para su casa y había llorado una y otra vez. La emoción de esta experiencia había tocado algo profundo en él.
También yo estuve conmovido por ese encuentro; y diría que me dio nuevas fuerzas. Henry había dejado de ser un enemigo, el instrumento elegido para causar mi muerte. Antes de atentar contra mí, Henry no me odiaba, ni estaba enojado conmigo, nunca había pasado nada entre nosotros. Ahora, cuando dejé de ser el objeto de una operación especial, yo era Albie; y él era Henry.
Me sentí lleno de energía. Descubrí que podía vivir en el mismo país que él. No quería ser su amigo, no quiero ir al cine con él, ni estar en una reunión, pero si voy en un ómnibus y solo hay un asiento libre al lado de Henry, yo puedo sentarme allí, a su lado. Hemos logrado ser compatriotas.