CRITICA | JORGE ABBONDANZA
El cabo austríaco del bigotito, el amante obsesivo de los dramas musicales de Richard Wagner, tuvo el final operístico que correspondía a sus delirios y murió en medio de un cataclismo, mientras Berlín se despedazaba bajo las bombas. Por debajo de ese infierno, él junto a su flamante mujer se suicidaba rodeado por el silencio de una catacumba. Porque Adolf Hitler, luego del desastre militar de su última ofensiva contra los norteamericanos en la frontera belga, se había encerrado desde el 15 de enero de 1945 en el subterráneo de la Cancillería berlinesa. Allí vivió, comió y durmió durante tres meses y medio, enterrado en una anticipación sepulcral, convirtiendo al famoso búnker en el marco de su despedida de este mundo, que se consumó finalmente el 30 de abril. En ese escenario alucinante —un sótano de dos pisos con muros colosales a prueba de bombas— Hitler mantuvo la rutina diaria de sus ocupaciones y sus estrictos horarios, y hasta allí baja ahora esta película para contar al espectador de hoy cómo agonizó y cómo murió el mayor megalómano del siglo XX.
Para entender por qué Hitler aparece aquí como un hombre quebrado y casi decrépito, que arrastra los pies y cuya mano tiembla visiblemente, hay que remitirse a las consecuencias del atentado que había sufrido en julio de 1944, que le rompió el tímpano y lo dejó maltrecho. Pero sobre ese hombre de 56 años recién cumplidos, que sin embargo parece un anciano, también pesaba la inminencia de una derrota que se empecinó en negar hasta cinco días antes de su muerte, aunque el derrumbe del Reich lo mantuvo en un estado cercano a la locura a medida que el Ejército Rojo cerraba su cerco sobre Berlín y avanzaba por las calles hacia esa Cancillería en cuyo sótano él y su séquito estaban sepultados, dictando órdenes frenéticas que no tenían efecto en la realidad: desde las profundidades, Hitler disponía el avance de ejércitos que ya no existían, preparaba contraataques imposibles y condenaba a muerte a generales desobedientes, como desplantes propios del esperpento en que finalmente se había convertido el caudillo victorioso de 1940.
PROTAGONISTA. Esta película dirigida por Oliver Hirschbiegel tiene la respiración pausada y dramática que pedía su tema. El relato avanza hacia su negro final como si bajara paso a paso la escalera de la catástrofe, y aunque el hilo conductor del tema es Traudl Junge, la juvenil secretaria que toma el dictado de Hitler mansamente —como testigo de ese último acto al que logrará sobrevivir— el centro magnético es el Führer, poderosamente interpretado por Bruno Ganz, un retrato que crece de a poco apoyado en los dos extremos de la conducta del personaje. Por un lado la estampa doméstica, el Hitler de la intimidad que se muestra tan cortés con las mujeres, afectuosísimo con su perra y fiel a la dieta vegetariana de pastas, verduras y agua: un señor cuya compostura parece desmentir al déspota de la vida política, como si enmascarara a la bestia que durante doce años había embrujado a los alemanes y conquistado media Europa. Por otro lado, el comandante capaz de enardecerse en reuniones militares donde estalla en dos o tres de sus célebres arranques de histeria que iluminan el perfil más notorio del individuo. En uno y otro extremo, Bruno Ganz entrega una labor de fineza por cierto previsible para quienes conozcan la carrera previa de ese gran actor. Su trabajo está atento a cada detalle de las actitudes, las miradas fijas, las rabietas o las sonrisas mecánicas del personaje, oscilando entre los silencios mortales y los descontrolados alaridos como polos opuestos de un enfoque digno del endiablado desafío que asumió el intérprete.
Gente de razonamiento epidérmico ha reprochado a la película el hecho de presentar a un Hitler demasiado humano en el pormenor de su vida diaria, como si ese reverso de su imagen pública rebajara el juicio que merece un genocida. Esa gente se equivoca al creer que un monstruo debe comportarse monstruosamente las veinticuatro horas del día, lo cual es en todo caso una suposición candorosa, y también se equivoca al imaginar que los crímenes contra la humanidad se borran de la memoria o de las emociones del espectador por ver a Hitler comiendo ravioles, besando a su mascota o sonriendo como un caballero ante las mujeres de su entorno. Desde un punto de vista estrictamente dramático, esa cara amable del sujeto actúa por contraste, asume la utilidad de un claroscuro y acentúa indirectamente el carácter siniestro con que el Führer ha pasado a la historia. Ocurriría lo mismo al mostrar cómo Stalin era un compinche juguetón con su hija Svetlana o cómo Mussolini era un padre de familia muy atento a la devoción de su prole.
SACRIFICIOS. Pero esta película hace algo más que delinear sólidamente la figura central. Respeta escrupulosamente una infinidad de detalles que acompañaron la caída de Hitler y que constaban en los varios libros biográficos que sirven de materia prima a su guión, desde esbozar la figura de algunos dirigentes nazis y jerarcas militares que compartieron la vida en el búnker, hasta registrar el casamiento in extremis del Führer con Eva Braun y la muerte de ambos un día después, sin omitir la ceremonia más horrorosa de todas: el método que luego de la muerte de Hitler utilizó la mujer de Goebbels para envenenar a sus seis hijos antes de suicidarse junto a su marido. El sacrificio ritual de esos niños ilustra mejor que nada los abismos de una mentalidad convencida de que el fin del Führer y de su régimen era también el fin del mundo. De paso, el episodio es un espeluznante simulacro de la comunión, un acto de culto que alude a la religiosidad bárbara del nazismo y a los retorcimientos ideológicos capaces de convertir el filicidio en una ofrenda.
Todo eso confiere a la película un valor testimonial que no debe subestimarse, a una altura de la historia en que tantos ejemplos posteriores de violencia bélica pueden interferir desdibujando la hecatombe del nazismo. Los jóvenes de hoy suelen ignorar aquellos acontecimientos ubicados a seis décadas de distancia, de manera que un ejercicio cinematográfico donde se los reconstruye prolijamente es un documento para apreciar como se debe. Pero lo que hace el realizador Hirschbiegel no se limita a eso sino que se extiende al poderío de un lenguaje que sabe mantenerse a la altura de su tema, que es la de una grandiosidad wagneriana. El estruendo de las bombas va creciendo como un manto ensordecedor a medida que se aproxima el bombardeo soviético, hasta sacudir al búnker y conmover con su incesante trueno todo lo que hacen o dicen los personajes. Ese fragor es parte de la pesadilla que la película extiende a una visión de Berlín demolida por las bombas, esa ciudad en llamas por la que escapa una población civil que se aglomera en los refugios antiaéreos, se apiña en las estaciones de subte o agoniza en hospitales de campaña bajo el mar de sangre, la humareda y la caída de escombros que envuelven el naufragio definitivo del Reich.
Está muy bien engarzado el epílogo, donde la secretaria —tal cual ocurrió en la realidad— logra escapar de Berlín y cruzar las líneas soviéticas junto a un niño que ha sobrevivido a los combates callejeros.
Porque esa doble imagen corresponde a la inocencia que se salva de la calamidad y compensa la pesadumbre que ha precedido a ese final como una dilatada marcha fúnebre. A pesar de que Hitler pretendía que toda Alemania muriera con él, la vida consigue por último imponerse al espanto.
LA CAIDA
Der Untergang
Director. Oliver Hirschbiegel.
Productor y libretista. Bernd Eichinger.
Fotografía. Rainer Klausmann.
Montaje. Hans Funck.
Música. Stephan Zacharias.
Elenco. Bruno Ganz, Alexandra Maria Lara,
Corinna Harfouch, Ulrich Matthes,
Juliane Köhler, Heino Ferch.
l Alemania 2004