Antonio Mercader
Parece la saga pictórica de Goya: después de los sueños, los caprichos y los desastres. Los sueños de un sector de la izquierda sobre la educación casi nunca coincidieron con el sistema vigente. Siempre se reclamó otro, el ideal, nunca precisado en sus contornos pues los sueños suelen ser difusos, borrosos. Por eso, una vez en el poder, ese sector ataca lo que trastoca sus ensoñaciones aunque carece de un plan para sustituir lo existente. Ese plan saldrá de una maraña de asambleas, comisiones y debates previstos para durar muchos meses si no años. En tanto, se retocan cosas: es la hora de los caprichos.
Debutando, el Consejo Directivo de la ANEP tronchó la educación en valores. De un plumazo, abortó un programa lanzado en 2001, irradiado a cien centros de enseñanza, con decenas de inspectores y docentes formados en él. Un programa tan relevante que su meta —la "construcción de ciudadanía en el marco de valores"— fue compartida por todos los partidos políticos —incluido el de Gobierno— que el 16/2/05 firmaron el acuerdo con expresa mención del tema en un acta. El vicepresidente del organismo, José Pedro Barrán, un respetado historiador, justificó su anulación diciendo que el programa violaba la laicidad por sus referencias "confesionales" sobre la "espiritualidad del hombre", aunque si hay algo violado acá es el pacto de los partidos. Un desastre goyesco.
Según la ANEP, el docente no debe comentar ante escolares y liceales temas vinculados a las creencias y a la fe. Es un mundo espiritual que, en esta concepción, no debe asomar en una enseñanza en la cual sólo debería abordarse lo tangible, lo material. En esa línea, una educación laica ignorará experiencias decisivas en el plano de los valores. Así, laicidad es asepsia, prescindencia y, en definitiva, ignorancia sobre la espiritualidad. No es neutralidad pura porque eso llevaría a exponer las variadas creencias sin tomar partido, dejando que cada alumno elija: se puede creer en una, en todas o en ninguna; o se puede no creer. Pero, para optar, al menos hay que saber de qué se trata.
Paul Ricoeur, el gran filósofo francés que acaba de morir, hablando de su país decía que "la escuela es un ámbito de total neutralización de las convicciones y no debemos entonces sorprendernos de encontrar como resultado una sociedad sin convicción, sin dinamismo propio, que va a pedirle todo al Estado". ¿Suena conocido? Así como se viola la laicidad por acción al inculcar ciertas creencias a los alumnos, se la viola también por omisión con el silencio sobre lo relativo a esas creencias y su incidencia en la cultura, la historia y la vida cotidiana de las sociedades.
Mal comienzo para la educación uruguaya. De los sueños pasamos a los caprichos y de ahí a los desastres. Sólo falta conocer los nuevos planes para la enseñanza. Esperemos que no sean como los monstruos de Goya.