CRITICA I JORGE ABBONDANZA
EL REGRESO
Como Teorema de Pasolini o El sirviente de Pinter y Losey, esta película rusa es la parábola de un intruso que sobresalta su entorno. El padre que durante doce años estuvo ausente, vuelve de pronto al ámbito familiar donde sus dos hijos conviven con la madre y la abuela. El mayor de los niños es tolerante ante ese regreso, pero el menor mantendrá una dura rebeldía frente al recién llegado. Poco después, el padre llevará a los hijos en su auto y lo que al comienzo se anuncia como una excursión de pesca de 24 horas, se prolongará en el espacio y en el tiempo hacia parajes remotos que parecen ocultar un secreto, como escalas de un viaje que tiene desvíos, contratiempos, discordias y un dramático punto final. Qué otra cosa es la vida, después de todo.
Ese hilo argumental recubre una malla de tejido profundo en la que es preciso internarse para extraer significados que la invaden gradualmente, igual que un oleaje de lecturas múltiples y nunca aclaradas. Ese contenido, tan neblinoso como las madrugadas siberianas, en el que cada espectador puede sacar sus conclusiones y tender su propia red de asociaciones, es lo que convierte a la película en una materia de trabajosa penetración, pero también en una experiencia fascinadora, de esas que resuenan largamente en la emoción y la memoria de quien la haya visto.
CUENTO MORAL. El padre transmite a los hijos un código de comportamiento que en la primera mitad parece convertir el relato en un cuento moral. Les enseña a reaccionar ante un acto delictivo que acaba de apabullarlos, los obliga a desafiar responsabilidades que hasta el momento no han asumido y les impone castigos que pueden parecer ejemplares por la severidad con que los aplica, aunque ese rigor va creciendo hasta un incidente final donde ya hay algún desplante violento. En más de una escena, las lecciones del padre recuerdan el proverbio chino que aconseja no dar pescado al hambriento sino enseñarle a pescar, una imagen doblemente adecuada a esta historia donde la relación de los personajes con el agua (y con la propia pesca) es constante. Sólo que esa formación se distorsiona a cierta altura con indicios de rudeza en los que se insinúan otras formas de dominación.
Pero ese alcance metafórico también va ramificándose y así admite nuevas interpretaciones para el vínculo entre un autoritarismo paterno y sus dos acólitos. La clave más cercana es la del vaivén entre el poder y la obediencia, entre la firmeza y la debilidad que pueden tensar las relaciones generacionales, pero la más oscura es una referencia política a otros vaivenes que han agitado la vida rusa desde la caída del despotismo soviético hasta los barquinazos recientes. Para una película filmada en 2003, no parece un dato casual que el padre desapareciera de su casa hace doce años (también la URSS se desintegró en 1991) y ahora ante su reaparición los hijos tengan dudas sobre su identidad, mientras lo reciben con el recelo que corresponde a un extraño capaz de dislocar lo que hasta ese momento ha sido un refugio doméstico. Otros conflictos similares ante distintos emblemas de autoridad, otras turbulencias ante choques ideológicos y normas contradictorias, han azotado a Rusia en una escala de la que esta familia provinciana es un reflejo minúsculo y distante, aunque en el prisma de ese microcosmos puede traslucirse todo, hasta las crisis de magnitud colosal.
EL ESPEJO. Quienes no admitan tales alcances para esta propuesta, podrán en cambio creer que los enigmas planteados por la irrupción del padre (quién es, qué ha hecho en esos años, de dónde viene, por qué ha vuelto, qué desentierra en la lejana isla) son el espejo de otras cosas que nunca se aclaran en este mundo y que por ser impenetrables sombrean el curso de los afectos o la estabilidad de los vínculos de sangre. Toda la película tiene una cualidad poética apoyada en esos secretos: lo que no se dice, lo que no se sabe, lo que no se ve. El pasado del padre nunca se revela y la caja que desentierra nunca se destapará: también en la vida hay cajones cerrados que nadie consigue abrir. Y la película juega de varias maneras con esos azares de lo impredecible, hasta llegar al propio azar de la muerte. Por eso el relato comienza con una torre de la que alguien puede caer y termina con otra torre de la que alguien finalmente cae: "el viento sopla hacia donde quiere" decía Bresson.
Las últimas imágenes —que operan como un epílogo y son fotos fijas del pasado reciente y lejano— pasan una tras otra como ciertos fogonazos del recuerdo que asaltan el espíritu del hombre en torno a un hecho perturbador y permiten pensar que todo el film, con su baño de paisajes bellos o cenagosos, su visión irreal de una ciudad (paredes desnudas, bloques abandonados, igual que en un sueño) o su cadena de peripecias donde hay datos visibles y otros ocultos, termina por igualarse con la existencia misma, en la que también hay certezas e incógnitas que se alternan como un perpetuo claroscuro.
Es insólito el sello personal que impone a este trabajo el director Andrei Zvyagintsev, no ya por su capacidad para lograr que el majestuoso marco de la naturaleza duplique el flujo emocional de sus personajes en medio de ríos, bosques y caminos sin fin. Su labor es además sorprendente porque Andrei resulta ser un debutante en el largometraje y sabe procesar una visible admiración por el cine de Tarkovski (Solaris, Stalker, El espejo) con una sensibilidad digna de ese maestro: los datos poéticos —un fuego encendido que alude a las calideces familiares, una isla apartada que es la estampa de aislamientos personales, una lluvia torrencial que ilustra la desolación de un niño— son parte de esa maestría, que se arriesga a emplear un lenguaje indirecto y casi hermético, pero que sabe abrirle rendijas para iluminar a su espectador con la misma onda estremecedora de los hechos que relata, desde el miedo que asoma en las primeras imágenes hasta el sacrificio que domina las últimas.
OTRO VALOR. Pero al margen de ese valor estético, el estreno de El regreso en Montevideo asume un valor cultural: el de presentar una obra cinematográfica de notable complejidad (un manjar para públicos debidamente permeables) en medio de una época donde las trivialidades y el lenguaje ramplón reinan como nunca sobre el cine comercial. De vez en cuando un título de Bergman o de algún talento iraní compensan esa chatura, pero también lo hace esta nueva joya rusa que enseña cómo deben equiparse los hombres para viajar por la vida.
Hay algo más, sin embargo, porque este ejercicio de ficción obtuvo además una inesperada respuesta de la realidad, cuyos golpes saben a veces copiar al arte. El actor que interpreta al hijo mayor murió a los 15 años, poco después del rodaje, en un accidente ocurrido sobre el mismo lago donde se filmó parte del asunto. Ni el propio Zvyagintsev podía imaginar un eco de semejante sonoridad para prolongar el misterio de su planteo.
Vozvrashcheniye
Director. Andrei Zvyagintsev
Libreto. Vladimir Moiseenko, Alexander
Novototsky
Fotografía. Mikhail Kritchman
Montaje. Vladimir Mogilevsky
Música. Andrei Dergatchov.
Elenco. Vladimir Garin, Ivan Dobronravov,
Konstantin Lavronenko, Natalia Vdovina.
l Rusia 2003