Tras una audiencia formal, un sacerdote le relató a Juan Pablo II que afuera mendigaba un ex compañero de seminario que había abandonado la carrera sacerdotal. El Papa invitó a los dos a almorzar, y en un momento a solas le pidió al pordiosero que lo confesara.
—Dejé el sacerdocio, no puedo tomar confesión.
—Tengo la potestad para devolverte tus atributos sacerdotales y por eso te pido me confieses.
Cumplido lo cual, el mendigo pasó a servir como cura —etimológicamente, cuidador— en una parroquia rural italiana.
Me llegó hondamente el gesto de un Papa que impetra humildemente la confesión a un hambreado y le cambia la vida. Me admiró ese sentimiento personalizado, concreto, del encuentro con el prójimo que nos viene desde el fondo de nuestra cultura.
Reflexionando desde nuestra perspectiva liberal, concordamos a menudo con este Papa que ahora se nos fue, quedándosenos.
Karol Wojtyla conoció los totalitarismos: sufrió al nazismo y derrotó al comunismo. Alzó su voz de libertad frente a los poderosos. A la salida de las dictaduras, llegó una y otra vez a nuestro Cono Sur como símbolo de esperanza; y envió al laborioso Cardenal Samoré, a firmar en nuestro Palacio Taranco la paz argentino-chilena, alejando la guerra de nuestro vecindario.
Nos unió hacia arriba: fijó siempre un punto muy alto hacia el cual elevar el pensar. Al peregrinar a la celda a perdonar a Ali Agca que a balazos le arrebató para siempre la lozanía atlética —y al pedir perdón por las persecuciones fanáticas de la Iglesia en el pasado—, afirmó con actitudes radicales que el hombre tiene un espíritu —un darse hacia lo otro y un buscar lo Alto— que puede y debe sobreponerse a lo que acumula como "tradición" y "grupo social": hay una profesión universal, que es la de hombre; se ejerce desde un "Levántate y anda".
En un tiempo en el cual se busca achatar a la persona y a pueblos enteros, impidiéndoles levantar vuelo por encima de "la realidad" —a la que se toma como límite de lo que es y no como territorio para crear lo que debe ser—, haber cumplido esa misión es haber construido un puente entre las miserias morales y materiales del hombre en acto y la grandeza moral y material del hombre en potencia: esa misión —propia de pontífice en el sentido estricto de la palabra— la deja Juan Pablo II admirablemente cumplida en todos los rincones del planeta, y así debemos proclamarlo cualesquiera sean las interrogantes y credos por cuyas laderas peregrinemos.
El avance de la industria del "entertainment" por sobre la cultura habitúa a muchos a homogeneizar imágenes, trivializar y vaciar ideales, distantemente rebautizados como utopías.
Contra eso se alzó Juan Pablo II, revalorizando a la persona en un contexto que ya no parte del orden escolástico de los conceptos y proclamando una filosofía que busca comprender mucho más que el instante fugitivo.
Supo ser mediático conservando el peso específico de sus convicciones, aun aquellas que, como la prohibición de comulgar a divorciados que contraen nuevas nupcias salvo que no tengan relaciones íntimas —encíclica Familiaris Consortio—, resultan áridas para la conciencia moral de pueblos como el nuestro.
Pero ni ese tema ni otros por los cuales, con exceso, algunos lo motejaron como conservador, empañarán jamás nuestro encuentro en el Papa, al pie de la verdad que, por sobre teorías y calamidades, enseñan los siglos: el amor es más fuerte.
Esa verdad es la identidad que latió en este ilustre ciudadano del mundo que trasmutó sus sufrimientos en actitud, decisión y obra y convirtió las 736.000 horas que Dios le prestó, en faro de luz y pedazo de eternidad.