En los años de oro de la comedia hollywoodense, a nadie se le ocurrió esto de hacer secuelas que ahora se ha impuesto y que consiste en no experimentar sino exprimir cuando la comedia original —bueno, más o menos original— ha tenido suculentas recaudaciones. ¿Pueden imaginarse una secuela de Domando al bebé (Bringing up baby, Hawks) o de Ser o no ser (To be or not to be, Lubitsch)? No se repiten los milagros del talento. No se pueden enfrentar dos veces el paleontólogo aturdido (Grant) con la millonaria extravagante (Hepburn) que se pasea por el mundo arrastrando un leopardo pésimamente domesticado (Baby); ni a nadie podía ocurrírsele trasladar de la Varsovia ocupada por los nazis a París, también ocupada, la compañía de cómicos polacos empeñados en destrozar a Shakespeare y burlar a la Gestapo con la complicidad de Hamlet y de Ofelia (Benny y Lombard). Bueno, en este último caso Mel Brooks se atrevió a rehacerla, pero en realidad se trató de una copia literal y más tosca del original.
Y no era que los productores de aquel Hollywood fueran mecenas desinteresados, que no tuvieran sus ojos, generalmente eslavos, a menudo magyares, en las taquillas de entonces, pero eran tipos creativos, contrataban a guionistas y directores aún más creativos, y aprovechaban una extraordinaria generación de comediantes únicos. Para una versión más exacta de estos fenómenos se aconseja consultar a H.A.T (también conocido por Alsina), Opera Omnia.
Este proemio, aparte de permitir al crítico remontarse a sus propios deleites de juventud, lo que tal vez es un pretexto demasiado egoísta e intransferible, está determinado por lo poco que se puede decir de una comedia correcta pero prescindible que repite o intenta repetir el éxito de El diario de Bridget Jones con el mismo elenco, los mismos recursos, ni siquiera importa si el director cambió. Bridget es la misma treintañera con tendencia a la obesidad y a las metidas de pata, y sus dos galanes, que se la disputan con cierta displicencia pero terminan en una batalla campal — más precisamente acuática, porque tiene lugar en una fuente de un parque de Londres— y animan con ello un relato más bien soso.
Renée Zellweger, que estuvo tan bien en Chicago enfrentando el huracán Zeta-Jones, y de rebote se ganó un Oscar por otra película, engordó con el apoyo de todas las agencias de noticias, los diez kilos necesarios para repetir a su exitosa Bridget, y rodeada aquí por varias secundarias anoréxicas repite también las monerías y los rubores que le han dado fama, y que a este cronista, lo confiesa, no le hacen demasiada gracia. Mejor están los galanes. Colin Firth encuentra una manera muy británica y muy sutil de trasmitir la impaciencia y la inminencia del grito reprimido, hasta el punto de que uno se pregunta si no serán las del propio actor. El mismo Hugh Grant, condenado a ser mujeriego y por lo tanto ridiculizado por las doctrinas dominantes, consigue una deliciosa escena de intoxicación. Todo lo demás es Zellweger pura. Si usted no piensa como yo (que es una buena actriz, pero no una comediante superdotada) vaya a ver la película.
critica | antonio larreta
BRIDGET JONES: AL BORDE DE LA RAZON
Bridget Jones: The Edge of Reason
Director. Beeban Kidron.
Libreto. Andrew Davies, Helen Fielding, Richard Curtis, Alan Brooks, sobre novela de Helen Fielding.
Fotografía. Adrian Biddle.
Montaje. Greg Hayden.
Productores. Jonathan Cavendish, Tim Bevan.
Elenco. Renée Zellweger, Colin Firth, Hugh Grant, Gemma Jones, Jim Broadbent, James Faulkner.
l Inglaterra, 2004.