En Deiá, Mallorca, ante el mar azul y bajo el sol que cae precipitado, vivió la mayor parte de su vida el escritor Robert Graves, uno de los faros de la poesía moderna. Y allí murió hace veinte años, nonagenario. Era el último sobreviviente de una renovadora generación que, junto a Eliot y Pound, comenzó a gravitar vigorosamente en la primera mitad del siglo XX.
Robert Graves se había recluido en aquel minúsculo pueblo en 1929. Todo el mundo, allí, le conocía y saludaba con simpatía, diciéndole "don Roberto". Fue allí, precisamente, donde dio forma a varias de sus grandes novelas, como "Yo, Claudio" (que popularizó la televisión inglesa), "La hija de Homero" y su fabulosa obra "La diosa blanca", historia comparada del mito, pieza prodigiosa por su erudición y belleza.
Junto a sus novelas, cuentos, ensayos y poemas, desde allí salieron al mundo, también, sus cartas. Se calcula que fueron alrededor de seis mil las misivas que envió a sus amigos. Una mínima parte de ellas, apenas cuatrocientas, se pueden leer en su libro "Imágenes rotas entre luna y luna".
La personalidad de Robert Graves ha movido más de una vez nuestra pluma. Y uno de nuestros escritos —botellas al mar— llegó, tiempo ha, a Deiá; desde allí, el hijo del veterano escritor, el profesor Tomás Graves, me escribió diciendo, entre otras cosas, que: "Me hace mucha ilusión saber que al otro lado del globo la gente se da cuenta de que aquí estoy cosiendo libros de mi padre".
He revisado su volumen de cartas con la intención de trazar esta silueta. En la abundante correspondencia que Robert Graves mantuvo con Liddel Hart (conocido especialista, como él mismo, en Lawrence de Arabia), le decía que su meta era la poesía, aunque debía escribir novelas como "Yo, Claudio" solamente por dinero, para continuar viviendo. Este libro, como se sabe, tuvo desde su primera edición un notable éxito, y con él Graves alcanzó vasta resonancia y ganó un célebre premio. Pero los llamaba, casi en broma, "los Claudioses".
Hablando de la poesía, contaba a su amigo Hart, en 1942, que: "Para mí, escribir un poema significa entrar en un extraño trance durante el cual me vuelvo especialmente sensible... Cuando repaso cada versión que escribo al cabo de unas cuantas horas, me suena completamente nueva y desconocida".
Retomando este mismo tema, comentaba: "Hay mucha diferencia entre un poema que hasta cierto punto es artificial e inducido, y un poema que es completamente natural y no preconcebido. En un poema real tienes cortadas todas las cuerdas que te unen al pensamiento corriente, y avanzas con aquel terror que te invade al nadar por primera vez sin tocar el fondo, intentando ponerte a salvo. La poesía es una especie de planta que crece hacia arriba, como en el cuento de Juan y el tallo de habas... cuando llegas arriba te encuentras con ogros y príncipes".
Si bien "Entre luna y luna" nos devuelve, a través de sus propias palabras, la vigorosa personalidad de Robert Graves, gracias a largas misivas (las que escribía en tinta china) meditadas, sobre sí mismo y el arte, cada uno de sus lectores revive su personalidad de faro literario.
Al igual que sus novelas y poemas, reflejo de ellos y a tantos años de su adiós, es grato tener a la mano esas cartas, porque ellas siguen siendo un candil en estos tiempos y ayudan a trascender, es decir, a mirar desde lo alto. Eso es lo bueno de escritores como este, porque de lo contrario, seguimos donde estábamos: entre facturas, prisas y teléfonos.