El espolón fue disparado el mismo día en que el Papa abandonó el país por primera vez. Supuestamente la primera idea había sido discutida en privado, bastante antes, entre Wilson Ferreira Aldunate y Julio María Sanguinetti. Y el primer comentario semi-oficial salió del Presidente de la República.
Sanguinetti habría dicho mientras el avión de Alitalia levantaba vuelo, mientras en tierra se analizaba la posibilidad de un segundo viaje papal al Uruguay: ¿Y si dejamos erigida la Cruz para siempre? Que también era el propósito de los católicos uruguayos y seguramente del propio Papa.
La Cruz, al borde de entrar en una zarandeada polémica —más mediática que real, como se verá— había sido la pieza cumbre de la Misa Campal en Montevideo. El eje de Bulevar Artigas, el entronque con Avenida Italia, la cercanía de 18 y 8 de Octubre, los enjardinados y pavimentados de la Plaza de la Bandera, un detalle asociativo que molestó a algunos, y de la plaza donde está en pie la Estatua de Rivera, proporcionaron el entorno adecuado. Un equipo integrado por los arquitectos Juan Pedro Tanco, Juan Carlos Dugonic, Leonardo Aguerre y Ana Lía Rovascio, entre otros, se hizo cargo del proyecto.
El equipo constructor tuvo buen cuidado que la cruz no compitiera de ninguna manera con el perfil del Obelisco Nacional, un orgullo estatuario nacional y un elemento que involucra la adhesión de la totalidad de los uruguayos.
Levantada en acero y no en hormigón armado, como era lo habitual, la Cruz se irguió para homenajear a Juan Pablo II y ambientar el primer encuentro papal a cielo abierto.
Cuando se la dejó definitivamente se la volvió a pintar —hubo un acto de vandalismo que incluso mancilló hasta la estatua de Rivera—, se le rediseñó la base, luego se la cubriría de placas de mármol, y se dejaron de lado los planes de reforzamiento.
VERDAD AL DESNUDO. La polémica sobre la permanencia de la Cruz, si debía retirarse o dejarse como testimonio permanente de la primera visita papal, fue más aparente que real, pero puso fin a la vieja concepción batllista del Uruguay y el mito, en parte real, de un país laico, el único de América Latina. ¿Qué podía molestar de la Cruz? Sólo el estereotipo de una laicidad mal entendida. Batlle y Ordóñez había logrado la separación de la Iglesia del Estado, se había divorciado y construido una sociedad civil de religiosidad más bien apática, pero latente. ¿Qué molestaba de la Cruz? El país entero está lleno de iglesias y capillas que lo espiritualizan pero también lo embellecen urbanística y arquitectónicamente. Lo que Karol Wojtyla hizo fue decapitar esa especie de fábula del viejo batllismo que "El Día" se había encargado de entronizar con su renuncia a escribir Dios con mayúsculo y el falso laicismo de los avisos fúnebres carentes del símbolo de la cruz. Eran viejos manierismos y prácticas en desuso para una sociedad que había encontrado un equilibrado sistema de convivencia. Exigir el retiro de la cruz, porque de lo contrario se daría un retroceso a la laicidad, era un concepto arcaico y sin vigencia. Y jaqueado por las propias autoridades coloradas. Sanguinetti fue un compañero habitual de Papa en los dos viajes y un interlocutor casi rutinario. Jorge Batlle fue de los primeros en decir que apoyaba la permanencia de la Cruz cuando se empezó a manejar que quedaría en pie para esperar la próximo visita del Papa y de ahí para siempre incorporado al perfil público del país. Las cúpulas políticas no estaban en la discusión, más bien lo contrario. El Partido Blanco en pleno (casi) apoyaba la permanencia. El Senador Gonzalo Aguirre fue artífice del proyecto parlamentario que aseguró su presencia eterna. Dentro del Frente Amplio, entonces en minoría, estaba la corriente de la Democracia Cristiana. ¿Quiénes estaban en contra de la Cruz? Algunos grupos de masones haciendo lo que se espera de ellos, grupos radicales de batllistas, varios de ellos jóvenes, que creían vivir en tiempo de Batlle y Ordóñez, la izquierda radical, parte, y los contestatarios de siempre.
El resto vio la Cruz como lo que era: un homenaje al espíritu, un monumento a la solidaridad y la fraternidad, un recuerdo a un personaje que marcó con la fuerza de su fe la vigencia de un proyecto de vida al servicio de los demás y apartado del materialismo, la confirmación de la existencia de un nuevo Uruguay, más abierto, más plural, más tolerante, más conciliador y pacífico, ajeno a la violencia y entroncado con sus viejas tradiciones: la patria nació cristiana. Las oposiciones resultaron vanas. La Intendencia a cargo de Elizalde y la Junta Departamental intentaron intimar sin éxito el retiro. La reclamaron Lavalleja y Rocha. Primero la Cámara de Senadores y luego la de Diputados aprobaron la existencia de una cruz real en el virtual Tres Cruces. Estaba desde luego cuando regresó al año siguiente aligerado de prejuicios.
M.C.