Los viajes uruguayos de Karol Wojtyla

| La primera visita le insumió al Papa 19 horas, entre el 31 de marzo y el primero de abril, hace ya 18 años

MIGUEL CARBAJAL

Uno en ejercicio y dos futuros Papa pasaron por el país a lo largo de la historia uruguaya. Uno de ellos se remonta al inicio mismo de la orientalidad. Mastai Ferreti, luego Pío Nono (entre 1846 y 1878) formó parte de la Misión Muzzi cuando se establecieron las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y los dominios recién escapados de la Corona Española. Acaeció en 1825. Eugenio Pacelli, luego Pío XII entre 1939 y 1958, pasó por Montevideo en calidad de Secretario de Estado en visita hacia el Congreso Eucarístico de Buenos Aires. Fue en 1934 e incluyó un encuentro con Gabriel Terra. Karol Wojtyla, como se sabe, estuvo dos veces. La primera visita le insumió 19 horas, distribuidas entre el 31 de marzo y el 1o. de abril de 1987. Tenía 66 años y cuando dirigió sus primeras palabras al pueblo oriental era el 1.139 discurso suyo en tierras extranjeras. Su segunda incursión abarcó 49 horas, del 8, 9 y 10 de mayo de 1988 e incluyó pasajes, celebraciones y misas en 4 diócesis uruguayas, tres de ellas del Interior: Melo, Florida y Salto.

Argentina y Chile formaron parte de la primera ronda rioplatense y Paraguay, Bolivia y Perú de la segunda. Wojtyla era para entonces un viajero inveterado con siete travesías previas por América Latina (y muchísimas por el resto del mundo). Había tenido, además, un papel decisivo en el arreglo de los diferendos argentinos-chilenos en torno al Beagle y el final de la Guerra de las Malvinas. En realidad Wojtyla nunca realizó viajes inocentes. La evangelización fue su norte, pero basta pensar lo que hizo en Polonia para saber qué cosas logró en el terreno político e ideológico.

LLEGADA. Llueve copiosamente en Montevideo el 31 de marzo cuando el Papa llega por primera vez. Lo acompaña su séquito en el avión que Alitalia pone a sus órdenes y un uruguayo conspicuo: el Dr. Washington Beltrán, que actuó como Enviado Plenipotenciario al morir Zorrilla como Embajador ante el Vaticano y quedó él encargado de acompañarlo. La comitiva está integrada por Agostino Casaroli, Secretario de Estado, el Arzobispo Martínez Sómoli, Monseñor Piero Marini, Director de Ceremonias, el Padre Roberto Tucci, encargado de la organización del viaje, y desde luego que Stanislao Dziwicz, el secretario personal del Papa. Llueve copiosamente mientras el Presidente Sanguinetti lo espera bajo el techo improvisado. El Nuncio Andrea Cordero Lanza Montezémolo y el Arzobispo de Montevideo José Gottardi suben al avión. El Papa desciende y como siempre besa el suelo, lo esperan el Presidente y parte del Gabinete, lo saludan mientras resuenan los 21 cañonazos de la parada militar. Lo reciben como lo que es: un Jefe de Estado. Miguel Páez acompaña los pasos del Papa con un enorme paraguas. Y finalmente el Santo Padre se dirige al papamóvil, recién llegado de la Argentina, que a través de Avenida de las Américas, la Rambla, Avenida Brasil y Bulevar Artigas lo conduce hasta el centro de la ciudad donde lo esperan en la Catedral Metropolitana. Entre el arribo, a las 18,40 horas y el encuentro religioso a las 19.30, no se ha superado la hora y media. Se cumple fielmente con el protocolo.

Se accede por invitación y es un encuentro con el clero, los religiosos e invitados especiales. La Catedral reboza de gente, engalanada y brillante como la ocasión merece. Gottardi, que lo ha acompañado a bordo del papamóvil es el encargado de darle la bienvenida en la Catedral. No es una misa lo que la espera sino una celebración, una proclamación de la palabra, lo que incluye lectura de un pasaje de la Biblia y un saludo del propio Papa en donde se refiere a la alegría de la visita. Escoltado por los Obispos, el Papa ocupa la cátedra de Gottardi. El mueble exhibe ahora una chapa en bronce que recuerda el hecho histórico. El Papa vista sotana blanca, la capa roja del Peregrino y un solideo blanco en la cabeza.

REGOCIJO INTERIOR. En los asientos menudean los consagrados: sacerdotes, seminaristas, religiosas, monjas de clausura de los conventos contemplativos autorizadas a salir. El Papa habla en castellano, una de las nueve lenguas que maneja fluidamente, aunque el grueso acento polaco venza su flexible oído. El resto de la comitiva hace días que practica el español por mandato del Papa. Nadie sabe como él que compartir la lengua elimina cualquier frontera. Seminaristas se ocupan de las lecturas. El Papa bendice. Y el famoso (por esos días) estribillo de "Bienvenido mensajero del amor", autoría del Padre Jorge Martínez, resuena en la acústica catedralicia. Y termina el acto. El paso siguiente, antes de su retiro a la Nunciatura, donde se aloja, es una reunión en el Palacio Taranco donde lo esperan los cancilleres del Río de la Plata en una celebración de los arreglos del Beagle.

Como es habitual el Papa se despierta a las 4.30 en su primera mañana uruguaya. Se asea, acude a realizar sus oraciones a la capilla de la Nunciatura y por los ventanales de Bulevar Artigas, se oirán las oraciones y los cánticos de jóvenes católicos uruguayos que lo vivan en la calle. Juan Pablo II se reúne con el Presidente Sanguinetti en el Edificio Libertad, en el primero de varios encuentros. No se trasladará en el papamóvil hasta cuando se vaya del país. Ahora usa un coche blindado de la Presidencia. Entre los acompañantes del Papa a Montevideo figuran el Jefe de la Guardia suiza, algunos de sus miembros y personal de la curia vaticana. La lluvia que ha durado toda la noche y el inicio de la mañana, cesa, y se abre el cielo un poco antes de iniciarse la Misa Campal, prevista para las 9.30 en Tres cruces. El Papa utiliza la sacristía del Hospital Italiano, preparada especialmente, y sale por la entrada de Avenida Italia hacia el escenario donde se distribuye una multitud.

El altar ha sido montado justo delante de la flamante cruz y mira hacia el Edificio Libertad. Una tarima con varios escalones, una moquette gris y unos camineros rojos que se abren en todas las direcciones integran un articulado eje. El Papa se sienta en un antiguo sillón traído especialmente de Colonia de Sacramento. Al lado del altar están los dos ambones donde se proclaman las lecturas bíblicas. El altar se conserva ahora en el Cerrito de la Victoria. En primera fila están los obispos de las 10 diócesis, más varios auxiliares, invitados, y los que conforman el séquito. También tiene un lugar preferencial la colectividad polaca en el Uruguay. Cuando el Papa pasa delante de ellos se detendrá y surgirá un entrañable intercambio en polaco. También los pensionistas de Don Orione recibirán lugar y trato especiales.

DESDE ROMA. El Papa viene del Hospital Italiano vestido con sus atributos ornamentales, casi todos ellos han viajado desde Roma en una valija. Calza el alba hasta los pies, un cíngulo a la cintura, el palio que es una especie de franja de lana que portan los arzobispos, una estola blanca, la casulla roja, la espectacular mitra y el básculo pastoral. También en la valija han viajado varios cálices dorados que el Papa regala como recuerdo de sus misas. Es tradición que se cambie varias veces de solideo, el gorro blanco. El que se saca antes de dar la bendición está ahora junto a los tesoros que alberga la Virgen de los Treinta y Tres, en Florida. A continuación el Papa se coloca un solideo de cuero blanco confeccionado en Uruguay. Como en las próximas ocasiones el obispo local, en ese caso Gottardi, es el que le da la bienvenida. La misa, concelebrada, la imparte el Papa. Se calcula en más de 300 los religiosos presentes.

ENTUSIASMO. La multitud se extiende por Bulevar Artigas y ocupa los amplios espacios de Tres Cruces. El lugar resplandece de banderas blancas y amarillas. El himno inventado por el Padre Martínez es cantado espontáneamente por la gente. Un coro dirigido por él y otro coro del Sodre se hacen cargo de la parte coral. Y viene la comunión. Ostias preparadas por las hermanas carmelitas del Convento de Punta Rieles y las clarisas de Canelones, son llevadas por los sacerdotes en canastillas. El Papa da la comunión a 100 personas. El resto se hace de manos de los sacerdotes que caminan por los pasillos. El acto dura dos horas. Cuando el final se acerca la gente empieza a gritar "que no se vaya", "que se quede", "que vuelva". En ese momento sale a luz el famoso humor de Wojtyla. "Todavía no se ha ido. No se ha marchado todavía", les aclara.

Y finalmente se va hacia el Aeropuerto para continuar su viaje a la Argentina.

La segunda visita y la gira por el Interior

El segundo viaje de Karol Wojtyla comienza el 8 de mayo de 1988 a las 17 horas.

El papamóvil del Papa se dirige al Estadio Centenario que ha abierto sus puertas a las 13 horas. Lo espera una celebración, no una Misa Campal. Un encuentro con los religiosos y la grey uruguaya. El Papa irrumpe por la entrada de la Tribuna América. Gradas y campo están cubiertos de gente mientras en la noche brillan las bengalas. Hay un altar armado y aparece el Santísimo Sacramentos, la ostia consagrada. La trae Monseñor del Piazzo, Párroco de la Catedral, entonces. El Papa inciensa el sacramento e imparte la bendición. Sólo en la cancha hay 20.000 personas. Las banderas blancas y amarillas y el canto de Martínez, otra vez, entonan el encuentro.

Se aloja otra vez en la Nunciatura, pero antes lo espera un encuentro con la cultura en el Aula Magna de la Universidad Católica, remozada especialmente, donde otra vez se encontrarán con Sanguinetti y señora (lo hará de vuelta a la mañana siguiente en una visita a Suárez Chico), Adela Reta, políticos de los distintos partidos incluido Seregni, y diversos intelectuales. Es un espaldarazo explícito a la Universidad Dámaso Antonio Larrañaga.

AL INTERIOR. El 9 de mayo el Papa empieza sus viajes al interior. Viaja a Melo a bordo de un pequeño avión de la Fuerza Aérea. Los límites los establece el Aeropuerto de Cerro Largo. Un integrante de la comitiva ve el avión y pregunta entre alarmado y divertido: "¿Questo é l’areo?". Lo es y el viaje entre la Base No. 1 y Melo se desarrolla sin problemas, igual que el regreso. En el viaje lo acompaña un religioso que se le vuelve habitual: el Padre Ernesto Diano, actual Párroco de la Catedral Metropolitana, entonces párroco de la Parroquia de Malvín y un entendido en cuestiones litúrgicas. Diano lo conoció en el primer viaje y fue a Roma 7 días para arreglar detalles del segundo encuentro. En el viaje a Melo lo manda a llamar el secretario del Papa, el difícilmente pronunciable Stanislao Dziwicz, y le pide que le nombre varias veces la palabra Tacuarembó, integrantes de cuya diócesis estarán presentes en Cerro Largo. El Papa, que en Roma ha recibido casetes en quechua, aymará y guaraní, para saludos especiales que hará en estas lenguas en el resto latinoamericano del viaje, tiene problemas con la palabra Tacuarembó. Mientras vuela el Papa reza y prepara su próxima homilía. "Tacuarembó" le dirá Diano varias veces. Y dirá algo bastante parecido. Pero en polaco.

La Eucaristía y la Familia, la Cultura, el Trabajo, la Juventud y la Nueva Evangelización son los temas centrales del segundo viaje uruguayo. Otra vez no es una misa, sino una celebración. El encuentro se realiza en un descampado grande, del barrio de la Concordia, en las afueras de Melo, al lado de un establecimiento fabril. El que le da la bienvenida es el obispo local, Monseñor Roberto Cáceres, el único que durante los dos viajes se atreverá a saludarlo sin leer. Lo hace en voz alta, segura y muy expresiva. En determinado momento le dice a Wojtyla: "Ese edificio es el Frigorífico de Melo, que lamentablemente está cerrado". Atrapado en las palabras de Cáceres, el Papa se despega de la silla y se asoma a mirar la acusatoria ruina.

Será una jornada movida para el Santo Padre. El avión regresa a Montevideo con él a bordo, terminado el encuentro, y se produce una segunda cita esta vez en Florida. El Papa viaja en el coche blindado. El recorrido es por la Ruta 5. Al llegar al kilómetro 27, el Obispo de Canelones Oreste Nutti, le hace una observación y el Santo Padre hace detener el vehículo y bendice la imagen de la Virgen de Guadalupe, Patrona de México y de América Latina, que está a un costado del camino. En Florida lo esperan la misa en el Estadio Campeones Olímpicos y las ordenaciones sacerdotales. Son una veintena de jóvenes del clero diocesano y algunas órdenes religiosas. El Papa le pone las manos sobre la cabeza a cada uno de ellos y cuatro obispos que lo acompañan se encargan de la unción. El obispo de Florida, Raúl Scarrone, encabeza la ceremonia.

Lo que resta es el viaje a Salto del otro día. Se va en un Boeing 737 de Pluna que aterriza en el Aeropuerto Nuevas Hespérides. Es un nombre con abolengo griego. La misa se lleva a cabo en un predio grande, situado dentro del Parque Mattos Netto, que ha sido dotado de una construcción con un quincho de gran plasticismo. (Luego se incendiará). El que le da la bienvenida es el Obispo Monseñor Mendiharat, que debió vivir varios años exiliado en la Argentina durante la Dictadura. Como sucedió en Melo, acudieron muchos religiosos y fieles de la geografía de frontera. Así como a la Misa primera de Montevideo habían llegado trenes de AFE y centenares de ómnibus del interior. De regreso a Montevideo el Papa parte hacia Paraguay. No habrá una tercera vez.

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