Wilson

Sobre su vida mucho se ha dicho y escrito, pero siempre es posible extraer nuevas lecciones, a partir de la reinterpretación de su acción a la luz de la mudanza de las especiales circunstancias que rodean cada momento histórico.

La tragedia signó la vida de Wilson y truncó una carrera política que aparecía absolutamente nítida en la consideración de todos. No pudo obtener la Presidencia de la República en 1971; se impidió que fuera candidato en 1984, y la muerte lo encontró en el cenit de su liderazgo.

En la vida de Wilson hay muchas facetas y tiempos para recordar: el Legislador; el Ministro; el Dirigente político; el Fiscal de la Nación; pero, para nosotros la máxima expresión de su personalidad es el Wilson dirigente político, y su tiempo de mayor gloria es el de la apertura democrática.

Por el natural decurso del tiempo y por la mala voluntad de quienes pretenden reescribir la historia se desconocen —sobre todo en las nuevas generaciones— los momentos y circunstancias que rodearon aquellos años. La derrota del intento de reforma constitucional de 1980, el retorno de la vida partidaria en 1982, el proceso que, tras muchas idas y vueltas, culmina en el pacto del Club Naval: el acuerdo entre las Fuerzas Armadas y los partidos Colorado y Frente Amplio que, con la complicidad testimonial de la Unión Cívica, selló el destino de Wilson y del Partido Nacional.

Celebradas las elecciones y con una institucionalidad plena aún por nacer, Wilson desde la explanada municipal acuña el concepto de "gobernabilidad", comprometiendo ante el país la participación del Partido Nacional en la tarea de la consolidación democrática. Quien había estado en peligro de muerte; quien había estado exiliado, preso y proscripto; quien había dado impulso decisivo a las jornadas de 1980 y 1982, olvida sus dolores y tiende la mano al país y a sus adversarios fortaleciendo así la naciente democracia.

La gobernabilidad entrañaba el firme compromiso de hacer todos los esfuerzos posibles en aras de la consolidación de las instituciones democráticas, y de aventar toda posibilidad de futuros quiebres institucionales, los que hoy nos aparecen como algo lejano y remoto, pero que en aquellos años no solamente era algo factible, sino incluso por algunos deseado.

Ese proceso de asumir riesgos, responsabilidades y costos políticos tiene su máxima expresión en la Ley de Caducidad, que fue el instrumento idóneo hallado por Wilson para superar la encrucijada en que se encontraba nuestro país.

Por aquellos años era hasta natural que las Fuerzas Armadas, que renunciaban al poder en circunstancias bien diferentes a las de la vecina orilla, negasen toda posibilidad de juzgamiento de su actuación. Además, el tema había estado "sobrevolando" o "subyaciendo" en las conversaciones del Club Naval, al decir de algunos de los protagonistas. Con la Ley no se trató de bendecir conductas de por sí reprobables, sino de renunciar a algo en aras del interés superior de la paz de la República. En la difícil contraposición de valores, entre Justicia y Paz, Wilson elige la paz.

La valentía de asumir tamaña responsabilidad por parte de quien no solamente era un hombre de Derecho y un demócrata convencido, sino un hombre castigado y perseguido por la dictadura, fue sin duda un gesto de grandeza tal que coloca a Wilson entre los más grandes de nuestra Nación; pero más importante aun que su gesto de renunciamiento personal, es que a partir de la perspectiva que dan los casi veinte años transcurridos puede afirmarse que ni Wilson ni el pueblo se equivocaron.

Hoy, felizmente, estamos acostumbramos a que todo sea bien distinto.

Vivir en democracia nos es tan natural como respirar y ya existen generaciones que no conocen otro régimen.

Por todo ello a Wilson tenemos mucho que agradecer.

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