Cuando los museos buscan expandirse

| Los acervos artísticos más importantes del mundo tienen una firme política de divulgación

J. A.

En estos días se divulgó un hecho culturalmente alentador: dos grandes museos de Francia abrirán en breve sucursales fuera de París. El primero de ellos es el Louvre, que a un costo de 100 millones de dólares inaugurará otro Louvre en la ciudad de Lens, al norte de Francia, localidad elegida porque hasta el momento no ha sido sede de ninguna institución artística importante. Abrir una filial lejos de la capital es una manera de difundir entre la población provinciana el contacto con las artes visuales, pero en este caso es también una estrategia para poder exhibir parte de las enormes colecciones que guardan los museos importantes y que no pueden ser mostradas por razones de espacio, permaneciendo acumuladas en depósitos. De esa manera, el Louvre sigue la política de expansión que desde hace años ha puesto en práctica por ejemplo el Guggenheim de Nueva York, que como es notorio financió el Guggenheim de Bilbao (1997) pero dispone asimismo de otras filiales en Venecia, Berlín y Las Vegas. Ahora el Guggenheim tiene en estudio el proyecto de abrir nuevas sucursales en Brasil, México y China.

El otro caso es el Centro Pompidou —popularmente conocido como el Beaubourg— que invertirá 68 millones de dólares en una filial a inaugurarse en la ciudad de Metz, que dentro de poco estará unida a París por un tren de alta velocidad pero además está ubicada geográficamente en un punto muy apto para atraer público de Alemania, Bélgica y Luxemburgo. Cuando se habla de extenderse a través de sucursales para desahogar las colecciones de una sede central, debe saberse que el Pompidou tiene en su acervo parisino algo más de 55.000 obras, de las cuales solamente 1.300 se exponen regularmente. El modelo internacional que siguen estos dos museos franceses no es sólo el del Guggenheim sino también el de la Tate Gallery de Londres, una institución centenaria que se ha ampliado a través de una filial en Liverpool (1988) otra en la pequeña localidad de Saint Ives en Cornwall (1993) y abrió su segunda sede londinense de la Tate Modern, librada al público en el año 2000.

Cosa similar ha hecho el Museo de Boston, que hace cinco años habilitó una filial en la ciudad japonesa de Nagoya para exhibir una parte de su patrimonio, mientras el Museo Rodin de París ha firmado un acuerdo con el Museo Rodin de Salvador (Brasil) para que rote la colección entre una orilla y otra del Atlántico. Al margen de los beneficios de la divulgación, la apertura de sucursales puede ser un buen negocio apoyado a menudo por patrocinadores y auspiciantes, tanto empresariales como individuales: los museos franceses (excepto los municipales de la capital) son pagos, entrada a la cual debe sumarse la compra en sus tiendas de regalos y reproducciones, que suelen tener volúmenes de venta considerables. Con dicha recaudación se compensa una parte del presupuesto: al Louvre le importa particularmente ese detalle, porque últimamente gastó 20 millones de dólares en la renovación de su galería de mobiliario francés del siglo XVIII en el viejo palacio del centro de París.

Cuando se lee sobre esos planes de expansión y divulgación, el lector uruguayo puede entusiasmarse un poco pensando en el servicio artístico que podrían prestar algunos museos montevideanos si hubiera fondos para permitirles enviar partes de su acervo a localidades del interior donde el contacto de la gente con el arte visual es casi siempre muy limitado y a veces nulo. El establecimiento de una filial de esos centros capitalinos en otra capital departamental, o bien una gira temporaria que permitiera llevar una selección de obras a distintas ciudades, tendría un incalculable efecto sensibilizador, por no hablar del compromiso que debe asumir el Estado en materia de difusión cultural. Hay mucho por hacer en la materia a nivel nacional.

En Montevideo, por ejemplo, y gracias a la capacidad planificadora de sus respectivos directores, el Museo Nacional de Artes Visuales y el Museo Municipal Juan Manuel Blanes comparten sus muros, sus afanes de programación y su tiempo entre la exhibición de una parte de sus colecciones y la realización de muestras temporarias de origen local o internacional. Cabe preguntarse si no sería oportuno —aunque suene aventurado y hasta utópico— pensar en algún mecanismo para viabilizar la circulación de esas colecciones por el resto del país, empezando por Blanes, Sáez, Figari, Torres, Barradas, Cúneo, De Simone y algunos otros. De paso, y en tren de formular proyectos de futuro, no vendría nada mal racionalizar el acervo de esos y otros centros artísticos para ir acercándose a la creación de un museo de arte moderno, otro de arte contemporáneo y todavía otro de artes aplicadas, digamos.

Con los recursos que los organismos públicos suelen volcar en los espacios artísticos, toda esa posibilidad luce como una fantasía. Pero algún día se deberá empezar a tomar cartas en el asunto. Una ley debidamente reglamentada que exonerara del pago de impuestos a las empresas o particulares que hicieran donaciones de carácter cultural, acortaría un poco ese largo camino que se abre por delante.

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