S e anuncia una era de "dominó democrático. Uno tras otro, los países árabes de la zona renuncian a la tiranía. Parece que la democracia arraiga y se extiende por todo el Medio Oriente. Primero fue Afganistán. Más tarde se produjo el hermoso espectáculo de las elecciones iraquíes. A lo que siguió la pacífica elección de un gobierno palestino ¿el primero en toda su historia? comprometido con la búsqueda de paz con Israel. Los libaneses, simultáneamente, tras el asesinato del ex Primer Ministro, tomaron las calles para exigir el fin de la ocupación siria y el retorno de la democracia. El gobierno egipcio, por su parte, anunció la admisión del multipartidismo.
El espectáculo es alentador. Existe un claro elemento de contagio internacional. La imitación es una fuerza tremenda en el desarrollo de las tendencias históricas. En esa zona del mundo, en efecto, estamos al inicio de una ola democratizadora. El problema, no obstante, es que la democracia no es un fin sino un medio. No es un destino permanente, sino un método racional de tomar decisiones colectivas sin recurrir a la violencia. El método, incluso, puede ser utilizado estúpidamente para destruir a la propia democracia. Lo hicieron los alemanes y los italianos en la primera mitad del siglo XX, cuando eligieron a Hitler y Mussolini, y lo volvieron a hacer los venezolanos con la elección de Chávez en 1998. Incluso hoy, en Irán, el pueblo refrenda periódicamente en las urnas su gobierno tiránico de santones autoritarios.
Lo sustantivo, lo que hay que defender con las uñas, es la protección de los derechos individuales humanos y civiles, la separación de poderes, el respeto a las minorías, la existencia de un clima de tolerancia, la subordinación de gobernantes y gobernados a la autoridad de leyes justas, y la constante rendición de cuentas por parte de las personas seleccionadas para administrar los bienes y asuntos comunes. Ese es el espíritu que animó a los pensadores ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII cuando crearon los fundamentos ideológicos sobre los que luego se alzaron las repúblicas democráticas o en los que hoy descansan las modernas monarquías.
Pero ese modelo de Estado parido en Occidente, y luego exportado a regiones tan alejadas y distintas como Japón o Bostwana, tiene un talón de Aquiles: se trata de una estructura muy débil que solamente subsiste cuando el conjunto de la sociedad percibe que sirve a los fines particulares de los ciudadanos. En otras palabras: el modelo democrático occidental sólo se mantiene si genera riqueza y seguridad, si las personas ven el futuro con cierta ilusión, y si quienes han sido designados para administrar el Estado son capaces de implementar políticas públicas que beneficien a las mayorías y propendan al progreso. Cuando, por un tiempo prolongado, las sociedades viven en medio del fracaso económico, la violencia, el desorden político y la mala administración pública, se olvidan del discurso democrático y comienzan a pedir la mano dura de un tirano que les devuelva la calma.
La melancólica conclusión a que conducen estas reflexiones es obvia: votar libremente no es el fin del camino, sino apenas el principio. Estados Unidos puede poner en marcha una ola que se extienda como un tsunami democrático en el Medio Oriente, y eso es conveniente, pero si el resto de los elementos que hacen falta para consolidar un exitoso Estado de derecho no están en su sitio, dentro de pocos años, a lomo de las frustraciones, habrán regresado los peores tiranos y estaremos en el punto de partida.
Hay varios ejemplos que avalan este cauto pesimismo. A partir de los años sesenta del siglo pasado, cuando Africa fue descolonizada, los poderes imperiales europeos, en general, celebraron elecciones y les entregaron la autoridad a líderes aparentemente comprometidos con la democracia. Pero fue inútil: poco tiempo después el continente negro estaba lleno de repugnantes dictaduras militares que, en medio de la mayor corrupción y violencia, conducían a sus pueblos a espantosas guerras tribales.
En América Latina, a otra escala, hoy sucede algo parecido. Desde mediados de la década de los ochenta, con el fin de las dictaduras militares en Brasil, Uruguay y Argentina, seguido de la derrota en las urnas de Pinochet y de los sandinistas nicaragüenses, resultaba evidente que se vivía un episodio de "dominó democrático". Una generación más tarde el panorama es el opuesto: una ola populista, con claros signos antidemocráticos, barre el continente de una punta a la otra. ¿Por qué? Porque el modelo occidental ¿brutalmente adulterado?, salvo en el emblemático caso de Chile, no dio los resultados prometidos. En el Medio Oriente no hay que echar las campanas a vuelo. Es sólo el pistoletazo de salida.
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