Realismo mágico en el Zorrilla

| El uruguayo presenta la serie "Del registro al enigma", 17 retratos de gran factura

J.A.

Mañana a las 20 horas en el Museo Zorrilla (en Punta Carretas, calle José Luis Zorrilla de San Martín 96) se inaugura una exposición de pintura de José Trujillo titulada Del registro al enigma, integrada por diecisiete obras de su producción reciente. En esos trabajos figura gente que duerme o que lee sentada en un sillón, sencillamente. Los retratos de Trujillo reproducen con destreza a sus modelos y describen con pormenores secundarios el espacio que los rodea, pero por alguna razón imponderable no quedan amarrados al naturalismo de una recreación. Un aire de realismo mágico flota sobre esas estampas que dejan de ser domésticas para pasar —impalpablemente— al territorio subjetivo, como si esos seres no se hubieran relacionado con el pintor a través del acto de posar sino que el abordaje se hubiera producido mediante el ensueño. El resultado y su atmósfera sólo pueden atribuirse a la sensibilidad de Trujillo, que aplica su oficio y su intuición para lograr algo más que duplicar las figuras y los objetos que está viendo. Algo similar (esa suerte de tránsito donde el relato de cosas visibles avanza hacia un campo quizás onírico y seguramente poético) puede ocurrir en otras áreas expresivas cuando el artista dispone de un lenguaje capaz de transfigurar el motivo elegido: el cine de Bresson muestra individuos comunes en sitios comunes enfrentando situaciones comunes, y sin embargo esos cuadros son elevados —sin que se sepa cómo— hacia niveles de abstracción y de valor casi metafísico. El teatro de Pinter presenta personajes comunes en diálogos y encuentros comunes, pero cierto despojamiento, ciertas elipsis, ciertos pliegues de significado consiguen que ese marco pierda su condición real y se convierta en el umbral de otros terrenos, donde las cosas ya no son como se las ve sino como las filtra una mirada interior que de algún modo las trasciende, igual que si las atravesara.

Cosas como esas suceden cuando el artista no se propone alcanzarlas sino que las maneja guiado por el instinto, de la única manera en que puede o sabe hacerlo: en esos casos, de pronto el artista no es consciente de lo que alcanza a transparentar pero de cualquier manera llega a manejar esos tamices como si fueran deliberados. Con toda probabilidad no lo son sino que surgen solos, configurando —en la desembocadura de esos caminos de lenguaje que progresan "a ciegas"— un sello envidiable que es el estilo personal, ese privilegio indefinible del que no todo el mundo dispone aunque se lo proponga: no todos los que pintan ni todos los que filman ni todos los que escriben para la escena logran organizar esos datos visuales o sonoros, esas cualidades expresivas, esa gramática secreta y esos componentes de un paisaje como para que el resultado asuma la unidad y el acuerdo cabal a través de los cuales se llega a la empinada meseta del estilo.

Algo similar ocurre con los autorretratos de Trujillo, que se reiteran obsesivamente como si nunca quedara satisfecho de la cualidad radiográfica que les impone. Pueden ser dibujos resueltos con el aéreo ademán del pincel, pueden ser pinturas de cromatismo severo y diagrama casi convencional —el artista sentado delante de su tela, empuñando las herramientas del oficio— pero puede ser de pronto una efigie frontal, envuelta en un oscuro sobretodo sobre el cual domina una mano abierta que brilla sobre esa superficie negra, como un Greco democratizado por este siglo XXI. Y hasta puede ser que el pintor de cuerpo entero asome apenas desde una segunda tela que está incluída lateralmente en la composición, cuyas protagonistas son dos mujeres desnudas sobre una azotea, en primer plano. También esos desdoblamientos integran el cauce un poco mágico de Trujillo, que hace años había dedicado una de sus mejores series al panorama desolado —y vacío, de temible uniformidad— de los techos de una ciudad, donde la presencia del hombre se había borrado por completo.

Ahora los hombres y mujeres han vuelto, compareciendo en los trabajos recientes de Trujillo como pobladores de su mundo íntimo, que pestañea sobre las cosas exteriores sin dejarse invadir del todo por ellas. El efecto seductor que el artista puede ejercer sobre el contemplador de su obra, no es un hecho casual: es el resultado de décadas de tarea constante, para vivir las cuales Trujillo ha optado por mantener una existencia retirada y discreta, cuyos frutos están a la vista y son dignos de esa disciplina.

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