Aunque su uso cotidiano nos hace subestimar su importancia, el lenguaje es parte esencial de nuestras vidas. Está presente en casi todos nuestros actos. Resulta esencial para la socialización, la vida en comunidad, las relaciones interpersonales, nuestro crecimiento personal, y podríamos seguir agregando situaciones. No cabe duda de que sin el idioma la comunicación es imposible. Empleamos algo más del 70% de nuestra actividad comunicándonos —escuchando, hablando, leyendo, escribiendo—, etc. En sentido genérico, debemos aceptar que la comunicación es el acto de compartir significados, y el lenguaje la herramienta para lograrlo. Utilizamos un código, basado en símbolos y una determinada forma de usarlos. Este trabajo lo realiza el que envía el mensaje. El destinatario del mismo lo decodifica; lo traduce para que tenga sentido. Por lo tanto, cualquiera de las palabras utilizadas tiene que tener el mismo significado para ambas personas, así como la combinación deliberada de las mismas, de lo contrario la comunicación fallará. Como vemos, los significados no están en los mensajes; los significados se aprenden. Entonces, la comunicación no consiste en la transmisión de significados sino de mensajes. Cuando usamos el lenguaje lo hacemos con una intencionalidad: la de producir una respuesta. Por ello decimos que el uso del lenguaje es un proceso participativo —de comprensión mutua— y multidireccional. Dicho esto, no debemos esforzarnos en subrayar lo importante que resulta hacer un correcto y buen uso del idioma. Entramos así en un terreno resbaladizo y polémico pues, tiene que ver con el nivel educativo de las familias, con la calidad de la enseñanza que recibe la población, con el rigor idiomático practicado en los medios masivos de comunicación. Cuando hablamos de hacer un correcto y un buen uso del castellano desde luego no estamos pensando en recurrir a un vocabulario exhaustivo, o a utilizar palabras difíciles y frases rebuscadas. Sino a ser efectivos en el uso de esta maravillosa herramienta de comunicación. Para lograrlo la receta es simple, utilizar el lenguaje de manera clara y sencilla. Si no simplificamos el lenguaje usado seguramente no tendremos éxito en nuestro intento comunicacional. Al mismo tiempo, cada lengua constituye un valor cultural de primer orden, no solamente del pueblo que la habla sino de la humanidad. Tenemos el privilegio de poseer el castellano, el tercer idioma más hablado del mundo. Eso le asegura permanencia, vitalidad y estar expuesto a un proceso continuo de enriquecimiento. La existencia de la Real Academia Española (RAE) es una de las estrategias más serias para que así ocurra. Pero, existen otras, igualmente valiosas, que contribuyen con el buen uso del idioma a distintos niveles. En ese sentido, es un clásico el Libro de Estilo del diario El País de Madrid surgido en 1977, para mejorar la redacción, disipar dudas, eliminar ambigüedades en el uso del castellano. El gran favorecido es el público lector. Hace una semana se presentó en la capital española, la flamante Fundación del Español Urgente (Fundeu), promovida por Agencia EFE y Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) y respaldada por la RAE. Su objetivo primario es ayudar a los medios de comunicación en castellano, a resolver dudas lingüísticas y terminológicas. Actuará como una consultoría de intervención veloz ante cualquier dificultad planteada en el uso de la lengua. Su encomiable misión es cuidar el idioma y contribuir a su prestigio internacional. En tiempos en que los medios influyen tanto en la sociedad, nos parece excelente la materialización de iniciativas de esta naturaleza.