j. A.
Noticias que llegan de Londres informan del proyecto cinematográfico que impulsa Tarquin Olivier. Ese libretista y productor, según dice el periódico Daily Express, prepara desde hace tres años el guión para una película biográfica sobre su padre Laurence Olivier y la más famosa de las tres mujeres que tuvo el actor, Vivien Leigh. El riesgo mayúsculo de semejante plan consiste en elegir a quienes sean capaces de encarnar ante las cámaras a esos dos ejemplares fuera de serie: se necesitará un actor dotado para reproducir la heroica presencia de Olivier en teatro y cine, pero asimismo una actriz en que se refleje algo de la hermosura, la delicadeza y el temperamento de Miss Leigh. Lo malo de esas grandes personalidades del pasado es que son irrepetibles: desdoblarlas en la cara de otros intérpretes ya es una manera de traicionar su recuerdo. Pero el proyecto de Olivier hijo es de todas maneras interesante y desde ya parece tentador para admiradores veteranos que hayan seguido las trayectorias de la ilustre pareja durante los años 30, 40 y 50, aunque también para un público de hoy que —en el mejor de los casos— contempla a esas luminarias de ayer como reliquias históricas.
En la película no habrá más remedio que evocar la carrera de ambos en teatro y en cine, donde Olivier se convirtió en estrella gracias a películas norteamericanas (Cumbres borrascosas) y británicas que no sólo protagonizó sino que también dirigió (Enrique V, Hamlet), mientras Vivien subía a la fama mundial (Lo que el viento se llevó) y redoblaba su prestigio con otros títulos (Un tranvía llamado deseo). Pero lo que se propone Tarquin es además describir la vida privada de esos dos: Olivier estaba casado en primeras nupcias con la actriz Jill Esmond (que fue madre de Tarquin en 1936) y Vivien tenía su propio marido (Herbert Leigh Holman) cuando se conocieron filmando Fuego sobre Inglaterra y Tres semanas juntos. Allí se enamoraron y emprendieron una relación que culminaría en 1940 con un matrimonio que duraría veinte años, hasta el divorcio en 1960.
Esa vida en común no fue fácil, porque en 1945 Vivien tuvo un aborto que la trastornó, momento a partir del cual comenzó a sufrir problemas mentales que sometieron a Olivier a padecimientos y humillaciones públicas mientras se alteraba la actividad de ella en teatro (Tito Andrónico) y cine (La furia de Ceylán, 1953, cuyo rodaje debió abandonar). Luego de la separación, Olivier rehizo su vida conyugal con Joan Plowright, de la que tendría otros tres hijos a lo largo de dos décadas y media de placidez doméstica, hasta su fallecimiento en 1989. La divina Leigh, en cambio, murió prematuramente en 1967 de tuberculosis crónica, a una altura en que sus alteraciones se habían agudizado y su carrera había tenido un notorio declive.
Ahora se sabe que Tarquin presenció en su juventud algunas escenas perturbadoras de la pareja Olivier-Leigh mientras visitaba a su padre durante fines de semana en el campo: en declaraciones recientes, ese hijo señaló que Laurence soportó los problemas mentales de Vivien "con paciencia y lealtad extraordinarias". De hecho, cuando ella murió en Londres, Olivier se encontraba internado luego de una grave operación de cáncer pero abandonó el hospital contra toda advertencia médica para estar presente en el velorio y el funeral de su ex-mujer. Quienes guarden en la memoria la imborrable imagen de Olivier y Leigh en la pantalla —quizá la que ofrecieron juntos como pareja romántica de Lady Hamilton, hace 63 años— pueden sentir desde ya la expectativa que provoca esta anunciada resurrección que llevará la firma de otro Olivier.
HISTORIAS. Nacido en 1907, hijo de un severísimo pastor anglicano, Laurence se formó para el teatro desde niño, debutó en cine en 1930, aspiró dos años después a ser el galán de Greta Garbo en Reina Cristina, fue rechazado por esa diva (que lo encontró aparatoso y teatral), perseveró en la escena y la pantalla de Gran Bretaña, se cruzó con Vivien y volió a Hollywood en 1938 para hacer con William Wyler Cumbres borrascosas, éxito a partir del cual la industria volvió a elegirlo para Rebecca de Hitchcock, para Orgullo y prejuicio sobre Jane Austen y para una epopeya propagandística en esos años de guerra mundial (That Hamilton Woman) que Alexander Korda rodó con bombos y platillos.
Pero la vertiente central en esa carrera era el teatro clásico (y su trasplante al cine) como quedó probado en lo que hizo Olivier desde 1944, hasta una culminación en el Ricardo III (1956) que tenía un reparto inigualado. La fama del actor, empero, lo llevó a hacer otras cosas (dramones con Wyler, como Destino de dos vidas, comedias con Marilyn, como El príncipe y la corista, superproducciones romanas con Kubrick, como Espartaco). El esplendor de Olivier en la pantalla resucitaría en 1960, cuando se adaptó The Entertainer de John Osborne (que se llamaría Imprevisto pasional y contenía la mayor hazaña histriónica del actor).
En los años que siguieron, hizo cosas en cine que no se estrenaron en Montevideo (desde un aclamado Othello junto a Maggie Smith hasta una memorable Danza macabra de Strindberg) pero se internó asimismo en una larga hilera de papeles de carácter (El Mahdi en Khartoum, el oficial en La batalla de Inglaterra) que proseguirían hasta su muerte con apariciones episódicas en otros títulos (Nicolás y Alejandra, David Copperfield) y con dos momentos de valor que fueron sus últimos aportes perdurables al cine: Sleuth juego mortal (1972, con Michael Caine) y Maratón de la muerte (1976, con Dustin Hoffman) en un papel de torturador nazi dibujado como una filigrana. Lamentablemente, en estas latitudes meridionales no han podido verse algunos Shakespeares que Olivier filmó en el tramo final de su carrera: El mercader de Venecia (1974) y Rey Lear (1983), que tuvieron empinados elogios para su labor.
Vivien Leigh se llamó Vivian (con "a") Hartley cuando nació en Darjeeling (India) en 1913, pero adoptó como apellido artístico el de su primer marido cuando debutó en cine hacia 1934, con un papelito de alumna de escuela del que saltó a su etapa como luminosa dama joven, que culminaría en 1938 con Calles de Londres, en la que tenía el doble apoyo de colegas brillantes (Charles Laughton, Rex Harrison). Su primera aparición en cine norteamericano fue ese mismo año en Un yanqui en Oxford, junto a Robert Taylor, pero Vivien no sabía que a los pocos meses David O. Selznick la elegiría para el papel de Scarlett O’Hara, imagen que resultaría inseparable de la actriz hasta el fin de su vida. Como era tan bella, Vivien fue la heroína casi angelical de El puente de Waterloo (también con Taylor), pero luego de la guerra no tuvo en el cine inglés demasiada fortuna.
En efecto: hizo con Claude Rains la temible versión cinematográfica de César y Cleopatra de Bernard Shaw (1945) y tres años después fue la Anna Karenina de Julien Duvivier, que funcionaba precariamente a pesar del Karenin de Ralph Richardson. Pero la fortuna en cine volvió para ella cuando Olivia de Havilland rechazó el papel de Blanche Du Bois en Un tranvía llamado deseo y se lo ofrecieron a ella, que había protagonizado la obra cuando se estrenó en Londres en 1948. Fue un canto de cisne, que entre otras cosas le permitió obtener un segundo Oscar de la Academia, porque después sólo hubo tres películas menores en que ni siquiera pudo imponer el res- plandor de su estampa: El mar profundo y azul, Primavera romana y La nave del mal, donde su personaje de divorciada solitaria y neurótica, con arranques de violencia, era involuntariamente autobiográfico.
Por el camino, claro está, Vivien mantuvo su carrera en teatro y allí alcanzó alguna aclamación, como la que acompañó el doble programa que hizo con Olivier en 1951 y 1952 entre Londres y Nueva York, turnando según los días Antonio y Cleopatra de Shakespeare con César y Cleopatra de Shaw. Sin embargo ella estuvo siempre insatisfecha con su rendimiento como actriz, quizá porque durante veinte años convivió con un feroz competidor como Olivier. La vida de ambos fue menos idílica de lo que mostraban las revistas de la época.