DESDE una mesa de trabajo en Montevideo, se puede llevar la siesta de enero con la cabeza ocupada. Este mes de inactividad que no es absoluta pero que igual es costumbre generalizada, es un buen tiempo para la reflexión. Por eso ante el compromiso enfático de cambio tan sustancial que hemos recibido de quienes se aprestan a gobernarnos, como un mero ejercicio vamos a plantearnos dos interrogantes que hacen a su viabilidad teórica y también práctica.
La primera interrogante es la de qué país queremos los uruguayos. Will Durand, en sus "Lecciones de Historia" que sintetiza cinco mil años, dice algo de lo que no nos debemos olvidar nunca: "Nada es más manifiesto en la historia que la adopción por parte de los rebeldes triunfadores de los métodos que condenaban en las fuerzas que derrocaron". Transplantemos el recuerdo y esperemos a lo que va a pasar.
ANTIGUAMENTE, cultos paganos y credos cristianos sostenían que los soberanos terrenales estaban nombrados y protegidos por los dioses. Así los Estados agradecidos compartían sus tierras y rentas con sacerdotes. Hoy el lugar de los sacerdotes lo ocupan los economistas, sumos sacerdotes de las finanzas (no tanto de la economía) que en su afán de profundidad de análisis van más allá de la realidad misma cubriendo la desnuda verdad económica con la hoja de parra de una estadística. Lo que pasa es que nadie se pregunta qué país queremos.
En tiempos de Diocleciano para sostener una burocracia aplastante de funcionarios, soldados, tribunales, obra pública y socorros al desocupado, los impuestos aumentaron tanto que los hombres perdieron todo estímulo al trabajo, y se libró una pugna corrosiva entre abogados especialistas en eludir los gravámenes y abogados que legislaban para impedir la evasión. Cambiemos abogados por contadores y socorro por plan de emergencia, agreguemos dos ceros, y comprobaremos que dos mil años no son nada.
PERO contestando la pregunta seguramente coincidiríamos todos en que queremos un país que pulse menos, que no tenga concentraciones de riquezas tan profundas como para que se haga imposible vivir aún para los ricos, en donde el Estado, que tiene nuestros instintos, afán adquisitivo y orgullo, sin nuestros frenos, no ahogue tanto al extremo de paralizar la inversión. Parece fácil, ¿verdad? Pero aquí tenemos el dudoso honor de haber aplicado cuanta tilinguería económica estuvo de moda en el mundo. Entonces las grandes industrias que todos quieren atraer, aquí o cerraron o se fueron y nadie preguntó por qué. Tenemos una de las tasas de inversión más bajas del mundo, tuvimos cuatro años de recesión continua que terminaron en una crisis monstruosa, motivada en el fondo porque nadie creía en "el modelo". Argentina sólo fue una mecha —y de seis meses—de una pólvora de acumulación más antigua y la mecha de Brasil tenía tres años.
Es hora de aprender que la gente no actúa por lo que pasó, por lo que pasa y menos aún por lo que le dicen que va a pasar. Por más que la relación deuda/ PBI mejoró, algunos leen que la deuda no bajó, sino que subió, pero que aumentó más el denominador, o sea el PBI medido en dólares, no porque aumentó la producción sino porque el dólar bajó su precio. Así ¿se puede hablar de estabilidad?
LOS servicios de la deuda van a ir aumentando porque aumentará la tasa de interés en dólares. Habría que aprovechar la coyuntura, mantener la divisa a un precio razonable, y que el gobierno se haga de dólares que necesita para atender la deuda, en lugar de endeudarnos más. Y sin embargo el país hoy tiene un escenario muy favorable para aprovechar. En lo externo, precios excelentes para productos del agro, una devaluación del dólar que afloja la presión de la deuda, una muy justa imagen internacional de un buen manejo de la crisis que puede posibilitar ralentizar los pagos de la deuda e invertir el ahorro en cambios impostergables. En lo interno, se sabe que el 2005 será un buen año que permitirá, por poco tiempo pero permitirá, introducir algunos cambios estructurales de verdad, como políticas económicas de mediano y largo plazo comprometidas con la producción y no sólo con las finanzas estatales.
Pero... cuidado con otra tilinguería, como la de que el "ancla" debe ser una inflación entre 6 y 8% y todo lo demás, valor del dólar, nivel de actividad, ocupación, salario real, debe ajustarse al ancla. También es hora de haber aprendido que la inflación de costos estructurales —que es la nuestra, en donde a nadie le sobra un peso— no se combate con instrumentos monetarios, y que no es causa de los males, sino consecuencia. Es la forma que tiene la economía para decirle al Ministro de turno que no tiene crédito externo para financiar lo que se gasta de más. Y no podemos darnos el lujo de perder esta oportunidad que la suerte le dio al nuevo gobierno. Por lo pronto esta promoción de acuerdos de política de Estado en economía, educación y relaciones exteriores debe tener en cuenta no sólo a las minorías que son los partidos políticos. Se impone la presencia de la mayoría y tener en cuenta a los actores sociales.
LA segunda pregunta es hacia dónde vamos. Tofler nos habla de tres olas que no son secuenciales sino coexistentes y que interactúan entre sí. La agricultura, la industrialización y la tecnología y hay que orientarse a los productos de las tres. Si no es así, la gente que se dedica a esos productos desaparece, migra a trabajos inferiores (de capataz de industria a portero de apartamento) o de país también a trabajos inferiores, o del campo al cinturón urbano. Y puede ocurrir que los que se quedaron, los que perdieron el trabajo, la empresa, o los ahorros, se constituyan en mayoría y le pasen la factura a quien se despierta de golpe y porrazo con sólo un diez por ciento del electorado.
Estos problemas no los tienen los países desarrollados porque explotan al máximo los tres tipos de actividades y retienen a la gente trabajando en las mismas incorporando tecnología aplicada. Cada uno defiende con uñas y dientes su producción. El 90% de los autos en Francia son franceses, en Alemania son alemanes y así sucesivamente se pueden agregar desde los aviones a los pollos pasando por las aceitunas y el aceite de oliva a griegos o españoles. ¿Proteccionismo? ¿O más bien equilibrio social?
EL nuestro es un país chico sin gente y sin mercado, pero no podemos vivir sin trabajar. Hay que producir para exportar —vaya novedad— y si es posible dominar algunos huecos del mercado, que los que saben habrán de encontrarlos.
Para terminar, una modesta pregunta. Las actividades en zona franca se han desarrollado para captar ventajas competitivas de Uruguay. Es un buen modelo de promoción. Hay industrias que se quieren instalar en ese régimen. ¿Por qué limitarlas poniéndoles alambrado?
Y detengámonos por ahora aquí con la esperanza que algo de lo expuesto se pueda rescatar, para que algo cambie y no precisamente a lo gatopardo.