LO que ocurrió en el boliche República de Cromagnon del barrio porteño de Once permite recordar otras situaciones similares que golpean a estos países meridionales. El denominador común de esas situaciones es la imprevisión y la llegada del remedio cuando la calamidad ya se produjo. Uno de esos casos ha sido durante años la violencia doméstica contra la mujer, episodios ante los cuales la autoridad no siempre toma medidas aunque se produzcan denuncias reiteradas. Esas medidas son adoptadas recién cuando tiene lugar un hecho de sangre, a menudo acompañado de la muerte de la víctima.
EN el desastre provocado por el fuego dentro de aquella discoteca de Buenos Aires, ocurrió algo similar: el local funcionaba en condiciones irregulares, incluido un revestimiento del techo cuyos materiales plásticos eran un peligro letal. Sin embargo no hubo inspecciones que tomaran nota de ese riesgo y clausuraran el local, como correspondía, pero tampoco se inspeccionaba el acceso del público en un espacio que tenía capacidad autorizada para poco más de mil espectadores y sin embargo en la noche fatal albergaba tres veces más.
Claro que el caso de República de Cromagnon no es un hecho aislado: muchos otros locales de giro similar sufren irregularidades parecidas y, por razones que deberían conocerse, las autoridades competentes no toman las medidas de rigor que podrían salvar tantas vidas antes de que sea tarde.
Claro que, acosadas ahora por el escándalo, toman esas medidas después de la catástrofe, como sucede en numerosos casos de violencia doméstica en esta otra orilla del Río de la Plata. Quizá por eso se llega al extremo de que una mujer amenazada deba terminar por ultimar personalmente al cónyuge que la asedia y salvarse así de un riesgo de muerte que la policía no supo (o no pudo) neutralizar a tiempo.
EN el episodio porteño, las mismas autoridades que previamente toleraron un funcionamiento que derivó en tragedia, montan ahora operativos de inspección grandiosos y prohíben temporariamente el funcionamiento de las discotecas hasta que se restablezca el cumplimiento de toda la reglamentación al respecto. Más vale tarde que nunca, podría decirse, porque las medidas resueltas por la Municipalidad de la capital argentina podrán en adelante evitar masacres como la de República de Cromagnon, pero con cierta exigencia puede también razonarse que la destrucción de ese local debió haberse evitado con la aplicación de una supervisión más severa.
CIENTO ochenta muertos, sumados a más de setecientos heridos, fue el saldo del incendio provocado por el disparo de unas bengalas encendidas por tres irresponsables que así se convirtieron en criminales. Prender esos cohetes fue un hecho que integra el catálogo de enardecimiento juvenil desencadenado por la actuación de algunos grupos de rock (como Callejeros en la noche trágica) porque sólo así puede explicarse que alguien cometa imprudencias espeluznantes como la señalada, a pesar de que la concurrencia era cacheada en el ingreso para impedir que llevara elementos de pirotecnia, precisamente. Lo aterrador no fue sólo ese gesto: fue también algún otro rasgo del funcionamiento de la discoteca, como el de mantener una guardería en uno de los baños donde se cuidaban bebés mientras sus progenitores asistían al concierto. Esos bebés —ocho, al parecer— también murieron en el incendio.
Inaugurada el 10 de abril del año pasado, República de Cromagnon disponía de un espacio principal de 35 x 30 metros, más un escenario de 14 metros de ancho. Allí se mantuvo durante meses una copiosa actividad, con públicos masivos que se apretujaban en esas instalaciones totalizando una masa mucho mayor que la capacidad admisible.
COMO parte de los rigores que a menudo se aplican cuando ya es tarde, uno de los propietarios de la discoteca está preso y procesado por "homicidio y lesiones culposas" mientras se investiga si los tres muchachos señalados como culpables de disparar las bengalas figuran entre los heridos (o aún entre los muertos) después del espanto. El dueño del local, que también posee la enorme discoteca Cemento, en San Telmo, se había retirado de República de Cromagnon una hora antes del comienzo del espectáculo. Ahora figura en primer plano entre los personajes (incluido el jefe del Gobierno de la Ciudad) a quienes se apunta como responsables de un episodio tan mortífero y en el fondo tan imperdonable.
Futuro alternativo
Los grandes problemas ambientales siempre traen implícitas enseñanzas no siempre visibles. Aunque a veces se las ignora de manera deliberada. La agresiva conducta que está demostrando el clima del planeta, a través de letales olas de calor, huracanes inusualmente violentos, inundaciones inesperadas por excesos de precipitaciones en unas regiones, mientras que en otras se extienden las hambrunas a causa de la falta de lluvias, resulta demasiado notoria como para obviarla.
Las medidas de mitigación que se proponen, discuten y negocian son sólo paliativas. El problema de fondo tiene que ver con el estilo de vida y el modelo de desarrollo imperantes. ¿Son sostenibles? ¿Qué pasaría si la humanidad atravesara una época de generalizada prosperidad económica y la inmensa mayoría de las familias adquirieran un significativo poder adquisitivo? Casi de inmediato quedaría en evidencia que no es posible tal grado de consumo y derroche de energía, recursos naturales y alimentos.
Al mismo tiempo que encaramos soluciones urgentes y puntuales —como lo venimos haciendo desde hace tanto tiempo—, debemos entrar en una etapa madura de discusión de un futuro alternativo para la humanidad. Hay que discutir los aspectos éticos y morales de nuestro actual estilo de vida y del que aspiramos alcanzar; hay que revisar los derechos humanos para incluir algunos ausentes como el derecho a vivir en un ambiente sano que permita el pleno desenvolvimiento de la persona. Por incómodas que resulten estas etapas en la construcción de la sociedad, no debemos postergarlas más tiempo.