Algunas confusiones

Algunas confusiones típicas de la cultura moderna, aquella que florece en los países centrales de occidente, han llegado a este lejano rincón de su periferia. Una de ellas es la que confunde público con estatal y cree que lo individual es y será siempre privado.

Esta lamentable confusión conceptual se genera por la creciente desarticulación y distancia entre la vida pública y la vida privada. Hoy, en cuanto a experiencia colectiva, tenemos la sensación de que hay un aumento de la libertad individual que va junto con un incremento de la impotencia colectiva. Las preocupaciones privadas no encuentran una forma eficaz de convertirse en causas públicas. Al no encontrar formas claras y permanentes de aproximar lo privado con lo público, los problemas, los reclamos, las quejas, nunca llegan a formalizarse en asuntos colectivos. Pongo un ejemplo de estos días: el caso Maykol. Un jovencito es desatendido hasta el extremo de perder la vida y una madre, llena de dolor y de coraje, busca reparación. Pero no ha pasado a ser un asunto general, a pesar de que la desatención médica es una falla del sistema que afecta, en mayor o menor grado, a mucha gente todos los días.

El espacio cívico, tal como lo explica Zygmunt Bauman, ese espacio donde pueden nacer y cobrar forma ideas tales como el bien público o la sociedad justa, es hoy día un espacio casi vacío. Un siglo atrás —sigue diciendo Bauman— "la fórmula política del liberalismo era la ideología desafiante y audaz del gran salto hacia adelante. Hoy es tan sólo una disculpa de su derrota; éste no es el mejor de los mundos posibles sino el único que hay: las otras alternativas simplemente son peores. Si se desea descubrir el origen de la creciente apatía política no es necesario buscar más allá. Esta política premia y promueve el conformismo y conformarse es algo que bien puede hacer uno solo. ¿Para qué necesitamos la política?"

Las instituciones políticas en general ofrecen poco atractivo —más allá de los motivos locales de desencanto que podemos encontrar hoy los uruguayos— en la medida en que en un mundo globalizado, gran parte del poder queda fuera de la política: sus instituciones no pueden hacer gran cosa. Mientras el capital circula por todos lados la política sigue siendo un asunto local. La velocidad de ese movimiento hace que el poder real sea extraterritorial. Según Bauman, la sensación de incertidumbre y de falta de seguridad que ahoga a las sociedades modernas proviene de esta fuente y no de que haya muchos rateros sueltos.

La tarea de hoy —tarea política y social— es procurar que se restablezca la traducción de privado a público. Para ello es menester convencer a la gente, al ciudadano común, que la libertad individual sólo puede ser producto del trabajo colectivo, sólo puede ser conseguida y garantizada colectivamente. Lo mismo se diga de la defensa de los derechos individuales. Las sociedades modernas en general, pero estoy pensando en nuestra sociedad uruguaya actual, deben volver a preocuparse por la estructuración de la vida social en torno al esfuerzo por el bien público y no dejar a los individuos la apertura sin límites para la satisfacción individual como única meta.

El ámbito político se ha tornado vacío y eso hace que los espacios públicos se hayan tornado peligrosos e intransitables. La libertad duradera será posible sólo con la recuperación de ambos. Esto lo tendría que comprender tanto el habitante del Borro como el habitante del barrio residencial cerrado porque toca la vida de ambos.

En nuestro país la cosa se complica porque, por un lado recibimos desde aquellos centros mundiales ese mensaje cultural hedonista e individualista, pero por otro lado localmente cargamos con la versión vernácula de la confusión conceptual que nos entrevera lo público con lo estatal y lo individual con lo privado. La carga heredada proviene de un batllismo agónico que sigue operando culturalmente y que, probablemente, se potencie más con el triunfo electoral del Frente Amplio, que para muchos aparece como el camino oblicuo para recuperar el mapa de la herencia enterrada.

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