Giovanni Sartori* publicó en "Clarín" de Buenos Aires, un breve ensayo titulado "¿Tiene futuro la democracia?"
El estudio cae de medida, visto alguno de los problemas actuales que asedian a la República Oriental del Uruguay. Una síntesis con mínimas aclaraciones entre paréntesis puede resultar útil ad usum uruguayensis.
Sartori empieza modestamente:
—Esta disertación deriva, tanto en su título como en su inspiración, de la colección de escritos de Norberto Bobbio, "El futuro de la democracia".
Me pregunto si la democracia tiene futuro, cuando observo que nuestro cerebro resulta cada vez más pequeño (cada vez más limitado, más distraído) para abarcar la cosa pública que se hace más y más gigantesca (y más llena de intereses inconfesables).
Están faltando ideas (generales) que sean un producto terminado de la razón. Faltan ideas auténticas, serias; ideas capaces de enriquecer (y ordenar y difundir) el saber. Esta carencia explica porqué la democracia no anda del todo bien.
DEMOCRACIA DIRECTA. La democracia, que se ejerce votando, se realiza, como un "gobierno de opinión."
Pero las opiniones son, por así decirlo, "ideas ligeras" (hipótesis provisorias) que no están probadas ni mucho menos.
El gobierno de opinión se basa en la opinión pública, aunque tal opinión responda a convicciones débiles (supuestos inestables). Justamente, cuando las opiniones se convierten en convicciones profundas, profundamente arraigadas, entonces son otra cosa y hay que llamarlas "creencias"; y el problema cambia.
La base poco firme es una objeción fuerte contra la democracia directa. Pero no es una objeción contra la democracia representativa donde la ciudadanía no decide cuestiones determinadas, sino que decide, con el voto, quién decidirá las cuestiones determinadas.
Cuando en la teoría de la democracia, hablamos de opinión pública, entendemos una opinión que se ocupa de la cosa pública, de los asuntos referidos a la res pública: el interés general, el bien común. Cuando la opinión pública se interesa por el fútbol, la belleza de las mujeres, o la música rock, a los fines de la democracia resulta irrelevante, aunque ocupe mucho lugar.
En un pasado no muy lejano la opinión pública se elaboraba de manera bastante autónoma, pero con el advenimiento de los medios masivos y más precisamente, con la difusión gratuita de la televisión casa por casa, la opinión pública ha pasado a ser cada vez más "videodirigida".
Es una opinión hetero-dirigida (dirigida por otro) y no, formada espontáneamente por el público (en una interrelación conversada, rebotante).
Estamos pasando del homo sapiens, producido por la cultura escrita basada en palabras, a un homo videns en el cual la palabra es destronada por la imagen (la imagen se impone, no hay controversia y por consiguiente, los pareceres en vez de rebotar, se embotan; la imagen es un hecho, está ahí; es irrefragable).
SENSACIONES Y CEREBRACIONES. Nuestro saber teórico se funda en palabras abstractas que evocan conceptos, entidades pensables que no tienen ningún equivalente que se vea. Todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (puramente mental); no es el mundus sensibilis, el mundo (audiovisual) percibido por nuestros sentidos. El impacto creciente del telever, del videovivir, provoca el avance brutal de lo sensible, desplaza lo inteligible.
La televisión atrofia nuestra capacidad de abstracción y de hilvanar (reflexionar, meditar, cambiar ideas, especular). En el homo videns el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por un lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre (más animal).
Así como el homo sapiens comprende sin ver, el homo videns ve sin comprender. Y peor todavía: lo visible aprisiona al sujeto en lo visible. El hombre que ni siquiera lee los diarios, el hombre lisa y llanamente vidente, está cautivo; para él, lo no visto, no existe. Y esta amputación es realmente colosal. (El ágora o las ruedas de café, entran en decadencia, porque ya no hay tema para dialogar y menos debatir. El televidente está callado, sometido a la pantalla. La videncia se vive en soledad y va vaciando al televidente. Extraña coincidencia: en francés "vider" quiere decir "vaciar").
Cuando el tráfico de ideas disminuye, cuando se empobrece la capacidad de entrechocar ideas, la democracia se demacra. No hay multiplicación si no hay respuesta, ni nexo intelectual (dialéctica, controversia, debate entre personas. Hay consumo pasivo, receptores).
ENCUESTAS Y DEMOCRACIA DIRECTA. Técnicamente, y por ende constitucionalmente hablando, las nuestras son democracias indirectas (sistema republicano representativo basado en elecciones periódicas).
Pero en la práctica, todo tiende a un gobierno de opinión basado en encuestas; y el gobierno de las encuestas nos lleva cada vez más hacia la democracia directa y no representativa. Consecuencia: el "directismo" interfiere con el gobierno representativo (y manda sobre él).
¿Debemos interpretar este directismo como un progreso de la democracia? La respuesta depende, obviamente, de la consistencia en el modo de opinar.
¿La opinión encuestada tiene contenido? (¿Es un consentimiento válido que se da con conciencia y voluntad?)
Los encuestadores se limitan a preguntar: "¿Qué piensa de esto?" ("¿Qué prefiere?") sin verificar antes, si el interrogado sabe algo sobre eso. El núcleo del problema está precisamente, en este punto (en la capacidad o no, del encuestado, para provocar consecuencias jurídicas, legales o sociales).
Está claro que el encuestador comercial no tiene ningún interés en verificar cuál es la consistencia de las opiniones a las que hace referencia (si la preferencia por un producto es inexplicable, tanto mejor).
Pero los encuestadores (cuando son politólogos) debieran verificar; debieran establecer cuál es el grado de "no saber" de los grandes públicos que componen el resultado de sus encuestas. Ese "no saber" es por lo regular, colosal y creciente.
(Copiando un programa de la TV brasileña, "O povo fala", vi encuestar en el peor momento del año 2003, sobre el canje de la deuda soberana. Los transeúntes montevideanos fijaban posición —mientras caminaban con la tranquilidad que da la ignorancia— sobre los aspectos técnicos más exquisitos).
La gran mayoría de los encuestados —escribe Sartori— no sabe nada, o casi nada, sobre los problemas acerca de los cuales da respuestas.
Sus opiniones son, en sustancia, reacciones ciegas. ¿Y entonces? ¿Entonces debemos seguir o no, practicando la tan despreciada democracia representativa? Todo "directismo", y a través de él, todo incremento del demo-poder es un poder legítimo, pero solo si es sostenido por incrementos en el demo-saber.
Nos ensordecen con peroratas que recomiendan (sacralizan) la democracia inmediata, ignorando magistralmente el hecho que precede al problema: el grado del demo-saber (o no saber). Los directistas reparten licencias de conducir sin verificar si sus habilitados saben manejar.
(Hasta aquí Sartori).
COMENTO: El "caso uruguayo", esta reforma del agua en la cual no hacemos pie, es un ejemplo que Sartori hubiera atesorado.
La reforma del agua producida en ejercicio de la democracia directa, modificó la Constitución de la República y fue votada por el 60% de los ciudadanos. Pero nadie entre nosotros supo, ni sabe en qué consiste la modificación. A tal grado llegó la ignorancia dentro de la cual la ciudadanía consagró el cambio, que la central obrera que propició la enmienda, después de aprobada, hizo saber que consultaba a sus abogados para determinar las consecuencias jurídicas de las normas nuevas.
Al mismo tiempo, los dirigentes del Frente Amplio, que para estar seguros del resultado, ensobraron junto con sus listas la papeleta de la reforma, una vez que el escrutinio la hizo obligatoria, ... ¡ah! ... entonces preguntaron oficialmente, a la Universidad de la República, qué quería decir lo que habían hecho. Preguntaron ¡si había o no nacionalización necesaria de todas las empresas privadas!
Los sondeos de opinión mostraron en estos días, que los ciudadanos habían votado el referéndum, al ruido de sus candidatos, pero sin haber leído el texto. La inmensa mayoría no supo qué votaba. El grado de no saber de los líderes y de sus seguidores, está probado y es tan extenso como profundo; colosal, como gusta decir Sartori.
Cito una perla no apreciada todavía (el collar es de varias vueltas):
Sellamos el acuífero Guaraní, impermeabilizamos con letra de Constitución las reservas de agua subterránea que compartimos con dos países gigantes que no quedaron atados por nuestra reforma.
¿Alguien pensó en los vasos comunicantes guaraníes? ¡No! Al gremio le importó el curro y no el escurrimiento del subsuelo. A los partidos los llevó el vértigo de las infinitas capas de cebolla demagógica que componen un curro corporativo. ¿Es esto democracia o es mamarracho?
¿Alguien vio alguna vez una Constitución que atentara contra el Estado de derecho?
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* Ejerció la docencia en las universidades de Stanford, Yale, Harvard y Columbia. Es doctor honoris causa por las Universidades de Georgetown, Guadalajara y Buenos Aires.