Rosa Aguirre y Enrique Etchevarren
Antonio Ocaña asumirá en forma oficial el próximo jueves el rectorado de la Universidad Católica, pero ya está instalado en el lugar. Recorriendo los pasillos del viejo edificio, habla con entusiasmo sobre el futuro de las universidades privadas en Uruguay y desde su experiencia cuestiona que la gratuidad de la educación universitaria pública sirva para igualar oportunidades en la sociedad.
—¿Cómo ve el futuro de las universidades privadas en Uruguay.
—El futuro se puede prever según la línea del pasado. Si la tendencia es crecer se supone que seguirá creciendo. Puede haber cambios bruscos en la situación del país, pero si no los hubiera, el futuro de las universidades privadas en Uruguay es ascendente.
—¿A qué cree se debe esa tendencia?
—A dos razones. La primera es que en los últimos años han crecido en cuanto a alumnos y prestigio. La segunda, es que se trata de un movimiento universal, no sólo de Uruguay sino del resto de los países del mundo.
También está previsto que en los próximos años crezca el número de alumnos de enseñanza terciaria en Uruguay. Todo eso junto hace que no haya ningún indicio de que no haya un crecimiento.
Más interesante es que seamos capaces de crecer cualitativamente y en excelencia. También existe el movimiento de acreditación de las universidades que se ha iniciado en el Mercosur y eso hace prever que irá creciendo la capacidad académica de las universidades privadas y de la universidad de la República espero que también.
—¿Cree que un gobierno de izquierda puede modificar su relación con las universidades privadas o sus reglas?
—No parece. De hecho los cuatro rectores de las universidades privadas nos reunimos con el presidente electo y con el ministro de Educación, el presidente del Frente Amplio, y vimos un ambiente muy bueno de reconocimiento del valor que tenían las universidades privadas. Se nos dijo expresamente que las iban a apoyar como algo que es obvio hoy en el mundo. No es algo que está en cuestión ni que divida a la sociedad a favor o en contra. No hay un país en América Latina, quitando a Cuba, que no tenga universidades privadas.
—¿El Estado hace un control efectivo sobre las universidades privadas?
—La Constitución dice que hay libertad de enseñanza y que el Estado sólo influirá en las instituciones educativas para guardar el orden, la salud, etc. Yo creo que el derecho constitucional a enseñar y a aprender, a hacerlo con libertad mientras que no esté en peligro algún valor, es algo que seguirá siendo defendido sin ninguna duda.
Creo que es bueno que el Estado se preocupe de que las instituciones universitarias sean de calidad apoyándolas y exigiéndoles.
—¿Cree que las instituciones privadas suponen un riesgo de fragmentación social en un país muy igualitario?
—Yo creo que la sociedad está fragmentada y eso es lo que debe preocuparnos seriamente. Uruguay todavía sigue siendo el país de menos diferencias de América Latina, pero ciertamente se va ahondando la diferencia y la brecha.
—Hablábamos de las instituciones privadas.
—Con relación a su pregunta creo que hay muchos elementos para analizar. Empecemos por el más fácil: nosotros tenemos interés en que nuestros alumnos sean competentes, conscientes, compasivos y comprometidos. Gran parte de ellos, hacen trabajos de extensión en el Cerro y en el Cerrito. Algunos sienten rechazo, pero otros comienzan a comprender que hay muchísimas cosas por hacer en este país. Al ser una universidad todavía manejable por el número de sus alumnos se puede lograr que esto tenga incidencia en la mayoría. Yo no sé cómo puede lograrlo la universidad de la República, que desarrolla un programa de extensión también en el Cerro, pero que tiene 70 mil alumnos.
—¿Pero no cree que la asistencia gratuita a la enseñanza superior es una forma efectiva de evitar esa fragmentación social?
—Pensar que una enseñanza que no sólo no es obligatoria sino a la que no accede nada más que la élite de la sociedad, porque sea gratuita ayuda a la homogeneización de la sociedad, creo que no es verdad. Creo que es al revés, que aumenta las diferencias porque es un impuesto regresivo.
Entre todos estamos pagando la enseñanza a los que tienen más medios. Y los que tienen menos medios, de esa misma edad, si quieren estudiar tienen que ir a academias pagas y además de poco nivel .
A veces he dicho a alumnos de nuestra universidad: ustedes tendrían que estar orgullosos de que su enseñanza no está cargando sobre los hombros de los pobres de este país. Y aquí hay mucho alumno que trabaja y se paga sus estudios.
—¿Usted cree que hay alternativas mejores para achicar esa brecha?
—Un proyecto de país que intentara luchar contra la exclusión tendría que mejorar muchísimo la primaria, fundamentalmente en los lugares más carenciados, porque los niños son mucho más difíciles, porque hay muchos más robos en las escuelas, porque se rompen muchas cosas, porque no hay vidrios, porque si se ponen vidrios nuevos los rompen.
Habrá que poner muchos más vidrios nuevos y pintar muchas más veces la escuela, porque está demostrado que si una casa tiene un vidrio roto, en una semana están todos rotos porque hay tentación de romper. Entonces, si se rompe un vidrio en una escuela hay que reponerlo inmediatamente, hay que poner maestros especializados, hay que hacer escuelas mucho más limpias precisamente allí. Hay que dedicar mucho a primaria y después a secundaria. Y cuando esos niños a los 18 años terminen primaria y secundaria y sean unos héroes y logren llegar a las puertas de la universidad, para ellos sí, para ellos beca.
—¿Y por el contrario, qué opina de quienes postulan una universidad pública paga?
—De hecho la universidad pública ha empezado a ser paga de otra manera. Cualquier egresado de la universidad pública tiene obligación al cabo de 4 años de pagar un impuesto que es de por vida. De hecho ha empezado a ser paga, no para los que estudian sino para los egresados. Lo que resulta un poquito cuestionable es que se cobra sólo a los que egresan pero a los que no egresan y se quedan allí durante años, pero no estudian o estudian poco, a esos no se les cobra. Quizá haya que buscar una manera más razonable de distribuir los ingresos de la sociedad.
De todas formas lo de la gratuidad de la Universidad de la República ha sido un dogma. Es muy difícil.
Napoleón: emperador, revolucionario francés o rey
—Hablemos de los estudiantes. ¿Qué características tienen los estudiantes que llegan a la Universidad?
—Nosotros hacemos una encuesta que muestra algunas características; aunque son datos fríos. Primero, de esos datos fríos se puede decir que en temas religiosos son una muestra del país. En cuanto a la cultura y a la situación económica, son una muestra de los dos quintiles superiores del país que podríamos llamar de la burguesía y de la pequeña burquesía.
En mentalidad, son jóvenes. Y en formación, tienen algunas carencias muy notables. Ofrecemos a los alumnos que ingresan, cursos de intensivos de expresión oral y escrita que es para hablar bien y escribir correctamente. También de matemáticas, pero elementales. Porque tienen carencias muy fuertes; no sólo en ortografía, en expresarse, construir oraciones, subordinar unas oraciones a otras, desarrollar un pensamiento, poner primero lo principal y luego lo secundario.
También he notado algunas carencias de historia y literatura. Claro, los criterios de qué es importante históricamente o qué literato es importante son muy variados. Pero empecé a notar en clase esa carencia y entonces decidí el año pasado hacer una encuesta a comienzo del curso. Les entrego una hoja donde hay 15 nombres propios y quiero que me digan el siglo, el país y por qué son famosos.
Pongo a Napoleón, por ejemplo, y procuro que de esos quince nombres, 5 sean muy evidentes, casi imposible que no los conozcan, otros 5 medianos y otros 5 un poco más difíciles. Pero la sorpresa es que los que nos parecen medianos no los conocen. Por ejemplo, de Dostoievski a lo sumo me dicen que es ruso pero no es un mérito muy grande —porque termina en ievski— pero no saben quién es. Y ellos me dicen que lo que pasa es que no se estudia en el liceo, pero yo creo que es un novelista muy grande.
Sobre Napoleón a uno le parece que tendrían que poner el emperador, pero ponen: revolucionario francés, rey de los franceses. Ubicarlo al final del siglo XVIII y principio del XIX es ya un mérito mayor. Francés sí pone la mayoría.
Vida & valores
Frescura
Sobre lo que más valora en los jóvenes, Ocaña respondió: "Muchísimas cosas. Tienen una apertura grande, tienen una frescura en la vida que resulta muy agradable.
Cuando miro hacia atrás en mi vida (ya tengo 62 años) encuentro que hice muchas cosas con las que estoy contentísimo; y una de esas cosas con las que estoy muy contento es con el hecho de haberme mantenido constantemente en contacto con gente joven".
Aporte a la reflexión
Para Ocaña, los jóvenes son gente cordial. "En general no son estereotipados, son abiertos. A mi me da gusto dar clase, la doy con alegría. Hay algunos grupos a los que voy a dar clase con entusiasmo, otros que no tanto. Pero me han aportado mucho con sus preguntas, con sus cuestionamientos, sobre todo en materia filosófica, en la parte de la filosofía en que se estudia al hombre. Las preguntas de los jóvenes me han ayudado un montón a reflexionar, a pensar".
Inseguridad
Sobre las cosas que menos le gustan de los jóvenes, Ocaña opinó: "En realidad no es lo que menos me gusta. Es lo que menos querría para mí. Yo lo que menos querría es la inseguridad porque yo ahora no tengo ninguna duda de lo que soy, ni de lo que quiero, ni de lo que me espera, pero reconozco que esa etapa de los 17, de los 18 añoscuando entran en la universidad, es la etapa de mayor inseguridad. Lo único que les puedo aconsejar es que crezcan bien porque según vayan creciendo esa inseguridad se irá perdiendo".
Ficha personal
Antonio Ocaña s.J. (62 años). Nació en Granada, España. En 1960 ingresó a la Compañia de Jesús y en 1971 se ordenó de sacerdote. Es Licenciado en Filosofía por la Universidad de Comillas (1966), y por la Universidad Complutense de Madrid (1969) donde también obtuvo la licenciatura en Psicología en 1973. Es Licenciado en Teología por la Universidad de "Comillas" de Madrid (1972). Desde 1980 ejerce la docencia en Montevideo, y en 1988 se radicó definitivamente en Uruguay asumiendo varias cátedras: en la Facultad de Psicología de la Universidad Católica "Dámaso Antonio Larrañaga" (Ucudal), y en las Facultades de Ingeniería en Informática, de Derecho, y de Ciencias Empresariales. Actualmente es Rector de la Ucudal, cargo que asumirá oficialmente el próximo jueves.