Antonio Larreta
Yo no coincidí con Gardel en Medellín. No me crucé con Lampedusa en Palermo el día en que llevaba en la mano, flamante, la primera edición del Gattopardo. No estaba en "Maxims" en la mesa contigua a la de Lady Di en la noche fatídica. Ni siquiera estaba con Cipe Linkovsky el día que pusieron la primera piedra del Muro de Berlín o el otro, fausto, en que acarrearon la última. El colmo: ni siquiera me encontré con Carmen Polo en una de las joyerías de Madrid. En una palabra, no soy de esos seres privilegiados que están, como dicen los yankis, "en el lugar debido en el momento debido". Por eso tengo problemas con las entrevistadoras cuando me preguntan ávidamente —y deben dar por seguro que serán satisfechas— que cuente anécdotas. En ese momento, no tengo ninguna.
Puede ser que más tarde la memoria me sorprenda con una (que no me hace gracia). Sin embargo la noticia de la reapertura de La Scala me recordó una espléndida excepción. Mi estadía en Milán, como ayudante de dirección de Giorgio Strehleren en el Piccolo Teatro, coincidió exactamente con la temporada de ópera presidida por la colaboración entre María Callas y Luchino Visconti, la griega y el milanés. Eso sí fue estar en el lugar y el momento adecuados, y con acceso fácil a cada uno (yo recuerdo cinco) de los estrenos de la temporada 54-55. Es mi cincuentenario particular.
Esa temporada es recordada, universalmente, como la más célebre del siglo, si no de la historia de la Scala. Yo había visto a la diva, cuando todavía no lo era, actuaba bajo el nombre de María Meneghini Callas y era una montaña de grasa desplazándose con dificultad por el escenario del Teatro Roma mientras cantaba divinamente Un turco in Italia en una temporada, digamos, "off-Véneto". Cuando volví a Italia y al Piccolo, no se hablaba de otra cosa que de la pérdida de Meneghini y de una cantidad inverosímil de kilos, y las malas lenguas decían que había perdido la voz.
Por algún motivo acompañé a la Scala a Paolo Grassi, que luego dirigiría sus destinos hasta su muerte, como ahora administraba los del Piccolo. Cuando ya nos íbamos, hubo un rápido cambio de planes, se oyó el verbo "salutare" en varias conjugaciones y un instante después fuimos introducidos a un saloncito donde estaban el Administrador, un anciano muy viscontiano, la también muy viscontiana Callas, de negro, esbeltísima, con apenas un azabache por algún lugar, y el propio Visconti. Un "saluto" muy italiano, muy festivo, muy cordial, pronto apagado por las panas que forraban la puerta. Pocos días después yo estaba sentado en un palco con sus dueños, una pareja de industriales milaneses y Sarah Ferrati, por esa temporada primera actriz del Piccolo, quien me había llevado de acompañante, prontos a asistir al debut de la Callas en La Vestale de Spontini, una ópera neoclásica de fines del XVIIIque nadie del público conocía y que nadie querría probablemente volver a ver a pesar de la puesta suntuosa de Visconti, cuya cursilería yo me empeñé en considerar irónica por respeto al director. Pero la temporada que empezaba ceremoniosa terminaría gloriosa. Lo contaré en la próxima columna.